El final

21 de enero del 2015

“El chavismo en Venezuela: ese monstruo toca su fin.”

“El monstruo más repulsivo de nuestro tiempo, el nacionalsocialismo, toca al termino de su destino”, escribió Thomas Mann en 1945 en su artículo El Final. Algo similar podríamos decir con el chavismo en Venezuela: ese monstruo toca su fin.

Pero continuemos con el gran escritor alemán quien desde su exilio siguió con verdadero estupor lo que ocurría en su patria: “Si la agonía fuese únicamente del nacionalsocialismo y no, a la par, de la nación grande y desventurada que paga ahora su engreimiento, podríamos ver la catástrofe en aquella disposición de ánimo más fría de quien siente la satisfacción ante lo justo y necesario”. Con estas palabras podemos imaginar el cúmulo de sentimientos contradictorios que se desarrollaban en el interior del escritor: por una parte, el júbilo de vivir el final de una pesadilla; y por otra, el dolor  de ver a su nación destruida y avergonzada.

Cae el chavismo arrastrando a una nación, otrora prospera y rica, a una catástrofe moral y económica sin precedentes. Luego de cacarear acerca de un modelo socialista, con el que se pretendían los redentores de su pueblo, vinieron las consecuencias nefastas de un tipo de gobierno caduco y despreciable, que lleva más de cincuenta años ensombreciendo el panorama de los países latinoamericanos, impuesto por Hugo Chávez hace ya dieciséis años.

De forma similar a lo que ha ocurrido con el chavismo, Hitler y su camarilla no habrían valido nada “sin el brío y la ciega lealtad del hombre alemán, escribe Thomas Mann, que con descarriado valor, combatía y moría por semejantes criminales”. Hugo Chávez y sus secuaces no habrían alcanzado un inmenso poder, que traspasó las fronteras de su país, sin el apoyo del pueblo venezolano.

No pretendo culpar al pueblo de las maquinaciones de personajes de tan poca altura, ya sea un Hitler o un Chávez, pero si resaltar firmemente, y para que nos sirva de ejemplo, que sin el apoyo popular tiranos como estos nunca habrían logrado destacar en ninguna actividad humana en la que se requiriera de algún talento aparte del que les faculta a ejercer la politiquería y el populismo.

Por desgracia los colombianos estamos cayendo, como en 1933 cayeron los alemanes y en 1999 los venezolanos, en manos de un político de poca talla, manipulador, traidor y mentiroso quien por haber llegado a la presidencia por el engaño, en una primera ocasión, y por el fraude, en una segunda, cree tener un puesto asegurado en la historia.

Estamos a tiempo de reaccionar antes de ver, como lo vio Thomas Mann en 1933, “a la nación entera caer en un lazo del cual, en parte por terquedad, en parte por flaqueza, no podría libertarse”. Los ataques frenéticos a la oposición, la orden del cese al fuego impartida por el presidente a nuestras Fuerzas Militares, las recientes declaraciones del Fiscal de no llevar a referendo lo que se les antoje acordar en La Habana y decenas de otros factores que cobran protagonismo día a día, son parte de una estratagema planeada con mucha anticipación y aplicada con precisión, de la que ya se sienten sus pasos de animal grande.

En otro aparte de El final, Thomas Mann continua recordando sus propias palabras escritas doce años atrás: “Hay en mí una consciencia interna de que al pueblo en general le inspira profundo recelo sus caudillos y la situación a que lo han conducido. Más bien que la fe y el entusiasmo, son la indiferencia, el fatalismo, la desesperanza los que llevan en hombros el régimen y los que lo sostienen. Reina un aprensivo aguardemos y veremos. Si todo eso terminase de una vez, la gente lanzaría un suspiro de alivio, como quien despierta de una pesadilla.” ¡Con qué acierto, el lúcido escritor, retrataba la terrible situación de un país, “sumido en una indiferencia fatalista”, cayendo en las garras de la tiranía, y preveía el desastre inminente de “un pueblo que se sentía lanzado a una aventura incierta” y con pocas posibilidades de resistirse.

Podremos ver a nuestros hermanos venezolanos, como Thomas Mann vio a su pueblo luego de la caída del Reich, “purificado por el crisol del padecimiento” y pudiendo “hallar un modo de vida y una forma de gobierno que aliente el desenvolvimiento de sus mejores facultades y lo eduque a convertirse en colaborador sincero de los que trabajan por un porvenir más claro de la humanidad”.

Con imprudencia, y mucho atrevimiento, los colombianos estamos caminando en el filo de la navaja. Podemos evitarnos el dolor de pasar por el crisol del padecimiento si decimos NO a la aventura peligrosa que nos quiere imponer el gobierno con el pretexto de alcanzar una supuesta paz que no traerá sino miseria, calamidades y desastres.

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