Duque, la suerte y la diversidad

8 de junio del 2018

Opinión de Fernando Álvarez.

candidatos

Las redes sociales se han encargado de agudizar el debate y de atizar el fuego de las contradicciones que naturalmente existen entre las diferentes concepciones de la función pública o del bienestar social que encarnan las diversas posturas políticas, ya sea desde las ideologías o desde las concepciones de eficiencia frente al bien público. Y los candidatos presidenciales, unos con más pergaminos que otros, unos con más habilidades que otros y unos con más aliados de un lado que otros, han optado por jugar en un escenario democrático que hoy más que nunca requiere de sensatez y de cabeza fría para acertar de cara al país que se debe reconstruir después de la crisis institucional en que se ha caído.

Nadie duda que han existido factores que contribuyeron a desistitucionalizar al país. La corrupción política, el narcotráfico, el paramilitarismo y el guerrillerismo, han sido nefastos para la construcción de la democracia en Colombia. Todas estas desviaciones por fuera de la ley han corrompido las instituciones, han masacrado la justicia, han asesinado a los más destacados dirigentes demócratas y han reducido los espacios políticos de la democracia para sumir al país en los radicalismos ideológicos, las posiciones extremas, polarizantes y negacionistas del otro, discriminatorias y segregacionistas. Hoy no hay nadie que no se pueda sentir responsable por acción o por omisión por la situación actual en Colombia.

Una izquierda que surgió en los años setenta como resultado de los movimientos universales que buscaban un mundo mejor, desde las posturas libertarias inspiradas en el marxismo, que terminaron aupando los más crueles movimientos revolucionarios, los cuales perdieron el rumbo humanista y terminaron refundidos en las más variopintas expresiones lumpezcas y delincuenciales que hoy avergüenzan a los intelectuales y románticos que les brindaron su apoyo. Posteriormente una sociedad hastiada de la delincuencia guerrillera, despiadada e inhumana, terminó celebrando la aparición de los grupos paramilitares que se mostraban como una salida  para acabar la guerrilla y que emergieron como redentores de las víctimas.

Todos fuimos responsables de la Colombia que existe. Unos fuimos tolerantes con los desmanes de la guerrilla y hasta llegamos a aceptar que sus delitos atroces tenían una justificación social y política. Todos fuimos responsables de la fuerza que adquirió luego el paramilitarismo porque de alguna manera aceptamos que la ley del talión era la salida para terminar con la exacerbada criminalidad a la que habían llegado las fuerzas subversivas. Todos fuimos responsables de las degradaciones y extralimitaciones de uno y otro bando armado. Todos aceptamos que el narcotráfico fuera un factor que dinamizara la economía e incluso muchos se beneficiaron de encontrar generosos compradores para su bienes.

Hoy se empeñan en denigrar de Iván Duque con toda clase de visiones contradictorias. Lo descalifican porque lo apoya la extrema derecha, cosa que es cierta pero no es menos cierto que ella es completamente minoritaria. Son más los demócratas, los que le apuestan a una democracia social, que quieren que el centro sea la posición determinante, que no existan exclusiones y que no se abran paso los sectarismos. Claro que hay excluyentes y sectarios que apoyan a Duque, pero son más los incluyentes y amantes de la diversidad los que apuestan por una salida no extrema, digna y efectiva en la construcción de equidad. Duque no tiene experiencia administrativa pero la de Petro en la alcaldía si que no es la encomiable.

Existe una intelectualidad que se ha dejado seducir, desde los complejos de derecha, por una aparente salida de izquierda. Esa izquierda que desde una posición romántica seduce. Pero no se puede ignorar que la mayoría de los izquierdistas en el poder se han convertido en los peores dictadores a nombre de la igualdad, de la libertad y de la solidaridad. No se necesita repasar lo sucedido en la otrora llamada cortina de hierro, donde los nombres de Stalin, Breznev, Kruchov, Ceasusescu, y casi todos los jefes de estado de los países del bloque soviético se vieron envueltos en los peores episodios en contra de los derechos humanos y de la democracia, que hoy son vergüenza de la humanidad y de la historia.

Lejos está Gustavo Petro de emular con Pepe Mujica o con Nelson Mandela, quienes venían de la izquierda radical y terminaron en pociones equilibradas y comprensivas para reconstruir sus naciones, reconciliar las fuerzas extremas y desarrollar un nuevo concepto de sociedad moderna, incluyente y participativa. Para un país que necesita superar los odios y construir confianza Iván Duque tiene más temperamento ponderado que Petro. Los vicios del infantilismo de izquierda que mantiene Petro impiden que pueda ser la fuerza renovadora que exige el momento. El aventurerismo, el revanchismo y el clasismo en sus piezas oratorias dejan ver que a Petro aún le falta un hervor para llegar a posiciones incluyentes.

Ya se sumarán a Petro, Antanas Mockus y Claudia López, como lo hizo Angélica Lozano. Ellos están atrapados en sus complejos de derecha. Saben que Petro es autoritario, mesiánico y atrabiliario pero no pueden quedar ante el electorado como que se alían a Uribe, que ha sido el principal impulsor de Duque. Ignoran que Duque se salió del libreto, si es que existió, que ha demostrado que tiene su criterio propio y que por más que quieran adueñarse de su pensamiento él es él y cuenta con su suerte. Se ganó la lotería, primero con el apoyo de Alvaro Uribe como poderoso fenómeno electoral; se ganó la pelea interna en el CD aún contra la extrema derecha y se ganó la consulta y el apoyo de Marta Lucía y Andrés Pastrana.

Duque se ha ganado todo en juego limpio. A su estrella se suma su temperamento conciliador, su talante intelectual moderno, su versatilidad temática y su ética democrática. Luego de la segunda vuelta se ganó el apoyo de todos, gratis y sin compromisos con nadie. Germán Vargas Lleras, Cesar Gaviria, los conservadores y el partido de la U lo apoyan porque han visto que Duque es Duque, aunque tenga aliados como Uribe, el exprocurador Alejandro Ordóñez, o la líder cristiana Viviane Morales. Duque es el candidato de la diversidad. Allí confluyen derechistas, centristas y hasta izquierdistas como Angelino Garzón y Ever Bustamante. Los que quieren matrimonio y adopción gay como Gaviria y los que no como Ordóñez y Morales.

Lástima que Antanas Mockus termine su carrera política justo en contravía de lo que ha pregonado. Simbolizó la construcción de una ética de lo público y una cultura ciudadana que difícilmente se ve representada en Petro. La alcaldía de Petro no se caracterizó por garantizar que los recursos públicos fueran sagrados. Mucho menos se ajustó a su filosofía moderna del reconocimiento y la legitimidad del otro en la diferencia. El sectarismo y el vanguardismo Petrista ahogaron las posibilidades presidenciales de Sergio Fajardo, su aliado y émulo. Pero los Antanistas no olvidan que alguna vez Mockus dijo que curiosamente a la política en Colombia le sucede como al tráfico bogotano, que en ocasiones fluye más por la derecha.

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