El hombre que amaba los perros

2 de febrero del 2018

Opinión de Mauricio López.

El hombre que amaba los perros

El pasado noviembre (octubre en el viejo calendario juliano), la Revolución Rusa cumplió cien años de haber cambiado la historia, o al menos intentarlo. Los personajes centrales de este hito revolucionario y sus acciones, Lenin, Troski, Stalin, Kamenev, Bujarin, Zinoviev, entre otros, siempre han sido sujetos de toda una serie de biografías, documentales, ensayos.

El reconocido novelista cubano Leonardo Padura, con una prosa agradable y con notable erudición va recreando los días de Liev Davídovich Brostein, mejor conocido como León Troski, desde su defenestración como miembro directivo principal del partido comunista soviético hasta su asesinato en la Ciudad de México.

Padura, quizá con algún dejo autobiográfico, narra sus encuentros con Jaime López, un extranjero que se encuentra en La Habana paseando sus dos perros y con el que comienza a establecer un diálogo con él y lo llama simplemente ‘El hombre que amaba a los perros’. Ese hombre, enigmático, enfermo, no es nadie menos que Ramón Mercader, o Jacques Mornard o Jacson, todos uno y uno en todos, el asesino de Troski.

En su relato, Padura entrecruza las vidas de Troski y Mercader, y en medio de ellas, la del escritor Iván, quien decide después del dolor de perder a su esposa, recopilar toda la historia y escribir el manuscrito de esta tragedia.

Es una novela, sin duda. Pero los datos de Troski y Mercader son notablemente fidedignos, lo que hace que esta obra de Padura sea también una historia adyacente de la vida del viejo revolucionario, admirado por unos, odiado por otros y la de su asesino, militante convencido que pierde por la causa toda su identidad y su libertad, sometido, en sino cruel, a un crimen y castigo por su acción.

Adicionalmente, sirve para recrear el devenir de la vida de los escritores en la isla dominada también por la ideología que une a los dos personajes centrales.

En fin, es una invitación para entrar en la historia de los días de exiliado de Troski, a la deseperanzada vida de Mercader y quizá, conocer la angustia de muchos de los escritores cubanos que trataron, o tratan, de dar sentido a una literatura esencial, libre para contar y compartir.

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