El modelo humano

6 de septiembre del 2011

Más de una vez me ha tocado repetir que por seguir la metodología de análisis de la economía política considero de menor importancia la figuración de los protagonistas. Son corrientes mucho más fuertes y dinámicas las que mueven los acontecimientos políticos y los individuos son solo accidentes que coinciden para encarnar momentos históricos pero que no […]

Más de una vez me ha tocado repetir que por seguir la metodología de análisis de la economía política considero de menor importancia la figuración de los protagonistas. Son corrientes mucho más fuertes y dinámicas las que mueven los acontecimientos políticos y los individuos son solo accidentes que coinciden para encarnar momentos históricos pero que no los determinan.

Por eso me ha tocado también repetir que al opinar sobre el gobierno Uribe no estoy pensando ni refiriéndome a la persona. Son los modelos económico, político y eventualmente social que defiende y que adelantó los que se deben evaluar tanto en sus valores como en sus resultados. Y creo que la historia ya se está pronunciando sobre ellos, pensaría que dando razón a quienes no los aplaudimos en su momento. Ni la cacareada seguridad democrática, ni las tesis neoliberales, ni el todo se vale, ni en general el sistema de gobierno que se usó fue una solución prácticamente para ninguno de los problemas colombianos, y por el contrario generó otros males.

Vale la aclaración que el análisis alrededor de modelos hace que tampoco la ‘corrupción’ sea enfocada como nacida de la maldad de los delincuentes sino como consecuencia de los defectos, fallas y deficiencias que esos mismos modelos tienen.

Respecto al supuesto boom económico mal se puede desconocer que convertirnos en una economía extractiva que agota los recursos naturales, generando una enfermedad holandesa, sin generar empleo ni ninguna forma de valor agregado, es el peor modelo posible; se muestran unos resultados inmediatos y transitorios que dependen de factores externos (demanda y precios), pero a costa de desaparecer o minimizar la importancia del verdadero sector productivo generador de riqueza. Y vale tener en cuenta también que el comparativo con el resto de nuestro continente muestra prácticamente los peores resultados no solo en crecimiento sino en desempleo, en desigualdad, en pobreza.

Y la supuesta seguridad democrática habría que contrastarla no solo con la disminución de secuestros y de pescas milagrosas, sino también con los indicadores que señalan su costo en el ámbito de derechos humanos con las desapariciones forzadas, el desplazamiento, los falsos positivos, etc.

Porque todos los resultados, lo buenos y los malos, nacen de unos mismos modelos y una misma gestión y no se puede defender que eran males que venían desde antes, cuando se ha impuesto, como se hizo, una voluntad sin limitaciones durante ocho años.

Por eso, contrariamente a lo deseable, toca mencionar el caso personal de quien encarnó esta etapa. Reiterar que lejos de haber perversidad, lo que movía al Dr. Uribe es una patología, una enfermedad que la psiquiatría probablemente calificaría de obsesivo-compulsivo. En términos más legos, y viendo su comportamiento actual y su nueva obsesión por el twitter, mejor se describiría como enfermo de adicción al poder que en este momento sufre el síndrome de abstinencia.

Lo grave es que si no se ve esa condición patológica lo que se invita es a seguir un modelo de ser humano; y francamente fuera de su mantra de ‘trabajar, trabajar, y trabajar’ (y eso también puede no ser tan ideal), lo que deja como legado es su ejemplo de pendenciero, polarizador, autoritario, rencoroso, etc.

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