El desafío venezolano

El desafío venezolano

28 de febrero del 2018

Colombia y Venezuela están atadas irremediablemente desde la división de la América hispánica que se hiciera desde la distante Europa, la cual los convirtió en vecinos y, en algún sentido, hermanos, para bien o para mal. Durante breves años, por voluntad del Libertador Simón Bolívar, fuimos una misma nación, con sede de gobierno en Santafé de Bogotá, y luego vino la escisión de la Gran Colombia en tres naciones separadas pero hermanas, con raíces comunes y con destino compartido por su condición de miembros de la comunidad latinoamericana. Una frontera porosa de más de 2.000 kilómetros, costumbres similares y altibajos en las economías de las dos naciones han producido como resultado, a lo largo del último siglo, un flujo poblacional casi continuo entre los dos países: antes de aquí hacia Venezuela y ahora de allá hacia Colombia.

En la primera parte del siglo XX muchos venezolanos pasaron pacíficamente la frontera para estudiar en claustros colombianos; hace unas seis décadas, en plena bonanza petrolera, comenzaron a emigrar varios millones de colombianos hacia la nación vecina en busca de mejores condiciones económicas, siendo plenamente incorporados a la vida económica y social de ese país, gracias a ser reconocidos como excelentes trabajadores y buenos ciudadanos. Durante años, ha existido un flujo menor en ambos sentidos, en Norte de Santander, La Guajira y Arauca; pero ahora, a partir de la catástrofe social que vive Venezuela, estamos viviendo un éxodo masivo hacia Colombia y, en menor grado, a otros países de la región.

Migración Colombia informa sobre más de 500.000 inmigrantes, pero los números pueden quedarse muy bajos porque muchos no son registrados oficialmente al haber entrado de manera ilegal, o tratarse de ciudadanos con doble nacionalidad. Se dice que diariamente circulan cerca de 30.000 en la frontera, pasando por los puentes binacionales y a través de trochas; la mayoría regresa el mismo día, aprovechando la Tarjeta de Movilidad Fronteriza que  autoriza a cerca de 1,5 millones de personas para permanecer en territorio colombiano un tiempo breve con el fin hacer compras, visitar familiares o inclusive acceder a servicios médicos. Hasta ahora las estadísticas no son confiables, pero podríamos estar hablando de más de un millón de personas ya radicadas en varias ciudades colombianas, o en tránsito hacia el sur, cifras que no tienen antecedente en la región y son superiores a las migraciones que está viviendo Europa —las cuales, además, han ocurrido en períodos largos y no súbitamente—. Tal vez el caso más parecido es el de los refugiados sirios.

El asunto se está convirtiendo en un problema muy serio que ya llegó a ser discutido en el Consejo de Ministros y preocupa al Gobierno. Hasta ahora, la situación fue bien controlada en materia de albergues, servicios de salud, de educación y otros, pero tiende a desbordarse y requerir ayuda humanitaria internacional. Los efectos de un movimiento migratorio de alta intensidad pueden llegar a ser catastróficos e impactar negativamente a Colombia, además de ser muy difíciles de evitar; estamos ante una migración que ocurre por razones económicas, políticas y sociales, debido a la gravísima situación que sufre el vecino. Podría decirse que, para Maduro, la salida de miles de ciudadanos desesperados e inconformes es una buena solución pues disminuye la presión interna, y por tanto no va a evitarlo. Para Colombia, en cambio, podría traer algunas ventajas menores, pero en su conjunto constituye un serio problema.

Según el presidente Santos, varias agencias del Estado están trabajando para controlar y dar orden al éxodo masivo e irregular y, a la vez, para apoyar a Cúcuta y demás municipios de frontera —como Maicao, Riohacha y Arauca—a fin de que puedan efectuar una recepción más planificada de las familias migrantes; además, el presidente pide solidaridad. No sería justo acusar al Gobierno de negligencia o improvisación, pero la realidad supera las noticias y estamos ante una eventual avalancha de vecinos venezolanos (y colombianos) que se les puede salir de las manos a las autoridades. La dimensión del problema es tal que no puede curarse con pañitos de agua tibia: serán necesarias medidas más drásticas que dimensionen los riesgos de una migración masiva de millones de personas.

Colombia es extensa, con muchas regiones, buena dotación de servicios, inclusive con una producción suficiente de alimentos y medicinas; sin embargo, nuestra capacidad receptora tiene un límite y ya se está alcanzando. En Cúcuta y otras ciudades fronterizas y de la Costa Caribe se han construido albergues provisionales, funcionan organizaciones de ayuda, las autoridades controlan el flujo y los habitantes han tolerado la llegada de ciudadanos venezolanos con un sentimiento de aprecio, comprensión y solidaridad. No es descartable que terminemos construyendo campos de refugio administrados por la ONU, como han hecho algunos países europeos; dotando a los migrantes de certificados especiales que les permitan vivir unos meses en nuestro territorio, bajo el amparo del Gobierno colombiano, o inclusive cerrando parcialmente la frontera con apoyo militar y de policía.

Lamentablemente, Venezuela se convirtió en un problema grave para nosotros —y así lo reconoció el secretario de Estado norteamericano Rex Tillerson durante su visita a Bogotá—, un problema que va más allá de las migraciones. Maduro se ha declarado enemigo de Santos y aprovecha la situación para crear un fantasma, una especie de chivo expiatorio para explicar sus líos. Lo que Chávez hizo con las FARC, dándoles refugio y apoyo, ahora hace Maduro con el ELN, movimiento que se presta para golpear a nuestro país desde territorio vecino. Además, existen vasos comunicantes entre la dictadura venezolana y algunos partidos y políticos colombianos situados en la izquierda populista, como podría ser el caso de Petro y otros. Venezuela intentará expandir su fracasado modelo del Socialismo del Siglo XXI mediante alianzas con esos sectores. En en lo militar, por ahora, podríamos descartar un conflicto bélico directo, pero no estamos seguros de que ello no pudiera suceder en el futuro, todo dependiendo de la estabilidad del régimen tiránico.

Colombia debe seguir actuando serenamente, tanto en el manejo de las tensas relaciones con la dictadura pseudomilitar de los vecinos, como frente a los ciudadanos afectados que buscan refugio dentro de nuestras fronteras. Estamos obligados a encontrar soluciones, principalmente con nuestros escasos recursos, pero también con ayuda humanitaria externa. En esta oportunidad no se puede dividir la opinión pública, el problema es de todos y entre todos debemos aportar para la solución.

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