Detroit se encoge

27 de marzo del 2011

Para visualizar las ruinas de la civilización estadounidense sólo hay que ir a la ciudad que fue el motor de su industrialización, y que se ha venido desocupando a medida que el imperio entraba en decadencia, hasta quedar semivacía: Detroit. Los resultados del censo realizado el año pasado en los Estados Unidos, que se dieron a conocer el martes, han confirmado la tendencia de las últimas décadas: desde el 2000, la población de este enclave sobre el lago Eire se ha reducido en 25 por ciento (de 952.270 a 713.777 habitantes). Hoy en día, Detroit tiene menos de la mitad de habitantes que tenía en la cúspide de su desarrollo, en 1950, cuando casi alcanzaba los dos millones, y era la cuarta ciudad del país.

Es una versión a escala épica de los pueblos fantasmas que dejó la fiebre del oro en varios estados del lejano oeste norteamericano: una vez se secaron las vetas, los colonos fueron emigrando hacia otros lugares persiguiendo las dádivas esquivas de la fortuna. Detroit es la única ciudad de los Estados Unidos que ha superado el millón de habitantes y luego ha descendido por debajo de ese listón. En lugar de socavones abandonados, en Motown (abreviación de Motor Town) se encuentran cascarones de edificios magníficos, monumentos al automóvil y al oro negro, los dos grandes ídolos alrededor de los cuales se construyó la sociedad norteamericana moderna.

“Aquí se fabricaban el 80 por ciento de los carros del mundo en los años 50”, cuentan las personas que todavía viven en Detroit (y es cierto), sede de los cuarteles generales de las tres grandes compañías automovilísticas del país: General Motors –durante años la empresa más grande de los EE. UU– Chrysler y Ford. Y la verdad es que, más allá de la orgullosa melancolía que se trasluce al conversar con sus habitantes, no cuesta trabajo imaginar la magnificencia de una ciudad que vivió una de las bonanzas más fabulosas del siglo XX. El Fox Theater, el Penobscot building, el Detroit Institute of Arts (DIA) con su imponente galería de murales de Diego Rivera. La antigua capital de Michigan conserva, a pesar de su postración, huellas de su esplendor. Para el visitante, su decadencia puede tener, igual que La Habana, un encanto especial, quizá macabro. En cualquier parte se encuentran vestigios de una historia fascinante.

La primera industrialización de la ciudad atrajo a miles de afroamericanos que hicieron parte de la llamada “Great Migration”, el desplazamiento interno de miles de hombres y mujeres negros desde los estados del sur, en donde sus condiciones de vida no habían cambiado demasiado desde la emancipación, hacia el norte. La población afroamericana de Detroit pasó de seis mil personas a principios del siglo XX, a 120 mil en 1929. Entre aquellos emigrantes llegó la familia de Joe Louis, que huía del racismo rampante en Alabama. Los Louis se instalaron en Black Bottom, un barrio que hacía parte de la zona conocida como Paradise Valley, y que habría de convertirse en un referente de la historia afroamericana estadounidense. Joe tenía 12 años. Su hermano se empleó en la Ford, donde él también trabajó brevemente. Con el tiempo, Joe Louis llegaría a ser el primer negro campeón mundial de boxeo de la máxima categoría, uno de los más grandes deportistas de todos los tiempos, y un icono social y cultural para su comunidad y su país.

Paradise Valley también ocuparía un lugar de privilegio en la historia. Ahí se concentrarían los mejores locales musicales de la nación, por donde desfilaron figuras de la talla de Ella Fitzgerald, Duke Ellington y Count Basie. Este barrio del centro de Detroit fue el epicentro de un cambio definitivo al interior de la cultura afroamericana en los Estados Unidos, en el que se empezó a fraguar el gran movimiento de los derechos civiles que lideraría Martin Luther King. De aquello, claro, sólo quedan las historias y los museos, porque desde finales de la década de los 50 la ciudad sufrió una transformación  urbana con la introducción del abominable sistema de autopistas (el Interstate Highway System) que la atravesaron por la mitad. Barrios enteros fueron borrados del mapa, sus poblaciones desplazadas, para hacerle lugar al estilo de vida suburbano al que se abonaron los planificadores de la ciudad. (También, dirían algunos, para suprimir un bastión cultural de las minorías que protagonizaron varias revueltas con trasfondos raciales en los 40 y los 60.)

Retrospectivamente, fue una apuesta temeraria, la de cambiar una metrópoli de tranvías, trenes, peatones y un centro que reverberaba de actividad, por un entramado de mega autopistas que descuartizó la ciudad en varios pedazos inconexos, condenándolos a una lenta extinción. El paraíso del carro y el infierno del hombre. A partir de entonces, comenzó lo que se conoce como el White Flight, el movimiento demográfico de las clases afluentes –por lo general blancos– hacia los suburbios de las ciudades, mientras que los núcleos urbanos quedaron en un estado de semi-abandono y poblados mayoritariamente por negros.

A eso se le debe añadir que las grandes casas motoras de Detroit no supieron adaptarse a la competencia de economías emergentes como Japón o Corea del Sur. Los capitales se trasladaron hacia países en donde los costos de producción eran dramáticamente inferiores, y el cinturón industrial de los Estados Unidos, con Detroit a la cabeza, empezó a vivir un declive económico progresivo y sostenido. Todo el que pudo, especialmente los jóvenes, partió hacia ciudades como Chicago o Minneapolis, donde el futuro se antojaba menos sombrío. Hace dos años, el gobierno tuvo que intervenir General Motors y Chrysler para evitar una quiebra cuyas consecuencias sociales habrían sido catastróficas..

En la actualidad, 20% de los lotes de Detroit están baldíos, incluyendo la espléndida estación de tren Grand Central, un edificio ‘Beaux Arts’ de 40 mil metros cuadrados construido en 1913 y que a pesar de ser declarado monumento arquitectónico corre el riesgo de ser demolido en cualquier momento. Aunque la ciudad ha sido objeto de varios procesos de renovación urbana, con la construcción de un nuevo estadio para los Tigres –el equipo de béisbol local– y un casino en inmediaciones del legendario Barrio Griego, el remedio ha resultado peor que la enfermedad: el centro de Detroit es una especie de parque de atracciones para turistas, que se llena y se vacía al ritmo de los partidos de la temporada de béisbol.

La situación es tan desesperada para una de las capitales del crimen en Estados Unidos, que Chrylser se vio abocada a recurrir a Eminem, un rapero oriundo de las barriadas marginales de la ciudad, para su más reciente campaña publicitaria. Durante la última edición del Super Bowl, la compañía emitió un comercial en el que se veía al músico recorrer los lugares más representativos de su ciudad natal manejando un Chrysler 200. ‘Importado desde Detroit’, rezaba el eslogan. Evidentemente, se necesitará mucho más que el concurso de un ‘hiphopero’ para reflotar el buque insignia del desarrollo industrial estadounidense. Más que una ciudad, es un modelo el que se hunde.

Adentro de la unión

Felipe Lozano–Puche – @LozanoPuche

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