Mi falso romance con el general de Afganistán

29 de marzo del 2011

El General en su bóveda

Estando un día viendo perfiles de tontos en Jdate, mi ex sitio favorito para encontrar novio, alguien sin foto trató de chatear conmigo. Traté de zafarme pero en el momento en que le decía que me tenía que ir, me espetó que el era el General David Richards. Eso si me llamó la atención porque siempre me han gustado los uniformes. El General David Richards es el comandante de las  fuerzas especiales británicas en Afganistán. Además es un Lord ungido por la Reina Isabel. Algo en el fondo me decía que había algo que no olía bien, pero como no tenía más que hacer le seguí la corriente.

Empezamos a chatear con el horario de Afganistán, algo así como catorce horas más tarde que en Atlanta, donde yo vivía en esa época. Durante nuestras charlas yo activaba la cámara del computador, pero el General me dijo que el no podía porque por seguridad la suya había sido desactivada, o sea que el me veía a mi pero yo no a él. Me dijo que yo era la mujer de sus sueños, que le había prometido a su hijo, cuya madre había fallecido en un accidente, que algún día se casaría con alguien como yo. Me pareció raro porque ¿quién quiere casarse con una gordita, bajita, intelectualoide y mandona?

Busqué en Google y el General Richards figuraba como muy bien casado y con dos hijas. Cuándo le comenté mi descubrimiento me dijo que el no quería a Lady Catherine, me quería era a mí, y eso sólo después de tres días de chatear. Me propuso matrimonio y me mandaba cartas de amor estúpidas, adornadas con rosas fosforescentes.

A la semana de andar en esta bobada me llego una caja con rosas rojas de tallo largo, probablemente colombianas, una caja de chocolates y un osito de peluche. Los chocolates eran horribles y el tal osito una ridiculez, pero igual le mostré a mi General en la cámara el regalo que había recibido, expresando mi júbilo y amor incondicional.

A la semana el General me escribió que no podía hablar conmigo porque se iba en misión secreta a Irak. Al día siguiente volvió a Irak. Al tercer día sonó el teléfono y al otro lado de la línea estaba el General David Richards. En una voz afectada y sin acento británico me dijo que tenía que chatear conmigo inmediatamente. Me imaginé que con los poderes secretos de la Inteligencia Británica se había levantado mi teléfono, olvidando que en internet hay algo llamado White Pages (páginas blancas).

Corrí al computador y ahí estaba mi enamorado diciendo que quería compartir conmigo un secreto. Su misión en Irak  había sido escarbar entre los tesoros de Sadam Husein y había encontrado una bóveda (vault) con siete millones de dólares que se había llevado consigo a Afganistán. Quería volarse con esa plata y casarse conmigo. A mi me pareció muy raro que un General de tantas estrellas se vendiera por tan poquito. Le dije que no le creía, que me mandara una foto de él al lado del dinero. Respondió que eso era muy difícil porque por “razones de seguridad” nadie tenía cámaras ni teléfonos celulares.

Mientras me decía que necesitaba mi ayuda para sacar el dinero busqué en Google “Saddam´s vault”. Dicho y hecho. Era una estafa como la de los nigerianos hace unos años. Básicamente después de convencer a la víctima de la legitimidad del negocio y del inmenso amor que depende, eso sí, de poder sacar el tesoro a la civilización occidental, ésta gira 10.000 ó 20.000 dólares para aceitar la maquinaria y el enamorado desaparece. Las viudas somos las presas preferidas porque creen que estamos desesperadas.

La rabia que me dio fue conmigo misma por perder tanto tiempo en esas. Le dije al tipo que no sabía con quien se había metido, que yo era colombiana y que le iba a mandar a un sicario hasta el fin de mundo, hasta encontrarlo. Por lo menos el imbécil hizo el gasto de las flores. No debí haberme  tragado los chocolates que estaban rancios. El peluche se había ido a la caneca desde el día que lo recibí.

A finales del año pasado, cuando mi suscripción a Jdate estaba por vencerse y sin esperanzas de renovación, me trató de chatear otro personaje que dijo que era el General Carter Ham, del Ejército de los Estados Unidos, tercero en la línea de mando. Ni siquiera necesité buscarlo en Google. Nadie va a ser tan bruto de poner su perfil en el sitio de los judíos si tiene el apellido Ham, que traduce jamón. Le dije que si era sobre la bóveda de Sadam Husein no estaba interesada. Inmediatamente el tipo desapareció.

Los Generales fueron la gota que colmó la copa. Me salí de Jdate para no volver jamás. Prefiero quedarme en mi casa leyendo o viendo episodios de “Mad Men”. Ahora estoy enamorada del protagonista, Jon Hamm, a pesar de su apellido.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO