Una pausa inconveniente

27 de octubre del 2013

Resulta una paradoja. O un contrasentido. Al Presidente Santos hay que aplaudirle su audacia para modificar la agenda de tratamiento del conflicto armado luego de ocho años de borrachera bélica en la era Uribe. Como también hay que reconocer la afortunada decisión de las FARC al insistir en una solución negociada después de la arrogancia […]

Resulta una paradoja. O un contrasentido. Al Presidente Santos hay que aplaudirle su audacia para modificar la agenda de tratamiento del conflicto armado luego de ocho años de borrachera bélica en la era Uribe. Como también hay que reconocer la afortunada decisión de las FARC al insistir en una solución negociada después de la arrogancia exhibida en los tiempos del Caguán. Por ello es inexplicable que después de semejante gasto ambas partes estén pensando en una pausa en los diálogos de La Habana.

Han dicho que esta tregua en las conversaciones busca proteger el proceso de paz de las interferencias electorales. O que se pretende con ello garantizar un clima de mayor tranquilidad en las contiendas políticas del próximo año cuando se debe elegir parlamento y Presidente de la República. Nada más lejos de la verdad. Porque si algo altera negativamente el curso de los diálogos con las FARC es la pretensión reeleccionista del propio Presidente Santos. Pretender hacer La Paz junto con una campaña por mantenerse en la Casa de Nariño le quita capacidad de maniobra a la hora de asumir los costos políticos que ella implica. Tendrá el Presidente que calcular cada concesión a la contraparte para evitar que no se convierta en argumento o mensaje publicitario de sus contradictores desde el Uribismo. Y no sobra recordar que el deterioro del orden público o la tentación de visibilidad de las guerrillas se acentúan en épocas de elecciones.

En la convención Uribista de este fin de semana Francisco Santos prometió terminar el proceso de paz y activar las órdenes de captura contra los jefes guerrilleros. Promesa respaldada por el patrón del “Centro Democrático”. Las encuestas todavía no aseguran quién será el próximo Presidente, constitucionalmente competente para decidir sobre la continuidad de un proceso de paz. Pero resulta riesgoso dejar en vilo un acuerdo con las guerrillas. Una pausa equivale a una herida que puede ser fatal para la reconciliación. En el pasado la finalización de un gobierno no fue obstáculo para cerrar una negociación. Recordemos que el acuerdo con el M19 fue celebrado terminando el gobierno de Virgilio Barco y la firma del pacto de paz con la Corriente de Renovación Socialista ocurrió  al final del gobierno de César Gaviria. El EPL, el Quintin Lame y el PRT abreviaron los tiempos de su desmovilización para atender la circunstancia política excepcional de vincularse a las deliberaciones de la constituyente de 1991. Todo ello fue posible gracias a que La Paz no estuvo acechada por el fantasma de la reelección del Presidente de turno.

El Presidente y las FARC se equivocan de cabo a rabo con una pausa a los diálogos. Les corresponde hacer todo lo contrario. Acordar más bien una pausa de las hostilidades militares como gesto que garantice un clima de distensión en los comicios que se avecinan. Y poner el acelerador para avanzar en acuerdos sobre los puntos de la agenda de La Habana e instalar de inmediato la mesa con el ELN. Corresponde blindar el proceso de paz convirtiéndolo en un asunto irreversible para la agenda del país. Quizás la paradoja se resuelva asumiendo que La Paz negociada resulta más importante que reelegir al actual Presidente.

@AntonioSanguino

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