El milagro a medias

El milagro a medias

8 de marzo del 2017

Me pregunto si no estaremos actuando como el tipo aquel que, en plena inundación, se subió al tejado de su casa y rechazó a quienes acudían a socorrerlo alegando que Dios lo salvaría, hasta que las aguas se lo llevaron y el muy crédulo terminó ahogado. Cuando estuvo frente al Señor le reclamó el que lo hubiera abandonado y Dios, en su infinita paciencia, le recordó que le había anunciado a tiempo de las inundaciones y le había enviado socorro repetidas veces.

Cada vez que escuchamos o recordamos este relato pensamos en la insensatez de quienes consideran que las respuestas a su fe deberían ser sobrenaturales, despreciando así las acciones humanas al considerarlas insignificantes e innecesarias ante la inminente respuesta de Dios a sus oraciones.

Repetidas veces se nos avisó que el país le sería entregado al comunismo internacional a través de los acuerdos que se negociaban en Cuba y tuvimos suficiente tiempo para reaccionar ya que esas conversaciones se alargaron y alargaron. ¿Qué hicimos diferente a lo que hizo el pobre ingenuo del cuento? Nada, actuamos idénticamente menospreciando el peligro y confiando en el cuidado divino.

Pudimos hacer algo en tres oportunidades que se nos presentaron. Las elecciones al Congreso, las Presidenciales y las Regionales. Acudimos a las urnas con la misma ingenua actitud con la que recibimos las voces de alarma y ¿qué ocurrió? Nos robaron las elecciones, no una sino las tres veces. En cada una de ellas habríamos podido tumbar el entramado construido para soportar el teatro de La Habana que no era otra cosa que una farsa para sustentar la entrega de Colombia.

En varias ocasiones nos invitaron a marchar y atendimos unos pocos de esos llamados sin un objetivo claro. De igual manera acudimos a un amañado plebiscito en el que por milagro de Dios ganamos y por obra del sátrapa y sus aliados nacionales e internacionales nos hicieron conejo. ¿Qué hicimos? Nada distinto a las otras veces, esperar que se hiciera el milagro, Dios no nos abandonaría.

Si no fuera porque Dios es Dios ya estaría cansado de enviarnos socorro. Por nuestra parte, humanos como somos y con el agua al cuello, levantamos la mirada al cielo implorando un milagro que apenas hemos visto a medias porque pretendemos que se nos debe completo, sin requerir de nuestro esfuerzo. Pero Dios es misericordioso y nos presenta de nuevo tablas de salvación: el panorama internacional ha cambiado de cabo a rabo. Con Obama los comunistas del sur hacían lo que les venía en gana, contaban con un aliado. En cambio, ven en Trump a un enemigo que no va a seguir tolerando que quienes llenan de drogas a Estados Unidos y al mundo sean quienes gobiernen a Colombia en donde las producen. Y de ahí se derivará, necesariamente el combate a las otras dos grandes plagas que se derivan del narcotráfico: la corrupción y la violencia.

¿Qué estamos poniendo de nuestra parte para nuestra salvación? Nada o muy poco que a veces es peor que nada. Colocamos nuestras esperanzas en unas elecciones presidenciales en 2018 que son tan solo un espejismo más. Ya bastante enredados nos encontramos decidiendo el candidato a unas inciertas elecciones con las que pretendemos hacernos los locos como si el agua no nos estuviera cubriendo.

Por ahí no es la cosa, no pequemos de ingenuidad de nuevo, no nos lo perdonaremos después cuando no haya reversa posible. Se nos ha hecho un llamado a marchar el 1 de abril que tenemos que asumir con seriedad y valentía.

¿Qué buscamos con esa manifestación? Respondamos esta apremiante pregunta y actuemos en consecuencia. ¿Qué se caiga el sátrapa? ¿Qué se anule el maldito acuerdo? ¿Qué se convoque a elecciones ya? ¿Cuál es nuestro deber en un momento tan crítico, el peor de nuestra historia? La responsabilidad individual, nuestra consciencia ciudadana y nuestra solidaridad democrática deberán brillar desde ahora hasta que alcancemos nuestro objetivo que no es otro que el de recuperar nuestra Colombia querida.

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