El enfermo mental (II)

20 de enero del 2012

Prosigo con la historia sobre mi exnovio Morrie (ver http://www.kienyke.com/2011/12/23/porque-te-quiero-te-aporrio/). Mi mamá me había advertido de los locos que podía encontrar buscando novio en línea, pero no me había preparado para este personaje. Empecé a notar que mi cartera aparecía reburujada, a veces me faltaban pequeños detalles como kleenex. Un día me encontré mis gafas […]

Prosigo con la historia sobre mi exnovio Morrie (ver http://www.kienyke.com/2011/12/23/porque-te-quiero-te-aporrio/). Mi mamá me había advertido de los locos que podía encontrar buscando novio en línea, pero no me había preparado para este personaje.

Empecé a notar que mi cartera aparecía reburujada, a veces me faltaban pequeños detalles como kleenex. Un día me encontré mis gafas botadas en medio de la escalera de la casa de Morrie. Me las había sacado de la cartera y tirado ahí dizque para que no se me perdieran, pero más bien con la intención de que me tropezara y las rompiera.

Decía que yo dejaba prendas a propósito en su casa para tener una excusa para regresar, pero lo cierto es que él me escondía la ropa. Cualquier prenda que dejara en su casa la podía dar por desaparecida: pijamas, medias, blusas. Una vez encontré una camisa debajo de un sillón. Un día, saliendo a las carreras, no encontraba mi reloj. Morrie me estaba afanando y yo estaba que dejaba la búsqueda para después, pero caí en cuenta que si lo dejaba nunca más lo volvería a ver. Lo encontré debajo de una toalla que el había puesto casualmente encima.

Una vez Morrie desapareció sin dejar rastro. La noche anterior hubiera debido venir a mi casa, pero como siempre nunca llegó. Los días siguientes lo llamé y no contestaba el teléfono. Fui a su casa y vi que su perro no ladraba, señal de que él no estaba ahí. Volví al día siguiente y nada que aparecía. Me atreví a mirar el correo en su buzón: estaba lleno de papeles. Revisándolos escondida en el carro vi una tarjeta que le había enviado la compañía de seguros, deseándole una pronta recuperación. Estaba enfermo.

Llamé a todos los hospitales de la ciudad hasta que lo encontré. Corrí a visitarlo y me encontré con que le habían pegado un tiro en el pie. Yo pensé que me estaba tomando el pelo pero era cierto. Eso si, jamás me contó las circunstancias del incidente. Él no andaba armado, afortunadamente, pero era evidente que se había metido en una pelea. No había reporte de la Policía (en Estados Unidos los reportes de Policía son documentos públicos).

Duró tres semanas en el hospital y cuando salió yo lo cuidé como una mamá. Le lavé la ropa y le limpié la nevera. Tenía comida vencida en 1982. Antes de salir del hospital tuvo una gran pelea con el médico, al punto que no le recetó narcóticos para el dolor y la herida seguía infectada. Yo de estúpida le di parte de mis pastillas para el dolor de espalda. A los cinco días de estarlo cuidando me dijo que me fuera. Además me culpó de estar detrás del pistolero que lo hirió, por el solo hecho de ser colombiana.

Le gustaba ir en dos carros a todas partes. Partíamos juntos a un restaurante, cada uno en su carro. Al llegar, yo me bajaba, entraba y lo buscaba. No estaba. Al salir lo veía en su carro, todavía ahí sentado, riéndose de mi desconcierto. Todos estos incidentes obviamente generaban una reacción de parte mía y yo no soy ninguna perita en dulce.

Una vez estuve trabajando toda una mañana en una jornada de vacunación al aire libre con un sol sofocante en pleno verano. A la una estaba cansada y ya me iba a devolver donde Morrie. Él quería que yo pasara por Pollo Loco y le trajera un pollo asado. Yo le dije que lo hacía si lo encontraba en el camino, pues estaba muy cansada. Cuando llegué a su casa con las manos vacías comenzó con una cantaleta a gritos que me hizo llorar. Me fui en el carro y él me siguió. Me dijo que fuéramos a un restaurante. Yo llegué un poco antes y ordené una margarita.

Nuevamente una escena por no haberlo esperado para ordenar. Cuando vino el mesero para tomar el pedido yo pedí y él no. Vino mi comida, almorcé y él seguía regañándome. Dije que iba al baño, agarré mi cartera, entré al restaurante -estábamos sentados en el patio- y pagué mi cuenta. Salí por la puerta de atrás a coger mi carro con tan mala suerte que me vio y se fue detrás de mí. Ya en mi casa se estacionó al lado de mi ventana esperando que yo saliera. Esa vez lo dejé plantado.

Una vez estábamos en un café y el estaba tratando de convencerme de tener un threesome (trío) a lo que me niego categóricamente. Siguió hablando bobadas a las que no les puse atención. Después se paró para irse y tiró su taza de café a la caneca, mas no la mía. Detrás nuestro había una muchacha que había visto y escuchado toda la escena y estaba atónita. Mientras Morrie se iba a su carro, me le acerqué. Me dijo que ninguna mujer merecía ser tratada así. Yo ya ni escuchaba los insultos y cantaletas de Morrie, pero esta vez me puse a llorar. Me fui a mi carro y recibí una llamada furiosa gritándome por hablar de él con extraños. Otra vez me fui para mi casa.

El patrón que teníamos era que nos veíamos el fin de semana. El domingo yo no aguantaba más y me iba. Morrie llamaba miércoles o jueves y nos volvíamos a juntar, solo para volver a pelear. Había abuso físico y emocional. La mayoría de las veces me hacía llorar. Pero tuvo que pasar algo realmente malo para hacerme reaccionar y alejarme para siempre de este siniestro personaje.

Continuará.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO