El gol, esa frivolidad

3 de mayo del 2012

Nunca antes como ahora los que amamos el fútbol —y que no tenemos que pedir permiso para hablar del asunto— nunca antes habíamos asistido a un duelo que enfrentara a dos estilos tan parecidos en su eficiencia y en sus conquistas y, a la vez, fueran tan distintos en su modos de ser, en su […]

Nunca antes como ahora los que amamos el fútbol —y que no tenemos que pedir permiso para hablar del asunto— nunca antes habíamos asistido a un duelo que enfrentara a dos estilos tan parecidos en su eficiencia y en sus conquistas y, a la vez, fueran tan distintos en su modos de ser, en su manera de asumir la fama y de hacerse querer u odiar por el medio planeta que sigue cada jugada.

Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. De ellos hablo, claro, y digo que sin pedir permiso porque hay un cierto rol asignado a los escritores públicos por un cierto sector de la tribuna de lectores que los encasilla en temas, y cuando te sales de lo que ellos imaginan/creen/quieren, te cortan la cabeza. O lo intentan. En vano, desde luego. Me pasa con el fútbol. A veces, en el apasionado nerviosismo de un gran encuentro europeo, hago apuntes ceñido a la tiranía de los 140 caracteres y algunos miembros de las barras bravas me han silbado, aunque, también debo decirlo y agradecerlo, son muchos más los que me han aplaudido sin que hayan llegado a pedirme autógrafos. Todavía.

Messi y Cristiano. En eso estaba, en que nunca antes nos había tocado un enfrentamiento de esta naturaleza, porque nunca antes dos futbolistas de su eficiencia habían coincidido en una mismo torneo, en un mismo instante, en un mismo país y, además, en dos equipos rivales encarnizados, que son parte de la bandera de dos ciudades que, otra vez además, compiten entre sí por el liderazgo político, económico e intelectual de un país. Todos los ingredientes reunidos, pero si faltara alguno más, hay alguno más: los dos han representado en la cancha los dos estilos de quienes son sus entrenadores, Josep Guardiola y José Mourinho, que son, a su vez, exitosos y polos opuestos.

Cristiano es veloz quizá como ninguno de sus rivales y quizá como algunos de los competidores olímpicos de cien metros planos. Tal su pique. Un balón al vacío sobre su zona del siete es mortal porque ganará la posición al pobre marcador sobrepasado y la ganará también al central que intente llegar a cubrir el hueco. Y es potente en la pegada. Le bastan centímetros para que le salga un misil y tiene una puntería de tirador al blanco con el balón en movimiento, solo con el balón en movimiento. Es elástico como si tuviera resortes en la cintura cuando busca un balón en el aire y aunque reitera en exceso su previsible bicicleta, ve pasar de largo a sus marcadores cuando cambia el ritmo de un frenazo.

Tantas virtudes —a las que hay que agregar que en el torneo español que acaba muchas veces cumplió funciones de marca—, se empañan porque su carisma es negativo frente a casi todas las tribunas que suelen abuchearle. Es su gestualidad soberbia que se enfoca en tan primeros planos televisivos la que ayuda a eso. Y en sus celebraciones de gol Cristiano Ronaldo no sale a buscar el abrazo colectivo sino la cámara individual. También eso contribuye. El engominado del pelo, el señalamiento de sus muslos cuando hace un gol de media distancia, la declaración aquella de que le silbaban por guapo y por millonario y la envidia que debe causar una vida personal sin restricciones de lujos al lado de la modelo Irina Shayk, cuyas curvas y cuya ropa interior han sido conocidas de manera amplia y suficiente, pueden también ser parte de la antipatía que genera este goleador portugués prodigioso.

Messi, como futbolista, agota elogios. Es colectivo como el fútbol, asociado como el fútbol. Por eso hace circular el balón y por eso encuentra hendijas con su radar para ubicar a su compañero más propicio. Incansable como trabajador del balón, se muestra para recibirlo, lo busca para ganarlo, lo pide para definir. Y lo lleva, lo lleva, lo lleva. No tiene zona, Messi. No es la zona del 10 donde lo puedes encontrar, porque va por ahí, por la cancha toda. Como no tiene una estructura corporal sobresaliente, es más difícil de ubicar dentro del campo y a ese don de camuflarse le ayuda el hecho de que no es protagonista. No anda pidiendo tarjetas ni peleando con los rivales ni encarando a los jueces de línea. Le dan, se levanta, sigue.

Y así es su vida personal, así de anónima. Apenas se conoce que su novia es de Rosario y no está confirmada su próxima paternidad. No se sabe qué ropa usa. Ni que reloj compró. Ni cuándo fue al peluquero. En alguna entrevista leí a Messi decir que él no veía los partidos por televisión, que no veía sus goles. Yo no soy de ver, yo soy de jugar, dijo. Por esos mismos días en una entrevista leía a Cristiano Ronaldo decir que lo primero que hacía después de los partidos era ver sus goles.

En fin. Con sus dos estilos, este par de jóvenes han coincidido en el tiempo en un año para ellos maravilloso y también extraordinario para el fútbol. Han roto récords, ellos y sus equipos, y han pasado a la historia por marcadores exóticos que, sin embargo, a mi no me hacen levantar del asiento para aplaudirlos, no se si me explico.

Me explico. Con todo lo que significa el apetito insaciable de Messi y Cristiano Ronaldo, del Barcelona y el Madrid, por el resultado, por el gol, a mi me parece que fue un exceso. Una gula. Cuando uno ganaba por cuatro, el otro por cinco. Cuando uno anotaba tres, el otro hacía cuatro. Messi hizo tres goles en siete partidos en el torneo español que está acabando. Lo mismo hizo Cristiano. Nunca antes fue así. Ojala que nunca más sea así porque el gol es el gol y tantos goles tantos terminan por volverlo un acontecimiento frívolo.

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