Deuda social: la silenciosa bomba del segundo tiempo

11 de septiembre del 2012

A riesgo de ‘llover sobre mojado’ es bueno insistir en aspectos paralelos o complementarios que deben ser atendidos para que los acuerdos con la guerrilla puedan de verdad ser un recorrido que nos lleve a la paz. Un exceso de optimismo puede acabar siendo no solo una fuente de frustración sino el peor de los […]

A riesgo de ‘llover sobre mojado’ es bueno insistir en aspectos paralelos o complementarios que deben ser atendidos para que los acuerdos con la guerrilla puedan de verdad ser un recorrido que nos lleve a la paz.

Un exceso de optimismo puede acabar siendo no solo una fuente de frustración sino el peor de los obstáculos.

La posición del uribismo —manifestada por boca del mismo Uribe— es más una estrategia política para buscar apoyo a una campaña por retornar al poder (aunque sea por interpuesta persona) pero no por eso deja de tener peso y de señalar una de las dificultades a enfrentar. Sobra repetir que los acuerdos se tienen que buscar con quienes uno tiene los desacuerdos: que con quien hay que negociar el desarme es con quienes tienen las armas, el cese de hostilidades con quienes están en guerra, el fin de los actos terroristas con quienes los ejecutan, etc.; pero aún si quienes esgrimen el argumento moral de que es imposible ‘negociar con esos delincuentes’ sea solo para poner un palo en la rueda, el hecho es que además de ese enervante propósito también existen razones que marcan límites a una negociación, como son los tratados internacionales y la satisfacción que se debe dar a sus víctimas. Ambos son elementos que con o sin representantes partícipes en las mesas deben ser tenidos en cuenta.

Se ha repetido que la guerrilla no depende de que existiera Tirofijo o Jojoy o Cano o ahora Timochenko. Por eso el fin de su violencia tampoco depende solo de un acuerdo con quienes representan la organización. La experiencia ya se tiene con el paramilitarismo y se sabe cuando se desmonta la estructura jerárquica lo que sigue es una ‘bandolerización’, con mayor razón si, como parece ser cierto, la insurgencia hoy no solo se ha dedicado al narcotráfico sino alrededor de ella sea montado un sistema de ‘franquicias’ bajo el cual diversos grupos de delincuentes actúan.

A esto se añade que los desmovilizados de la guerrilla pasan a ser en el mejor de los casos simples desempleados. Pero eso es apenas la punta del iceberg: la guerra ha sido muy de lejos la primera fuente de empleo del país; del lado de la seguridad se han creado más de diez soluciones de vida por cada fenómeno insurgente y delincuencial. Con casi medio millón de miembros, tenemos unas fuerzas armadas comparables en cantidad a las del Brasil —que tiene siete veces más habitantes— y en proporción superior a las de Estados Unidos —que opera como guardián del mundo con guerras en diferentes países—; y en paralelo la Superintendencia de Vigilancia registra decenas de compañías con un orden de más del cien mil de vigilantes y guardaespaldas armados. En simples números el problema de sustituir o mantener esa fuente de empleo podría ser el primer problema que trae la paz.

Y por supuesto sería un error de diagnóstico no reconocer que aunque la guerrilla no tenga razón en el camino escogido al optar por la vía de las armas para sus reivindicaciones sí tiene razón al señalar buena parte de las deficiencias de nuestro estado y nuestra Sociedad: cuando somos uno de los países con más desigualdad del mundo no podemos pretender ni que esto es culpa de la guerrilla ni que con su desarme se va a corregir esto.

Se puede delegar en el equipo negociador las conversaciones con las Farc. Mal se puede opinar a priori si lo harán bien o mal: es a ellos a quien corresponde ese manejo. Probablemente sería deseable un acompañamiento adicional por parte de sectores diferentes a los escogidos por el gobierno —por ejemplo sociedad civil propiamente, las ONG, Víctimas, etc—; pero que se tenga una agenda, que haya responsables, y que se parta del compromiso de no convertirlo en espectáculo mediático es más que un buen inicio (cuando se habla de ’errores del pasado’, no fue el ‘despeje’ o el cese de hostilidades ¡la causa del fracaso…!).

Pero no debemos olvidar que en el ‘primer tiempo’ se perdió la reforma a la Justicia, se difirió la reforma a la educación, se olvidó la reforma a la salud, se sustituyó la prelación del programa de un millón de viviendas por la ‘donación’ de cien mil casas gratis, el único programa de empleo —Ley de Primer Empleo— solo sirvió a 16.000 personas, se postergó durante ese tiempo la apertura de licitaciones de carreteras, se congeló la reglamentación del sector minero, etc.

Cese de hostilidades, desarme, reinserción, amnistía, indulto, son temas que coparán en los medios el ‘segundo tiempo’ del gobierno Santos. Lo que no debe suceder es pensar que a eso se debe dedicar el Gobierno. El gran riesgo es que por estar el país pendiente de esos acuerdos nos olvidemos de las causas de la violencia. La guerrilla es solo una de las manifestaciones de la ‘deuda social’, y el peligro es que, siguiendo por el mismo camino que lleva el gobierno, ésta se puede agrandar.

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