El último vuelo de Henry

4 de mayo del 2011

Dios los crea y ellos se juntan en vuelo

Mi compañero de vuelo Rigoberto es un azafato que posee características de muchos personajes con los que he trabajado en mi vida.  Es un tipo con carisma, toma-trago, parrandero y  un gocetas de la vida; de los viajes, las orquídeas, el mar y las montañas. Pero quizá la tendencia más notoria de Rigo es su pasión inacabable por las mujeres y la atracción que ejerce sobre ellas.

En este ir  y venir casi sin sentido de nuestro trabajo, las casualidades y  coincidencias con frecuencia nos confirman que sí debe haber un plan divino.

Henry, un gringo flaco, rubio y ojiclaro viajaba en primera clase y a pesar de sus 86 años iba emocionado como un jovencito a encontrarse por primera vez cara a cara con la novia que hace unos meses había conquistado por internet.  No paraba de contarle a cuanto mortal quisiera oírlo que tenía un date en Cali con una mujer bellísima que era bastantes años menor que él. Desde luego su mejor interlocutor era Rigo. Los dos gocetas no dejaban de intercambiar información de los sitios más alegres para ir a bailar en la ciudad pachanguera y no paraban de elogiar las muchas y variadas cualidades y sensualidad de las mujeres caleñas.

Después de un par de horas de viaje, después del servicio de comida, Rigoberto fue a conversar  con su nuevo amigo a contarle que en la ciudad de las flores, el que no va a bailar salsa al rio Juanchito, no está en nada. Al llegar a donde el gringo gocetas, lo encontró dormido, totalmente desgonzado sobre la silla. Su instinto y experiencia de años de lidiar con público, le indicó que algo no estaba bien. Tomó al viejo de un brazo, pero no reaccionó. Lo sacudió un poco y Henry abrió con esfuerzo los ojos, casi sin moverse.

-No puedo respirar bien,- le dijo en inglés.

Rigo pidió que le trajeran una botella de oxígeno y le colocó la máscara al tiempo que le pedía a un compañero que solicitara ayuda de algún médico de abordo.

Unos minutos más tarde, después que apareció el médico y examinó al enfermo, la situación se puso color de hormiga. El médico dictaminó que Henry estaba sufriendo un infarto, que por su avanzada edad estaba en grave peligro y que era importante llevarlo a un hospital lo antes posible. Rigo le informó la situación al capitán, quien a su vez le preguntó si creía mejor aterrizar en Jamaica en 20 minutos o volar el resto del viaje hasta Cali. Rigo no se atrevía a tomar una decisión y prefirió consultar con Henry, a lo que este le respondió con su acento gringo,

-Jamaica no, a Cali,  man, no ve que tengo un date que cumplir?-

-Pero Henry, usted no va a llegar a esa cita en ese estado.-

-Con semejante mujer, yo llego a la cita, o llego a la cita.- Contestó sonriendo.

En ese momento Henry perdió la conciencia. Preocupado y reconociendo que la prioridad era la vida del pasajero, Rigo decidió pedirle al capitán que aterrizara en Jamaica y no se despegó del lado de su amigo gocetas ni un minuto de los 20 que les tomó aterrizar.

El pasajero llegó vivo a Jamaica… y nosotros seguimos nuestro rumbo. Luego, en Cali, nos enteramos que Henry  no había sobrevivido el viaje en ambulancia hasta la clínica y nunca llegó a cumplir su date.

Rigoberto se tomó unos días libres y se fue a escalar la montaña, supongo que necesitaba hablar con el cosmos o consultar con la naturaleza para saber cómo entender esa nueva experiencia, aceptar con calma que había hecho lo que estaba en sus manos, y llorar un poco por su amigo el gocetas Henry, que a pesar de solo haber conocido por unas horas en un vuelo, sentía que de alguna manera había conocido desde siempre.

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