El gobierno carterista

El gobierno carterista

13 de junio del 2017

Mientras en el Congreso, a pupitrazo limpio, se aprobaba una adición presupuestal de 7,6 billones de pesos para alimentar la mermelada santista de cara a las presidenciales, en el Concejo de Bogotá, un pequeño grupo de concejales con carácter archivaban el proyecto de Peñalosa para imponer una nueva contribución por valorización por valor de 1,2 billones de pesos.

Los parlamentarios, sin vergüenza ni recato, siguen engordando sus maquinarias por cuenta del erario. Como carteristas, le meten la mano al bolsillo de los colombianos para luego quedarse con el presupuesto gracias a los oscuros andamiajes que el Estado patrocina a cambio de votos. Los concejales distritales, en cambio, se acordaron que la administración pública tiene que ser primero austera, transparente y eficiente para que el ciudadano esté dispuesto a contribuir con sus impuestos.

El facilismo ideológico colombiano consiste en afirmar que lo que resuelve los problemas es un mayor gasto público. Para ello se requieren más ingresos que deben provenir de los mismos de siempre: asalariados y empresarios. Hemos llegado a unos extremos en los que Colombia aparece con una de las estructuras fiscales más absurdas del mundo lo que frena el crecimiento, desestimula la inversión y promueve la evasión. Poco se habla de la ineficiencia del gasto estatal corroído por la corrupción, el clientelismo y la ausencia de planeación. El gasto público, financiado por los impuestos de los que trabajan y producen riqueza, es el elíxir que todo lo cura.

Peñalosa, que tiene fama de ser buen administrador, está mostrando señales de desesperación. La revocatoria de Petro, el peor alcalde de la ciudad en la historia, es un escenario donde sólo puede perder prestigio, austeridad y tiempo. Mientras tanto los ciudadanos seguimos viviendo en una ciudad que no ofrece seguridad, orden ni calidad de vida. Ninguno de los graves problemas de la capital mejorará en los próximos años pues el retraso es colosal. Los ciudadanos lo saben y por ello califican con dureza a su alcalde en las encuestas.

Lo fácil es entonces meterle la mano al contribuyente en lugar de mejorar la calidad de la administración. Samuel y Petro destruyeron la ciudad y crearon una cultura corrupta de asistencialismo. A los bogotanos hay que recordarles que los subsidios son insostenibles, que las ciudades tienen que ser productivas y que la competitividad es lo que protege el empleo.

Aplauso para los concejales que recuerdan que el ciudadano no está al servicio del gobierno sino todo lo contrario.

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