Destacando en la manada humana

14 de abril del 2019

Opinión de Fernando Fernández

Destacando en la manada humana

El ser gregarios da a los humanos una ventaja evolutiva sobre sus análogos vivientes que no poseen tan arraigada característica, pero les causa también numerosos embrollos porque sus ideas y prioridades individuales no tienen siempre eco ni coincidencia. Para mitigar esto, un aculturamiento inculcado desde edad temprana instala en las cabezas humanas el requisito de socialización; es decir, de cumplimiento de un conjunto de normas, con derechos y deberes, que les permite sobrevivir en la manada y no amenazar la estabilidad de esta. Entre más un individuo logre vincularse de mejor manera con los demás, más inteligente emocionalmente es considerado. Una nueva categoría de inteligencia pensada desde hace pocas décadas para calificar el buen relacionamiento que cada individuo practica con sus congéneres.

Busca instintivamente el humano vivir gregariamente; la soledad le place sólo por cortos lapsos y como fruto de una resolución volitiva. Ermitaños, anacoretas y símiles son especímenes fantásticos, de excepción, y salen del patrón humano. Es más, se castiga al individuo que atenta contra la manada aislándolo en cárceles, exilándolo o condenándolo al ostracismo. Definitivamente el contexto en donde el ser humano se satisface, y del que gran necesidad tiene, es aquel que le permite relacionarse con sus semejantes. Es que en ese medio obtiene seguridad, sexo, protección, desarrollo, interacción, goce y, claro, sobrevivencia como nos lo explica Maslow.

Este concepto comunitario, como sistema de bienestar humano, ha sido conjugado de diversas maneras; mientras algunas sociedades lo han intentado dejando libre interacción social y económica, otros han experimentado el comunitarismo mediante sistemas comunistas. Este último con un estrepitoso fracaso; no es tema de este artículo entrar en este detalle, contentémonos con recordar que la humanidad se ha mostrado más satisfecha cuando se le deja actuar con holgada libertad, sin obligaciones gregarias impuestas que le marquen un derrotero de existencia.

Desagrada al humano existir incógnito en la manada, detesta el anonimato, aspira a distinguirse, y para ello busca liderazgos, reconocimiento, identificación de su ser individual: destacar. Si un extraterrestre observara una conversación de humanos, detectaría sin esfuerzo que cada humano habla esencialmente de sí mismo, de su historia y acontecimientos –que bien anodinos suelen ser–, finge escuchar a los demás para mejor imponerse sobre ellos, para mejor compararse y, vanamente, sentirse superior. Su tema narrativo conversacional preferido –y cuasi único– es sobre su propia persona, cree que a los demás su vida interesa sobremanera; tardará muchos años de su tiempo de vida en caer en cuenta, cuando ello le ocurre, que su vida individual rara vez es objeto de admiración y que realmente interese a su interlocutor, quien, a su vez, está listo a arrebatar la palabra para contar sus propias historias que considera, por supuesto, de mayor valía e interés.

Y dentro de ese contexto gregario y en busca de querer destacarse, los individuos, unos más que otros, necesitan recibir aprobación de la manada a sus actos; crean algunos –y no pocos– un grado alto de dependencia y su vivir depende de ese beneplácito. Nuestra contemporaneidad inventó las redes sociales, las cuales se han vuelto la herramienta propicia a este narcisista manejo, el utensilio de satisfacción de este fútil menester. Los actos tienen sentido en la medida en que sean avalados por la manada, el valor asociado se mide en el número de “likes” que recolecte; es el medidor de la importancia en el grupo, de su prestigio y consideración. Quienes tan impensadamente proceden, tienen que distinguirse, indicar a la manada que hacen o poseen cosas de las cuales creen carecen los otros. Por ello, exhiben prosaica e incontinentemente sus actos, su vida, sus “ideas”: una foto del tiquete de avión que lo lleva a conocer otro país, o de una boleta de asistencia a un concierto, o de un carro adquirido, o de cualquier otra materialidad, o posando al lado de una personalidad creyendo que por ósmosis fotográfica la notoriedad se transfiere. Ideas poco exhiben porque de ellas hay más bien carencia o no son objeto de admiración, sino más bien de controversia.

Un ejemplo ilustrador de este discurso, es lo recientemente acaecido, en donde una chica colombiana emplazada en Miami comenzó a hacerse notar a ultranza en las redes sociales por sus ostentaciones exorbitantes de objetos de valor monetario. Un día, un automóvil de lujo (Lamborghini, Porsche…); otro, un celular recubierto de oro; otro, indumentarias de lujo, marcadas Vuitton, Chanel, Versace; otro, viajes; muchos otros, desplegando una vida extravagante y dispendiosa. Ningún escrúpulo con tal de lograr la admiración de la manada frente a esta fortuna con la cual epatar y apabullar a los otros. Poco le importó saber que estas ostentadoras adquisiciones se hacían con dinero mal habido, fruto de la corrupción de su progenitor en el erario público. Poco le importó intuir que este alarde condujera a indagaciones, como en efecto ocurrió, y que los oropeles de vida terminaran pronto en cárcel. El verdadero placer radicaba en destacar, así fuese por escaso lapso, sobre la manada, en hinchar de envidia (que, candorosamente, creía de admiración) a sus muchos “contactos” de red.

Por las mismas razones, y es otro ejemplo, vemos a aquellos que en circunstancias de apremio le gritan a alguien de la manada: “Usted no sabe quién soy yo”; insolencia con la que pretenden dejar en claro que su valor como individuo es superior y por tanto pueden permitirse cualquier capricho; ni la ley ni las normas los incumben, están por encima de estas. Este hecho ha disminuido últimamente, al menos verbalmente, porque en los casos públicos en que la frase de marras ha sido esgrimida, incluso contras las autoridades legítimas, ha causado el escándalo que merece y la sanción social ha sido cohibidora y de marcado rechazo.

Entonces, y para concluir, ante tanta sandez, bien haríamos los humanos en recapacitar juiciosa, independiente y fríamente sobre nuestra propia valía, en abandonar los delirios de gran superioridad, y particularmente aquellos basados en la posesión de bienes materiales, rancios abolengos, y nexos con el poder de turno. Bien haríamos en reconsiderar la necesidad de validación permanente de nuestros actos y pensares, cuando esta se transforma en dependencia irracional y nociva, que nos aturde, engaña y resta autonomía y creatividad.

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