Detrás de las adicciones

1 de diciembre del 2010

Cuando sentimos la necesidad de agregar algo que llene nuestra vida y además creemos que no podemos vivir sin eso, caemos víctimas de una adicción. Pretendemos llenar nuestros vacios afectivos de infancia y la presencia y cuidado de nuestros padres que faltaron y compensar el afecto desplazándolo en ocasiones a amar demasiado a otros.

Cuando llegamos a adultos, podemos compensar  esta privación y tratar de darle giro: lo mejor para llenar la propia vida y sentirnos amados es dar a los demás. En nuestra primera infancia cuando somos bebes nuestras necesidades son inaplazables e inmediatas dependemos de otros para sobrevivir, si estas necesidades no son satisfechas con amor y atención por parte de nuestros cuidadores nos angustiamos y desesperamos. Si esas atenciones no son adecuadas nos conformamos con cualquier cosa que lo suplante lo que sea.

De esta manera el acto de sustitución se convierte en primordial, en lo más importante. Y así vamos devorando lo que sea para acabar con nuestra carencia y la ausencia del cuidado de nuestros padres sigue navegando en lo más profundo de nuestro inconsciente.

De niños siempre pedimos lo que los adultos están dispuestos a darnos pero si para ellos eso que pedimos no es importante y no tiene un valor positivo entonces volvemos a caer en la carencia y además en entender con dureza que nuestras decisiones y elecciones no son tan importantes ni para los adultos que nos los ofrecen ni para nosotros mismos porque ellos se encargan en que veamos que es así. Y de nuevo aparece la privación.

A medida que crecemos, nuestras  aparentes inadmisibles necesidades  irán creciendo. Máxime cuando vivimos en una sociedad de consumo pues hasta el amor se convierte en un artículo que debe ser consumido ya que quien opta por el estado de soltería es  mirado como un ser amargado y poco feliz, y entonces  vamos creyendo que para vivir necesitamos innumerables artículos que en ocasiones vamos acumulado y se van convirtiendo en apegos y trastos viejos sin darnos cuenta que en esta acumulación ya comenzamos a ir fomentando llenar vacios que quedaron insatisfechos.

Cuando somos niños y solicitamos amor y presencia, conseguimos horas en cursos que a nuestros padres les interesan que hagamos sin ni siquiera preguntarnos si eso es verdaderamente lo que queremos y aquellos que no tienen la oportunidad de matricularnos a estos talleres nos colocan frente a programas de televisión y videojuegos durante horas sin percatarse que este patrón fortalece esa necesidad de llenar vacios emocionales presencia de nuestros padres. Nadie se percata que algo no funciona que algo  va mal. De esta manera comenzamos a vivir apegados a estos objetos y situaciones que comenzamos a desear y por lo que comenzamos a sentir angustia cuando no los tenemos.

En otras ocasiones hacemos desplazamientos hacia la comida y generamos trastornos de alimentación, hacia el consumo de golosinas y bebidas cuando nos falto lo más vital los cuidados de papá y mamá. Cuando creamos e incorporamos personas, situaciones, relaciones, cosas, lo que sea y lo convertimos en lo más importante y en nuestra necesidad hablamos entonces de adiciones ya que lo necesitamos para poder sobrevivir.

Las adiciones que tanto nos asustan pero que van llenando nuestra vida y haciendo normales como si eso fuera un comportamiento normal y lo que es peor socialmente normalizado como la adicción a la comida, a las relaciones, al caos, al trabajo, al éxito. Al sexo, al internet, al blackberry y las hay más fáciles de reconocer el alcohol y las drogas. La adicción es la forma más etérea de violencia. Produce pérdidas asombrosas. Nos sentimos impotentes, inhabilitados de hacer algo a nuestro favor. Estamos condenados por un otro que resuelve que hacer con nuestra vida lo que se le antoja. Ese otro es el comportamiento adictivo.

En la iniciación, las adicciones pueden ser difíciles de detectar porque muchas de ellas tienen aprobación social y parecieran comportamientos normales. Las adicciones no se reconocen por el tipo de sustancia que consumimos, ni por la cantidad o repetición de su consumo, sino por la angustia cuando nos sentimos deprivados de ella.

Es importante que revisemos nuestra infancia para saber el tipo de carencia que hemos tenido. Ahora que somos adultos no podemos darnos los cuidados y atención que nos falto en la infancia pero podemos sanarnos a través de nosotros mismos teniendo plena consciencia de nuestra realidad, ya que es justamente el vacío existencial lo que nos lleva a compulsionar con adicciones tratando de llenar un vacío que quedo sin ser satisfecho

Así que debemos trabajar en nosotros llenando ese espacio vacío para no sufrir tanto y caer en el caos donde nos movemos a satisfacción, es tiempo de reconocer y aprender a respetar nuestras decisiones y cuando hablo de no sufrir es tener la habilidad de detectar todas aquellas situaciones y relaciones que nos hacen sufrir, llenos esas insatisfacciones pasadas con situaciones afectivas hacia nosotros, entendiendo que nos merecemos amar y ser amados además toda nuestra atención. Por último alimentemos nuestras relaciones con el amor queda la posibilidad de ser y dejar ser al otro, la opción de probar el amor en libertad.

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