¿Dónde diablos estarán seguros?

2 de octubre del 2018

Por Martha Ordóñez.

¿Dónde diablos estarán seguros?
  • “Investigan en Bogotá 116 casos de abuso sexual por parte de profesores de colegios”.
  • “Arquidiócesis de Medellín habría ayudado a encubrir abusos sexuales de sus sacerdotes”.
  • “Ex capitán de la infantería de marina abusaba de niñas pobres y las obligaba a tatuarse su nombre en el cuerpo”.
  • “Por maltrato piden cerrar jardín infantil;Por primera vez tres chicas que fueron abusadas por sus padres muestran sus pedidos de auxilio en sus dibujos”.

Hace unos años, poco o nada se publicaba en los medios de comunicación sobre la violencia contra niñas, niños y adolescentes, lo que usted acaba de leer son algunos titulares de reconocidos y tradicionales medios de comunicación que ponen en evidencia la triste y cruel realidad de la vulneración de los derechos fundamentales de la infancia colombiana, que la expone a daños irreparables e inexplicables, para las mismas víctimas y para una sociedad que esta empezando a entender que éste no es sólo un asunto de puertas para adentro, que exige un compromiso de todos para lograr su prevención y erradicación.

Desde esta perspectiva nos preguntamos: ¿Con quién están realmente seguros nuestros niños, niñas y adolescentes? ¿Y en qué lugares están más protegidos? ¿Será que lo que necesitamos para hacer contención es instalar cámaras en las casas, en los lugares de oración, en las instituciones educativas, en los jardines infantiles y hasta en los lugares donde se comparte un espacio con la autoridad?

Todavía más preocupante lo que nos dice el Director del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (INML), el Doctor Carlos Valdez, al afirmar que el lugar donde corren más riesgo los niños y las niñas de Colombia son sus propias casas ¿cuándo? en vacaciones, después de 6 p. m., los fines de semana y días festivos. Triste pero cierto, ese hogar con el que tanto soñamos hombres y mujeres, que además es un símbolo de protección, termina convirtiéndose muchas veces en un campo de batalla, en un espacio de vulneración de derechos, intolerancia y ausencia total de resolución de conflictos.

Estas nuevas generaciones de niños y niñas necesitan un mundo nuevo para para poder vivir, requieren de adultos con un chip o un ADN diferente, que nos permita superar la premisa de “la letra con sangre entra” de una sociedad que ha crecido en medio de la violencia, la intolerancia y la imposibilidad del diálogo constructivo, estamos en un mundo de avances vertiginosos en la ciencia y en la tecnología, pero en esta materia los cambios no se dan a la velocidad que quisieramos.

La popular canción del grupo Maná “dónde jugarán los niños” hoy cobra mucha vigencia cuando en su letra dice “se está pudriendo el mundo, ya no hay lugar” y no solo haciendo referencia sobre el poco espacio que le quedará a la niñez después de la destrucción del planeta, con ríos contaminados y cielos que ya no son tan azules, también tenemos que interpretar esta frase con los riesgos de violencia y maltrato que está viviendo nuestra infancia, ¿dónde diablos vivirán, jugarán y estudiarán los pobres niños ? ¡ya no hay lugar!

Cuando ya había finalizado esta columna, el país se entera del atroz crimen de Génesis en el municipio de Fundación, Magdalena. No es justo, no hay palabras.

Martha Ordóñez

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