El manicomio

15 de febrero del 2011

Grady Hospital, en Atlanta, es un hospital parecido a la clínica San Pedro Claver antes de ser privatizada: manejado por el gobierno, ineficiente, abusivo con los pacientes e inepto. La unidad mental se supone que es un lugar de paso, donde el paciente que llega es drogadicto, alcohólico o esquizofrénico. La idea es que el paciente permanezca máximo doce horas en ese sitio hasta que el hospital les consiga cupo otro en una institución pública para desintoxicación y rehabilitación. Si hay un cargo de posesión de drogas, aún en una mínima cantidad, el paciente va a la cárcel.

La Unidad Mental consiste en una sala grande con sillas y una mesa, el triage donde hay permanentemente tres enfermeras o paramédicos, dos baños, una ducha y tres cuartos sin puerta. En el primer cuarto hay dos camas. Los otros dos contienen cada uno un camastro con correas de cuero. Las cobijas son escasas y no hay almohadas, ni cepillo de dientes, jabón o toallas.  No se permiten visitas, por lo que todos los internos permanecen tres o cuatro días con la misma ropa, sin cepillo de dientes y sin bañarse.

En la sala principal hay una televisión colgada del techo, con la señal borrosa, el volumen a todo taco y permanentemente sintonizada en un canal de deportes. No hay revistas ni ningún tipo de entretención, fuera de mirar la televisión. Tanto los pacientes como el personal son afroamericanos. Las enfermeras y paramédicos son mal preparados y peor pagados. Como no tienen medios para dominar a los pacientes, los obligan a permanecer sentados en las sillas todo el día. Solo se pueden levantar para ir al baño.

Dado que no hay suficientes centros de rehabilitación públicos, los pacientes permanecen en este infierno hasta 72 horas, que es el máximo legal a que se puede confinar a una persona. Al caer la noche los pacientes más vivos corren a acostarse en las dos únicas camas disponibles. Los demás deben acomodarse en las sillas, encima de la mesa o en el suelo, con una sola cobija. Algunas veces es tal la acumulación de internos que éstas no alcanzan para todos. Las luces nunca se apagan.

La televisión tampoco se apaga durante la noche ni se baja el volumen. El personal del hospital conversa entre ellos en latin pidgeon,  el idioma del guetto, a los gritos y se mueren de la risa. Obviamente los pacientes no pueden pegar el ojo. En medio de la noche se escuchan gritos y entran tres hombres enormes arrastrando a una mujer que grita. La llevan a una de las habitaciones vacías y la amarran con correas al camastro. Si durante su estadía quiere ir al baño, no hay quien la lleve y se orina en la cama.

Por la mañana algunos pacientes han sido despachados a los centros de desintoxicación o a la cárcel, pero en general la población es la misma durante tres días. Entra un joven negro, de no más de 18 años en una traba de crack o meth. Tiembla abrazado a si mismo y no para de hablar solo durante las próximas 48 horas. Hombres barbudos y despeinados permanecen día y noche en la misma silla, tapados con la cobija.

Cuando llega la comida, todos se abalanzan al carro y toman su ración. No pueden repetir, a pesar de que quede comida disponible. Una niña negra de doce años queda con hambre y trata de acercarse al carro. Una de las enfermeras empieza a gritar que es una ladrona y la niña dice que solo tiene hambre. Es tal el escándalo que llegan los hombrones y atan a la niña a uno de los camastros con correa.

La noche siguiente se oye un escándalo. Un negro vestido con el overol rojo de la prisión  grita a todo pulmón: “Motherfucker” y otras bellezas por el estilo mientras los gigantes lo arrastran a otro de los camastros, le ponen una camisa de fuerza y lo amarran con las correas. Al día siguiente el preso ya no está. Una anciana sentada en una silla orina con sangre. Todo el mundo le grita que no sea cochina y la encierran en el baño. Nadie limpia el reguero de orina sanguinolenta.

Esta es la política  antidrogas en Estados Unidos. La drogadicción y el alcoholismo son enfermedades, pero aquí a los enfermos los tratan como animales. El remedio para los adictos es meterlos a la cárcel. Muchos de estos son esquizofrénicos que jamás reciben tratamiento. Los tratamientos en centros de rehabilitación decentes son para los ricos: una estadía de 28 días vale cuarenta mil dólares. Los pobres, los negros y los locos de verdad nunca reciben tratamiento. Cuando salen de la cárcel o el hospital vuelven a la calle o al guetto para después repetir la misma historia.

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