Duque es Duque y Uribe es Uribe

5 de septiembre del 2018

Por Fernando Álvarez.

Duque es Duque y Uribe es Uribe

A los enemigos del expresidente Álvaro Uribe Vélez se les hace agua la boca cada vez que hablan de que el presidente Iván Duque se le desmarcó o se le salió del libreto a su mentor. Y son precisamente los mismos que vaticinaban que Duque no iba a ser ni más ni menos que un títere o una marioneta del expresidente y que en el mejor de los casos sería una especie de gobierno en cuerpo ajeno.

Eso mismo que no le veían criterio ni experiencia, ni capacidad para dirigir una nación. Incluso se hizo sonoro que el candidato que parecía más opcionado porque tenía toda la maquinaria aceitada terminara por descalificarlo al decir que era muy pollo. Caricaturistas y columnistas se burlaban de él y faltó poco para que lo pintaran como un muñeco descerebrado.

Y ahora cantan victoria porque creen que Duque va a repetir la historia de Juan Manuel Santos al traicionar a Uribe. Y celebran cualquier gesto en donde se puedan solazar con la idea de que el presidente le tirará tarde o temprano un portazo al expresidente.

Pocos han comprendido que Duque es Duque y Uribe es Uribe. Y que Uribe y uribistas como José Odulio Gaviria o Luis Guillermo Echeverry, estudiaron y analizaron con detalle la conclusión de que Iván Duque era el más garantista del legado de Uribe y a su vez lo menos parecido al expresidente. Se diferencia en su estilo personal, en su visión política y en el manejo puntual de temas en los que Uribe prefiere el método confrontacional y aguerrido, mientras que Duque juega mejor en el conciliador.

La escogencia de Iván Duque comenzó porque se buscó a conciencia un estudioso más que un seguidista. Alguien con recorrido como funcionario y que destacara por su construcción personal, al que no le quedara grande estudiar temas sociales, políticos o económicos de Colombia, América Latina y el mundo.

En su búsqueda de liderazgos Uribe ya lo había rescatado de la burocracia internacional para meterlo en la lista cerrada al Senado que manejaba personalmente. Con discusiones porque en ese momento hubo quienes consideraban que tenían mayores méritos y no justificaban el lugar que se le había asignado a Duque. Pero allí se destacó el senador en medio de bancada que no era precisamente una suma de talentos sino de disciplinados.

Contaban también las características mediáticas que poco a poco lo volvieron visible en el senado y que comenzaron a mostrar sus particulares condiciones carismáticas. Algunos afirman que Uribe desde un comienzo sabía que su candidatura iba a arrasar con las demás pero que era absolutamente necesario que se hiciera el ejercicio lo más democrático posible.

Pero fueron los radicales uribistas los que le hicieron la vida imposible a Duque candidato. Lo calificaban de blandengue y hasta de mamerto por que no se distinguía por ser escandaloso ni ruidoso o porque no se desgarraba las vestiduras defendiendo a Uribe. Su tono pausado y su capacidad dialéctica les resultaba a los furibistas una amenaza que anunciaba una traición al estilo Santos.

Los nombramientos de ministros y cercanos a la Casa de Nariño han sido estudiados juiciosamente por Duque. Allí incluye la opinión de Uribe y es difícil decir que no ha sido determinante, pero de seguro no exclusiva. Los uribistas que se sentían ministeriables renegaron de ciertos nombramientos, los voluntarios que participaron en la campaña electoral se sentían nombrables y se molestaron con ciertos nombres que a su juicio salieron de la manga, pero en todo caso lo que sí han reflejado es que Duque se ha tomado en serio su papel de jefe del ejecutivo. De ahí a caer en la simplista afirmación de que ya no es Alvaro Uribe su principal soporte o que la inspiración de Duque en muchos temas se aleja del pensamiento uribista es pensar con el deseo.

En medio de la tirantez que siguen impulsando algunos opositores, que de alguna manera parecieran interesados en perpetuar el clima de polarización que se vivió durante los últimos ocho años, Duque ha sorteado como el mejor jugador de fútbol, que sabe hacer equipo, que tiene una táctica y una estrategia y que está en condiciones de descubrir los talentos a partir de escuchar las sugerencias.

Que respeta la filosofía que convoca al equipo y que sabe construir a partir de respetar las diferencias e insistir en lo que los une. Ha mostrado que sabe ser líder, que tiene autonomía de vuelo pero que su norte no es apartarse de quien más confío en él y quien invirtió todo su capital político para sacar adelante una aspiración que no se hubiera dado sin su apoyo.

Por eso se desgastan inútilmente quienes pretenden encontrar en cada acto de gobierno o postura presidencial una fisura con el expresidente Uribe. La capacidad de tomar el rábano por las hojas y salir con decisiones aparentemente contrarias a Uribe muestran que Duque sabe perfectamente que el presidente tiene perfectamente claro que tiene su propia interpretación de los principios uribistas y que lo tiene sin cuidado si los radicales uribistas lo aprueban o si la oposición ve la sombra de Uribe en sus desiciones.

Con la misma certeza que decide no tomar partido en la elección de Contralor para mostrar coherencia con la idea democrática de no torpedear el equilibrio de poderes, asume el poco taquillero nombramiento del ex procurador en la OEA.

Lo cierto es que a pesar de lo difícil que ha resultado que los medios de comunicación, casi todos cercanos al expresidente Santos, o la oposición le hayan otorgado un periodo de gracia al presidente Iván Duque, este sí se ha demarcado, pero no del expresidente Uribe sino de los pronósticos facilistas, de los conceptos prejuiciados y de las profecías autocumplidas.

Duque sabe que retomar la incubación de los tres huevitos que pudiera pretender el propio Uribe hoy es menos importante que enfrentar los problemas del llamado legado de Santos. Sabe que su talento, su capacidad de análisis y sus dotes de expositor lo obligan a ser tan grande como lo exigen las circunstancias y tan acertado como lo demandan quienes se la jugaron por él.

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