El Erotismo en la penumbra

20 de agosto del 2011

Cuesta trabajo entender la sexofobia que aún persiste en nuestro mundo, dizque postmoderno; sofoca observar la hipocresía de quienes se consideran y fungen de adalides de una moralidad inventada que torna alrededor de la inhibición de la sexualidad así como de cualquiera de sus manifestaciones. Ha habido, sin embargo, algunos avances tolerantes –probablemente más por […]

Cuesta trabajo entender la sexofobia que aún persiste en nuestro mundo, dizque postmoderno; sofoca observar la hipocresía de quienes se consideran y fungen de adalides de una moralidad inventada que torna alrededor de la inhibición de la sexualidad así como de cualquiera de sus manifestaciones. Ha habido, sin embargo, algunos avances tolerantes –probablemente más por evolución inercial de las costumbres que por convicción deliberada- que hacen más fácil hoy en día procurarse dichas eróticas más libres, sin que ello cueste como antaño ostracismo, prisión o la vida misma. No obstante, las manifestaciones eróticas cuando éstas se presentan a la luz pública son vistas con cierta reserva y tachadas de indecentes y desordenadas, de atentados al pudor y a la salubridad mental pública. Incitaciones claras a mantener en ocultamiento la actividad sexual, o cualquier acción que se le aparente, sea ésta de índole lingüística, visual o escrita, porque en el fondo esta actividad humana sigue siendo sospechosa, reprobada, confinada a la soledad de las alcobas y a la clandestinidad. Curioso, es algo que se entiende como necesario, porque las pulsiones humanas fruto del caldo genético y de la actividad browniana y química neuronal lo gritan y lo exigen y no logran ser acalladas por la mojigatería generalizada. Actores sexuales somos todos en la oscuridad por tanto, y a regañadientes del puritanismo ambiente que increpa insanidad.

¿De dónde y cómo hemos podido llegar a este exabrupto? ¿Por qué otro tipo de necesidades humanas no han sido estigmatizadas de la misma manera? Por ejemplo, el comer, el alimentarse, no conoce este grado de veto, y ni siquiera es mal visto, por el contrario la ausencia del acto es tratado con consideración; no es políticamente correcto ver morir gente de hambre pero, a contrario, no hay conmiseración para quien se ahoga de deseos sexuales insatisfechos, muriendo de esa hambruna que también carcome cuerpos y mentes. La actividad alimenticia se ejerce a la luz pública sin que ello cree desconcierto o pudores y para el acto se utilizan órganos corporales: manos, boca, lengua, estómago, etc. Vaya singularidad, casi los mismos órganos utilizados en un acto sexual solitario o aparejado.

La clave, sin duda, de este patrón de comportamiento que es a todas luces de índole cultural, se deriva de las normas religiosas heredadas y aún imperantes; en el caso nuestro, del judeo-cristianismo que nos ha tenido gobernados y adormilados por más de 2000 años; que ha castrado y reducido nuestra capacidad erótico-amatoria, y confinado nuestra pulsión sexual a oscuridades en donde se respira pecado y olores azufrados. Y día a día la religión sigue haciendo su lento pero efectivo camino: obstaculizar la libertad de ejercer nuestro erotismo, cualquiera que sea, sin ningún tipo de culpabilidad y de manera natural, al igual que el acto alimenticio que mencionábamos anteriormente.

Dejar visibles o poner en evidencia nuestros órganos sexuales es considerado como algo molesto, obsceno, perverso, sucio; el nudismo es aún incipiente práctica y hace parte del exotismo noticioso y no es una práctica habitual por las mismas razones; no lo es así con nuestras bocas, manos, lenguas, dedos que paradójicamente también son apéndices amatorios, ya lo hemos señalado. Y entonces cada cual, no pudiendo, como es natural, privarse de ejercer su sexualidad, lo hace en una intimidad que no “moleste” a los demás y sin que contravenga a esa pseudomoralidad y a las normas preestablecidas de rectitud.

Como si nuestros deseos carnales, aquellos que nos dictan las hormonas y los genitales tuvieran que ser frenados y hasta sentirnos en vergüenza de ellos; que haya que confinarlos y colocarlos a buen recaudo, enfriarlos para que éstos, tan humanos, no ofendan a las deidades asexuadas ni a sus célibes delegatarios celestes –éstos sí soterradamente sexuados–, así como a quienes consideran obsceno que nuestros genitales nos exijan y ejecuten aquello para lo cual sirven y son su objeto de existir: ser instrumentos de placer que nos permitan acercarnos a los demás, friccionarlos, acariciarlos, producirles y producirnos al tiempo que roces, goces y placeres orgásmicos, máxima expresión de nuestro sentido gregario. Pero la deidad, por allí oculta entre muchos pensares, acecha invisible e inexistente, pero materializada por quienes se proclaman sus embajadores, exigiendo represión, compostura y negación del impulso.

Y, entonces, nuestros menesterosos cuerpos -cazadores innatos de placeres, deseosos de darse a la función sexual, hambrientas jaurías que ocultan su voracidad, fingiendo apatías, a pesar de tantos delatadores signos y miradas- ocultan vergonzantes los genitales en fuego, dejando a la feria de nuestras soledades estos deseos, a menudo, insatisfechos. Desfogues existen, como los de las válvulas de las ollas a presión cuyos escapes evitan estallidos, pero con las códigos actuales nunca la presión completa bajará, ni como influjo de la edad, ni de las relaciones monogámicas establecidas como ordenamiento social, ni de los placeres de práctica solitaria; todos experimentamos los mismos ardores, pero nadie, en apariencia, parece comprendernos; por fortuna lo freudiano nos explicó y alivió de culpa.

Y en la caverna de nuestras soledades, nuestro instinto se retuerce, planea, proyecta explosiones y espasmos, sin que luego se sacie con su realización que puesta en balanza con nuestra fecunda imaginación erótica resulta asaz magra. Y andamos, entonces, por ahí errabundos, ocultando nuestros deseos, tapando soles luminosos con la pequeñez de nuestras manos y la insuficiencia de nuestras vestimentas. Qué no se entere el ser de al lado que su carne nos apetece, qué no se entere que su presencia y su rocío feromonal nos despiertan pulsiones que nos impelen a satisfacer ahora mismo, qué no se entere que nuestros frenesíes son tan grandes como los suyos, qué no se entere que a veces nos excitamos con métodos inconfesables, que utilizamos fotos, videos y escritos para que por nuestros ojos entre aquello de lo que escasean nuestros actos. Qué no se enteren que somos comunes con nuestras pulsiones, pero que éstas no son políticamente correctas, que lo correcto es ocultar lujurias, es negar concupiscencias que mal vistas son en este infierno de simulación, en donde es mejor visto agredir al semejante que producirle satisfacciones lúbricas. ¿Acaso no vemos a diario como en el cine o en la embrutecedora televisión se mata con gran facilidad y desparpajo y la sangre rueda a ríos impunemente, pero que cuando se presenta una escena de alcoba o un desnudo, las cámaras se desconciertan buscando ángulos que no muestren tan bellas y placenteras fricciones y estéticas voluptuosas?

La literatura nos ha abierto horizontes de erotismo e imaginación; ha hecho una tarea liberadora que aún está lejos de ganar batalla. En la literatura colombiana, sin duda, las costumbres se han largamente liberalizado, si se compara con la pacatería de Isaacs que a fines del XIX nos presentó con María un modelo de anti-erotismo, con unos protagonistas asexuados e insípidos que destilan melosería verbal y cursilería a chorros. Muy distinto de lo que ocurría casi por la misma época en Europa con Madame Bovary o Ana Karenina, o incluso en obras de influencia europea como “De sobremesa” de José A Silva, en donde el erotismo es evidente y sin tapujos puritanos. Qué decir de Boccaccio que ya en el XIII, o aún de la Biblia en donde las pacaterías eclesiásticas no lograron enmudecer El cantar de los cantares; tal vez los correctores, que se arrogaron inspiraciones divinas, no lo entendieron o por descuido lo pasaron por alto.

¿Hemos de convencernos cada vez más que en la actualidad, en ausencia de censores de ley y oficio, la libertad erótica es más fácilmente concebible en el escrito (y el video) que lo que es en la realidad, y que la represión ya no es legado de los estados y de las instituciones religiosas sino que son personales y autocastrantes como trágica herencia histórica y cultural?

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