El bosón de Azcárate

12 de julio del 2012

A la señora Alejandra Azcárate le pasó lo que a Higgs; le descubrieron el Bosón. Así como se lee, pero más sencillo. Sin necesidad de ningún Colisionador de Hadrones, de 27 kilómetros de circunferencia y una fuente de potencia de siete pisos de altura, banggg!!!, explotó solita. Y en big. Al tiempo que dos mil […]

A la señora Alejandra Azcárate le pasó lo que a Higgs; le descubrieron el Bosón. Así como se lee, pero más sencillo. Sin necesidad de ningún Colisionador de Hadrones, de 27 kilómetros de circunferencia y una fuente de potencia de siete pisos de altura, banggg!!!, explotó solita. Y en big.

Al tiempo que dos mil científicos, a 150 metros bajo tierra en las fronteras de Francia y Suiza, atrapaban por fin al tal soplo misterioso —casi 50 años después de que Peter Higgs considerara su existencia, como única explicación de la materialización de la materia—, otro estallido tenía lugar, en las páginas de la revista Aló. Boommm, se expandió el eco por la urdimbre incontrolable de las redes sociales.

Alejandra había parido el eslabón perdido entre la gracia y la imprudencia. Midió unos cuantos centímetros, pesó unas cuantas palabrejas y ha berreado hasta más no poder. ¡Vaya partícula! El nombre resultante: “Las 7 ventajas de la gordura”.

Y se armó la gorda. Con toda razón.

Digo con toda razón, no porque las opiniones de la Azcárate —empinada siempre en unos tacones altísimos, solo sobrepasados por la extensión infinita de su ego— merezcan atención (no se extrae zumo de los alcornoques), sino por la responsabilidad social que le debería suponer el tener acceso privilegiado a distintos medios nacionales de comunicación. Lo que quiere decir que, aparte de embelesarse con los derechos que le otorga su papel de estrella fugaz (en el firmamento colombiano las famas suelen nacer con fecha de caducidad), buena falta le haría reflexionar en los deberes elementales que ser o creerse un personaje trae consigo. Para eso tendría que saber de cronopios, claro.

Por mencionar algunos: sentir y demostrar respeto hacia los demás, que no es lo mismo que la arrogante tolerancia; y sentir y demostrar compasión, que no es lo mismo que la inútil lástima. Cuando nos tropezamos con condiciones que, muchas veces, la gente no puede cambiar, y que la mortifican, o no, aceptar la diferencia y ponerse en los zapatos del otro puede marcar la diferencia. Es que hacer mofa de defectos físicos o características que se salen de lo común es sencillo. Pero cruel. Y también idiota. Y no es humor.

No conozco en persona a la Azcárate, pero no me gusta. (No su aspecto; si tiene o no rellenos de silicona, extensiones de pelo o toxinas botulímicas, como lo han hecho notar tantos foristas, me tiene sin cuidado). No me gustan la brusquedad y la sobradez que proyecta. Ni los apuntes ofensivos que lanza, ni la manera sobreactuada que tiene de actuar, ni el desprecio con el que trataba a los concursantes del programa del que fue jurado. Mejor dicho, me disgusta su energía y me hace cambiar de canal. Y, por supuesto, jamás la había leído —prometo que no lo vuelvo a hacer—, hasta el big bang que se originó con la chorrada que sabemos, la cual, resultó siendo también un soberano plagio. Lo contó KIEN&KE.

Me quito el sombrero ante los humoristas; ante los de verdad, se entiende. Y estoy convencida de que hacer reír es mucho más difícil que hacer llorar. Cualquiera hace llorar, para prueba un botón personal: de puro despistada fui una noche al teatro con unas entradas que correspondían a la función del mes anterior; no las podía reponer porque ya estaba colgado el letrero de “localidades agotadas” para el resto de la temporada. ¿Qué hacer? Pues llorar. Y lloré —me hubiera encantado ser actriz—, de manera tan convincente, que el cantaletoso administrador, a punto de sacar pañuelo, terminó acomodándonos en un palco reservado para autoridades. Fácil. Hacer llorar es fácil. Pero hacer reír…

Hacer reír, sin ofender —el método más rápido y barato—, es un don que pocos tienen. Y, definitivamente, Alejandra Azcárate no clasifica entre esos privilegiados. (Hay otros, que, a pesar de que sí clasifican —Daniel Samper Ospina, por ejemplo—, igual tienden a caer, sin necesidad, en el lugar común de la burla obvia e insultante). Ella, en sus propias palabras, se “rió” y se “divirtió mucho” escribiendo cosas como esta: “Se sienten (las gordas) como unas princesas ya que ellas sí conocen de cerca la verdadera caballerosidad. Los hombres les ceden el puesto por miedo a que se les sienten encima, las miran con ternura para evitar una agresión, (…) les corren la silla porque no caben, les abren la puerta del carro para cerciorarse de que sí entran y no las morbosean porque rayarían con la aberración”.

Me pregunto, desde mis demasiados huesos que, dicho sea de paso, no me hacen sentir ni mejor ni peor que nadie, ¿dónde está lo chistoso de este párrafo? Como no sea que el productor aproveche una coma para enchufar risas grabadas…, solo la comediante celebrará tales sandeces.

¡Valiente colisionador tan chiviado el de AA!

Dobleclick: Mientras el CERN celebra la aparición de la partícula invisible que cambiará la historia de la física, el director de Colciencias renuncia porque el apoyo de Santos es más de blablá que de recursos. Algo va de la civilización al subdesarrollo. Y del bosón imaginado por Higgs, al bozal requerido por Azcárate.

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