El Día en que Arturo dejó de Sonreír

El Día en que Arturo dejó de Sonreír

6 de febrero del 2019

Un caso de Acoso Escolar “Bullying” con final Feliz.

Esta historia está llena de lecciones valiosas para los padres que cómo yo atraviesan por el dolor de ver sufrir a un hijo  por acoso escolar. Para los niños la vida es el colegio y las secuelas emocionales pueden producir daños para siempre.

Hace dos años Arturo, de entonces 9, dejó de sonreír. Cambió sus tardes de juegos por actividades solitarias y sólo pensar en el colegio le sacaba lágrimas.  Como mamá estuve allí en lo que en su momento parecían los primero brotes de pre adolescencia.

Nunca nos imaginamos que estábamos a punto de ser parte de la estadística de acoso escolar en el mundo y qué él era uno de los 246 millones de niños que al año son reportados como víctimas. Pero así fue cómo para él sus días eran 70%  malos. Terminó tercero de primaria y el niño que se caracterizaba por sonreír en las mañanas, de pronto ya no quería ir al colegio.

Preocupados nos acercamos a la institución educativa, más de una vez escuchamos una frase que hoy es parte de un pasado doloroso: “Si Arturo no cambia, nunca nada va a cambiar”. El discurso de resiliencia y adaptación se convirtió en nuestro caballito de batalla, e intentamos día tras día darle valor al 30% de su tiempo escolar que no era terrible, pero que tampoco lo hacía feliz.

Un cambio sin seguimiento

Después de reuniones periódicas con directivas del colegio, por fin, a regañadientes, aceptaron cambiarlo de curso, pero vaticinando el fracaso de la estrategia con el argumento de siempre:  “Si Arturo no cambia, nada va a cambiar”. Nosotros seguimos alimentando la esperanza de subir ese 30% y sonreímos cuando hubo un pequeño ascenso a 40% no tan terrible, pues significaba que nuestra estrategia de resiliencia empezaba a dar frutos.

Un día, en una reunión de padres, un valiente papá me hizo entender que a los entonces 10 años de Arturo, el 70% es la vida misma. No puedo repetir sus palabras pues las lavaron las lágrimas, en los días siguientes supimos cosas que nos paralizaron, Arturo había intentado partirse una pierna o una mano para no ir al colegio y ya había “investigado” qué pasa cuando se presiona con los dedos la garganta para parar la respiración. Él nos lo contó tranquilo, en confianza, hicimos las preguntas que nunca habíamos hecho y escuchamos las respuestas que nunca quisimos escuchar.

Decidimos emprender una batalla para que el colegio reconociera que el caso de nuestro hijo no lo habían tratado con el cuidado y responsabilidad que les correspondía. Con la ley en la mano logramos que la institución asumiera su corresponsabilidad, hoy lamento no haber estudiado la ley cuando nos enteramos del acoso, que debería ser de lectura obligatoria para docentes y padres,  y que es clara en cuanto a la responsabilidad del colegio en la salvaguarda de la salud física y mental de los niños.

El colegio no tuvo una vista acuciosa sobre la situación de dolor que vivía diariamente el niño, los profesores vieron señales de lo que pasaba y se quedaron callados, el área de psicología ‘no tuvo tiempo’ para recibir y escuchar a Arturo, quien pedía un poco de atención y buscaba que algún adulto lo salvara de las agresiones a las que se era sometido.

Ya son varios los niños del mismo colegio que se han retirado ante el “bullying” como antipáticamente se le dice, a lo que en español es simple y vulgar “acoso.” Los padres hemos guardado silencio sobre el nombre de la institución educativa, no tenemos intención de dañar su prestigio, a pesar de que a nuestros niños en sus instalaciones les hicieron un gran daño.

Hoy Arturo estudia en otro colegio y recuperó la sonrisa, estamos trabajando con un equipo multidisciplinario para recuperar su autoestima y aprendimos que hay que preguntar sin descanso y reaccionar a tiempo. Hoy sabemos que todos debíamos cambiar: su antiguo colegio, su entorno, sus profesores y que él no debía remar solo. A los 10 la vida es el colegio.

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