El miedo en el cuerpo

11 de agosto del 2012

Se siente, hasta lo más profundo, en sitios insospechados. El miedo se apodera del cuerpo, lo penetra. El miedo, esa sensación visceral ante lo desconocido, lo inexplicable, se hace presente en una y múltiples sensaciones corporales. Se puede sentir como hormigas viajeras, como frio penetrante, como vacio absoluto. Puede darnos la  sensación de que una […]

Se siente, hasta lo más profundo, en sitios insospechados. El miedo se apodera del cuerpo, lo penetra. El miedo, esa sensación visceral ante lo desconocido, lo inexplicable, se hace presente en una y múltiples sensaciones corporales.

Se puede sentir como hormigas viajeras, como frio penetrante, como vacio absoluto. Puede darnos la  sensación de que una parte del cuerpo desaparece. El miedo es así, abstracto, súbito. No deja duda cuando se presenta. No deja otra opción sino sentirlo y convivir con él mientras tenga a bien manifestarse y querer permanecer con nosotros.

Es imposible de combatir. Solo el hacerlo nuestro aliado, nuestro amigo, puede transformarlo en lo que el mismo quiere ser transformado, en amor.

El cuerpo presiente su llegada, nos avisa con sensaciones sutiles, un pequeño dolor, una falta de fuerza inexplicable y pasajera, un ardor estomacal, un escalofrío, un calambre. Pero esto no es nada comparado con lo que llega  después. Puede paralizarnos físicamente, puede hacernos desvanecer, perder la conciencia, el habla. Nuestra capacidad de reacción corporal se afecta sin medida.

Mas siempre se acompaña de pequeños destellos de luz al final del túnel. Por más inmerso que estemos en él, por más que el cuerpo se altere, hay instantes en que el miedo deja espacio para lo que vendrá luego, la paz, la calma. En esos espacios el cuerpo también reacciona y se muestra generoso. Una sensación de liviandad y relajación no se hace esperar. Es tan cierta, que deja huella sobre cuál será el resultado final.

Por tanto no debemos tenerle miedo al miedo. Ser cautos a como actuamos cuando lo tenemos, sí. Aceptarlo, vivirlo, experimentarlo, también lo podemos hacer. Si lo ocultamos aparecerá nuevamente más adelante. Por tanto es mejor enfrentarlo de una vez, para que no anide en algún lugar del cuerpo. Para que no se convierta en enfermedad física, ya que esto es lo que sucede cuando tapamos el miedo.

El miedo tiene la capacidad de alterar nuestro metabolismo, la producción celular disminuye, bajan las defensas, la circulación se lentifica y los músculos se vuelven rígidos, entre otros. Cuando esto persiste en el tiempo, el cuerpo pasa de una homeostasis funcional a un desequilibrio continuado, que abonan el terreno para infecciones, cáncer, artritis, Parkinson y muchas, muchas más enfermedades. Alguien podría decir y yo lo creo, que el miedo subyace a todas y cada una de las enfermedades y accidentes. Por esto es nuestra responsabilidad enfrentarlo, no eludirlo y ver el mensaje que nos trae. Mensaje que casi siempre es sobre una situación no resuelta de nuestra vida. El miedo se desencadena al aplazar decisiones, acciones. El miedo es incrementado por la duda permanente.  Por esto el miedo enferma alma, cuerpo y mente.

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