El mayor insumo para el futuro del planeta está en el cerebro de los niños

15 de noviembre del 2019

Por: Rodrigo Riaño – Vicerrector académico de la Universidad La Gran Colombia.

El mayor insumo para el futuro del planeta está en el cerebro de los niños

En este momento, mientras realiza la lectura de esta breve columna, su cerebro y los billones de conexiones neuronales que lo componen, han estado realizando cientos de operaciones bioquímicas, dando como resultado la capacidad de percibir las letras, reconocer las palabras, comprender las frases e incluso considerar seriamente si deja a un lado esta lectura, para continuar con otra de mayor interés.

La capacidad cognitiva es entonces el resultado de las interacciones neurobiológicas que suceden dentro de nuestro cerebro humano y en el resto de nuestro sistema nervioso. En este momento de la vida, no hay duda alguna, acerca del papel preponderante del encéfalo en todo lo que relacionado a lo que como humanidad hemos englobado dentro de la categoría “intelectual”.

Sería interesante entonces hacerse la pregunta de ¿cómo su cerebro logró desarrollar el potencial que tiene actualmente? Y la respuesta por parte de los psicólogos y neurocientíficos será que usted lo ha logrado a través de la experiencia, sin embargo seguramente harán un énfasis en que la experiencia más importante ha sido la de los primeros años.

Es importante considerar algunos datos numéricos para comprender la anterior afirmación. El número de conexiones neuronales de un recién nacido es de 253 millones aproximadamente, y este número casi se dobla a los primeros 8 meses, ascendiendo a un valor aproximado de 572 millones. Lo sorprendente es que a los 4 años este número incrementa de manera significativa a 1.000 billones de conexiones. Es decir, algo importante pasa en el cerebro de los niños en los primeros 4 años de vida; se teje lo más complejo de la red de neuronas con la que va a funcionar a futuro.

Volviendo a la premisa de la necesidad de la experiencia, es importante señalar que el cerebro madura a partir de la posibilidad que tienen los individuos de experimentar en el entorno y con el entorno, es decir, que en la medida que los niños se encuentren en contextos estimulantes, su cerebro irá madurando y al mismo tiempo pueden desarrollar procesos como la percepción, el lenguaje, la atención, la memoria, la motricidad y adicionalmente la capacidad de planear, monitorear y regular su comportamiento.

Hablando del futuro del planeta y el cerebro de los niños, las experiencias a las que fueron expuestos durante sus primeros cuatro años serán vitales, pues allí es donde se logran apropiar pautas de comportamiento que regularán el comportamiento afectivo de los individuos durante el resto de su vida, lo que tiene como resultado aquello que Goleman denominará como inteligencia emocional e inteligencia social. Quizá aquí esté la clave de la sostenibilidad y la consecución de las metas que queremos como civilización para el 2030 y no necesariamente en el desarrollo de las funciones mentales superiores que facilitan el logro de habilidades como la lectura, la escritura y el cálculo.

Programas como “De 0 a Siempre” y otros con estos mismos fines, deberían focalizar una gran parte de sus esfuerzos en garantizar entornos humanos donde prevalezca: el buen trato, el modelamiento de regulación afectiva, recompensas por comunicación asertiva, juegos para el conocimiento de sí mismo, espacios para aprender acerca del respeto por el otro y por supuesto escenarios que permitan aprender sobre los beneficios de cuidar el planeta y sus entornos ambientales cercanos. Todo lo anterior, al tratarse de experiencias que al final pueden ser gratificantes y tener como efecto diferentes aprendizajes significativos, termina activando sinapsis químicas que reforzarán estas conductas, ampliando la posibilidad de que ellas se repitan y por ende se generalicen a otros contextos.

De esta manera, se estaría sembrando para el futuro una generación de personas que seguramente también tienen competencias de lecto-escritura y de matemáticas; pero más importante que eso, se estaría contando con un colectivo de personas conscientes de su carácter humano, del valor del otro como prójimo y de la importancia de mantener una buena relación no sólo entre individuos, sino con el planeta. ¡Tenemos el poder de formar a los cerebros que salvarán el planeta!

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