Deshojando margaritas

Jue, 09/02/2012 - 00:00
Creo no equivocarme si digo que más allá de la semántica, los que alegan que en Colombia no existe un conflicto interno y los que creemos que sí, en el fondo, estam

Creo no equivocarme si digo que más allá de la semántica, los que alegan que en Colombia no existe un conflicto interno y los que creemos que sí, en el fondo, estamos de acuerdo. Porque si bien no protagonizamos una guerra civil, con la población dividida y enfrentada en una lucha fratricida por etnias, credos, límites territoriales, sí sufrimos el azote de varios grupos armados ilegales que pretenden representar a la población que amedrentan, para imponer su Ley. Desestabilizan a la sociedad, obligan al equipo de gobierno a declarar sandeces –el principio del fin, el fin del fin, están acorralados, están derrotados y cosas por el estilo–, a la Iglesia Católica a estirar los evangelios, a los analistas a rebuscar en los bolsillos interpretaciones novedosas y a los medios a servirles de cajas de resonancia (bien por El Espectador que la semana pasada dijo NO, alto y claro), y dejan en evidencia la debilidad de un Estado indiferente, incapaz y anquilosado.

Y eso, ¿qué quiere decir? Pues, si respondemos en un castellano escueto, desprovisto de sofismas y leguleyadas, quiere decir que desde hace muchos años vivimos en un conflicto interno armado que a muchos de nosotros no nos ha permitido experimentar lo que es tener un país pacífico y seguro. Una tragedia a la que, a la fuerza, nos hemos ido acostumbrando. Hasta los límites de la indiferencia. Un secuestrado más, una pipeta más, una mina antipersonal más, una viuda más, unos huérfanos más, una historia truncada más… De sumarlos se encargan las estadísticas. Es como si ya no tuviéramos tiempo ni ganas para llorar a nuestros muertos. Cada quien vive su pena en soledad –a veces, solo a veces, arropado por un instante de atención de cámaras y micrófonos–, y así los duelos se van apilando unos sobre otros hasta que la capacidad de almacenamiento se acabe y, ¡boom!, por algún lado se nos reviente este mapa que tanto nos aprieta.

Mientras tanto, el Presidente, sus colegas del vecindario, Colombianos y Colombianas por la Paz, el jefe guerrillero de turno –ahora es “Timochenko” el que, por cuenta de sus referencias a pasajes de la Biblia, tiene boquiabierta a la galería–, y Piedad Córdoba, la rendidora Piedad Córdoba con su atuendo de culebrera de la Medina de Fez, se la pasan deshojando margaritas: me quiere, no me quiere; los libero, no los libero; conversamos, no conversamos; con este sí, con este no, con este fulanito me luzco yo... Y el tiempo pasa y los esfuerzos se evaporan y la paciencia se agota y lo último que se pierde, también se pierde.

Estamos hasta la coronilla –al menos quienes desde que tenemos uso de razón esperamos que la guerrilla haga gestos inequívocos de paz de falsas ilusiones, de promesas rotas, de anuncios de pruebas de supervivencia, de expectativas de liberaciones, de recaderos de lado y lado, de protagonistas ineficientes, de palomas en las paredes, de la politización de la paz, de los turbantes de mil colores, de los guerreristas, de los idiotas útiles, de casi todo. Estamos repletos de comer cuento, mejor dicho, y de que el único gesto inequívoco que termina por imponerse sea el de la pistola. Sí, siempre nos hacen pistola.

No entiendo por qué las Farc no liberan de una vez a los secuestrados que tienen en su poder, sin que por y para ello el mundo les tenga que aplaudir, sin necesidad de relacionistas públicos que anden dando declaraciones a la prensa internacional y sin intermediarios de los más disímiles pelambres. Si para secuestrarlos no necesitaron nada de eso. Solo voluntad. La misma voluntad que tendrían que tener ahora para soltarles las cadenas, que no para devolverlos a la vida puesto que a la mayoría la vida que soñaban ya se les desbarató. No solo por la infamia de la que han sido objeto, sino por la frialdad con la que los tratan sus propias comunidades una vez agotada la dosis de los abrazos iniciales.

“Las Farc están desesperadas por hacerse notar y hacen pataleos”, manifestó públicamente, en tono de sermón, el vocero de la Conferencia Episcopal. ¡Por Dios, señor obispo! ¿Pataleos? ¿No le parece una falta de respeto con las víctimas de los últimos días, referirse a los actos de barbarie que padecieron en carne propia, con nombres y apellidos, como “pataleos”? Hay que cuidar las formas, es lo mínimo, sobre todo si el dolor está a flor de piel. Porque con esos pataleos que usted llama, los distintos frentes guerrilleros notifican a los colombianos que, aun diezmados, están en plena forma para sembrar terror; con atentados al por mayor y al detal. Aquí estamos y aquí nos quedamos parecen decir, mientras de tanto en tanto coquetean con el establecimiento para recargar baterías. Cada vez más alejados de las ideas que alguna vez tuvieron, cada vez más contaminados de narcotráfico y delincuencia común.

Parodiando el primer mensaje que el recién nombrado jefe de las Farc le mandó al presidente Santos hace unos meses: “Así no es ‘Timochenko’, así no es”, termino esta columna que para nada va a servir, como no sea para seguir botando corriente. Blablablá.

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