Duque y las encuestas

20 de noviembre del 2018

Por Jaime Arias.

Duque y las encuestas

En su entrevista con María Isabel Rueda, el presidente Duque aseguró que él no gobierna de acuerdo con las encuestas, pero las analiza; ello debe ser así, particularmente, porque no existe la posibilidad de ser reelegido y su mandato tiene una duración definida de 4 años que se van agotando. Sin embargo, ¿por qué accede o busca esta entrevista? La respuesta es sencilla: en las democracias en crisis del siglo XXI la opinión ciudadana se ha convertido en un parámetro ineludible que debe ser tenido en consideración por los mandatarios, más allá de la agenda de gobierno, y Duque no resulta ajeno a esa circunstancia.

¿A qué gobernante no le preocuparía estar casi por debajo del 30 % de opinión favorable cuando apenas ha cumplido 100 días de mandato? Hay algo en el ambiente que no satisface ni a los adversarios políticos ni a quienes acompañaron al presidente en su elección. Nixon, en su discurso “La mayoría silenciosa” de 1969, definió al líder político en los siguientes términos: “Ha de estar en la disposición de adoptar actitudes impopulares cuando estas sean necesarias, y cuando encuentre necesario adoptar una medida impopular tiene la obligación de explicarla al pueblo, pedir su apoyo y conquistar su aprobación”. El gobernante debe mantener abierta una comunicación para decir lo agradable y lo desagradable, para educar y para mantener la confianza de la población.

Estas encuestas son curiosas y quizá injustas, pues Duque ha sido fiel a sus promesas (tal vez con excepción de la reforma tributaria o Ley de Financiamiento). Ha mostrado una excelente voluntad para ejecutar iniciativas favorables a las comunidades; se rodeó de un equipo técnico idóneo sin tener en cuenta las presiones politiqueras; es un hombre decente, tranquilo, trabajador (dice que duerme apenas 4 horas cada noche); y despliega energía en sus innumerables viajes dentro y fuera del país, por lo cual no merecería el resultado de la reciente encuesta. Además, ha mantenido el respeto por los acuerdos de paz, asunto que preocupaba a varios sectores, y su relación con Uribe ha sido de respeto mutuo y no de sumisión, como algunos auguraban y otros deseaban.

Duque sabía que enfrentaría problemas técnicos como la financiación del déficit fiscal y la necesidad de utilizar la imposición tributaria como una forma de reorientar el gasto y la inversión, temas de fondo que varios sectores pudientes no dejan tocar pues amenaza privilegios ya institucionalizados. De otra parte, el nuevo presidente era consciente de la necesidad de actuar frente a conductas enquistadas que implican un fuerte desgaste político y personal, como acabar con la “mermelada” y atacar las raíces de la corrupción, problemas que no han sido ajenos a las decisiones tomadas en los primeros cien días. Lo que está por descubrirse es si Duque es un buen presidente técnico o más bien un líder transformador.

Tenemos varios referentes de jefes de gobierno que han actuado desde el enfoque técnico y otros desde el liderazgo transformador. Alberto Lleras Camargo fue un ejemplo de los últimos: visionario y estadista institucional, proyectó con Laureano Gómez el Frente Nacional, que contribuyó a calmar las pasiones y odios partidistas y creó un clima de construcción social que marcó nuestra vida civil por años. En el enfoque técnico estaría la mayoría de gobernantes: por ejemplo, Virgilio Barco o Julio César Turbay, quienes, sin proponerse cambios institucionales, dieron un manejo de ingeniería social para sortear problemas concretos de índole técnica. En medio de los anteriores, podríamos situar a Carlos Lleras Restrepo, tecnócrata por excelencia, pero a la vez líder transformador, que concibió una nueva forma de ver el desarrollo y la organización de la administración pública. Finalmente, existe una cuarta categoría en la que caben gobernantes que ni son grandes tecnócratas ni verdaderos líderes transformadores.

¿Dónde podríamos ubicar a Duque? ¿Es un tecnócrata o un estadista? Aún es muy temprano para anticipar una respuesta, pero lo que ha mostrado en sus primeros cien días de gobierno es que se inclina más hacia la tecnocracia que hacia el liderazgo renovador. El asunto es que, en este momento del transcurrir nacional, pareciera que se necesitan ambas cosas: es necesario resolver los problemas técnicos, pero, a la vez, el país necesita crear una nueva visión de sociedad y remover obstáculos estructurales que tienen raíz en la cultura ciudadana, hacen parte de nuestro ADN, y son difíciles de eliminar.

No debe olvidar nuestro mandatario que una cosa son sus electores, a quienes conquistó para ganar apoyo electoral, y otra cosa diferente los gobernados, es decir, toda la ciudadanía, que exige otro enfoque de comunicación y de relacionamiento. En ambos casos debe procurarse el ejercicio de la capacidad de influencia sin depender de los vaivenes de la opinión. No es fácil interpretar las encuestas, calibrar los pareceres, ni manejar las reacciones de amigos y contradictores.

Sabe muy bien el presidente Duque que existen diferentes espectros de opinión que deben ser entendidos y atendidos, tales como la ciudadanía, las ramas del poder, sus cercanos colaboradores, los medios de comunicación, la comunidad internacional y el empresariado, por citar algunos. No son ni Maluma ni Carlos Vives quienes van a ayudarle a conectarse con el país y sus problemas, sino una actitud madura, firme, visionaria, cercana al pueblo, pero a la vez distante cuando corresponda. No hay que caer en la esclavitud de las encuestas; sin embargo, debe entender que la luna de miel ya pasó, que el país se ha exacerbado, que las redes sociales son peligrosas, que existe problemas técnicos que pueden resolver sus él y sus ministros, pero que en el trasfondo estamos inmersos en situaciones críticas, las cuales demandan acciones intrépidas.

Los países esperan mucho de sus gobernantes: orientación, seguridad, tranquilidad, optimismo, equilibrio, innovación. Duque tiene muchas aptitudes para mostrar un nuevo estilo, pero requiere tiempo. Cien días no son suficiente: necesitamos esperar por lo menos un año para saber si los colombianos acertamos en su elección.

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