Duque frente a los grandes desafíos

10 de septiembre del 2018

Por Jaime Arias

Duque frente a los grandes desafíos

Aunque Iván Duque ha completado un mes como presidente de Colombia, intentar entender cómo será su gobierno es aventurado, pues apenas estamos en la etapa de calentamiento, con la designación de la plana mayor de la administración, la preparación del paquete de proyectos de ley prioritarios, los anuncios de algunas políticas sectoriales, las reuniones con las bancadas parlamentarias, las visitas a regiones problemáticas y las primeras sesiones comunitarias de la agenda “Construyendo país”. Desde el primer día se ha visto que su trabajo no va a ser fácil por la cantidad y la condición de los desafíos, las enormes expectativas y la composición del Congreso.

Entre los hechos positivos deben destacarse la moderación de los discursos presidenciales —comenzando con el de posesión—, la escogencia de un equipo técnico de colaboradores, la actitud abierta hacia los eventuales opositores, el no untar de mermelada las relaciones con la clase política y el despliegue de energía del joven mandatario en sus recorridos por el país. Lo preocupante de su mandato es la segmentación del Congreso en varios bloques, ninguno dominante, que dificultará la alineación de fuerzas alrededor el programa de gobierno.

Es muy probable que Duque y su equipo desarrollen un gobierno eficaz, con aciertos en varios campos donde los problemas no sean de hondo calado o respondan a coyunturas superables. La actitud del presidente y de su gabinete permite anticipar un arduo trabajo en aspectos concretos que requieren respuestas técnicas, políticas públicas o recursos financieros, por lo cual se espera un repunte de la inversión nacional y extranjera, el aumento de la producción agropecuaria e industrial, el desarrollo de las obras públicas y algunos ajustes en otros campos.

Otra cosa son los cambios necesarios en temas de profundo calado, en donde Duque, en el mejor de los casos, podría empezar sentando las bases de posibles soluciones que, para realizarse, requerirán de largos períodos de tiempo y del diseño de políticas y planes que impacten la cultura, las costumbres y las actitudes de nuestra población.

Me refiero a cambios paradigmáticos, aquellos que Ronald Heifetz denomina “transformaciones adaptativas” y que modifican la escala de valores fundamentales, las actitudes primarias de la sociedad y los esquemas mentales (conocidos como el mindset); es decir, parte esencial del alma de la población colombiana o de su ADN.

Los problemas de fondo tocan las estructuras más profundas de la nacionalidad y se extienden a los comienzos de nuestra historia, desde la misma Conquista; pero no tratemos de responsabilizar por ellos a España, la madre patria, que nos legó una importante herencia cultural. El reciente libro de Antonio Caballero, Historia de Colombia y sus oligarquías, toca magistralmente el origen de nuestros peores defectos como comunidad y muestra cómo se fue construyendo eso que se llama “el espíritu nacional”.

Si hacemos un inventario de nuestras fallas estructurales, observaremos que algunas pueden originarse en un mal diseño político o normativo (por ejemplo, en la Constitución Nacional y en diferentes leyes), o en circunstancias propias de cada momento histórico o de la abrupta geografía.

Sin embargo, las verdaderas plagas suelen tener una base cultural y a grandes rasgos podrían clasificarse así: la inequidad y las injusticias sociales, la descomposición moral que ha derivado en corrupción, el legalismo convertido en “leguleyismo”, la minería ilegal, el contrabando y el narcotráfico, la violencia y la inseguridad, la deforestación y depredación del ambiente, los conflictos de tierras, y la baja productividad económica.

Hace una semana, más de once millones de votantes se pronunciaron en una consulta popular en contra de las crecientes prácticas corruptas en los sectores público y privado, lo cual es un buen paso, pues demuestra que estamos llegando a un punto en el cual estas conductas no son aceptadas.

Sin embargo, cuando pensamos en las verdaderas soluciones vemos que el rechazo es apenas un paso, que es necesario cambiar la actitud de muchos compatriotas tolerantes de la corrupción, que con la justicia actual no es fácil atacar de raíz el problema, que las leyes por si solas no bastan, que factores concomitantes como el narcotráfico constituyen un verdadero caldo de cultivo.

Combatir las grandes plagas para erradicarlas es una tarea compleja que requiere un diagnóstico preciso de las causas, desarrollos y efectos de cada problema; abarca el tiempo de varios gobiernos fuertemente comprometidos; posiblemente necesita un acuerdo social amplio e implica actuar sobre las personas para modificar creencias, principios errados, costumbres y actitudes.

Estos complejos ingredientes necesitan la presencia de uno o varios líderes transformadores con visión de futuro, capacidad para convocar y alinear voluntades, fuerza para movilizar el pueblo y entereza para enfrentar todo tipo de obstáculos. Ojalá Duque posea los atributos para transformarnos en otra clase de nación.

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