El nuevo fiscal, hijo de Humberto, “Salustiano  Tapias”

El nuevo fiscal, hijo de Humberto, “Salustiano Tapias”

11 de julio del 2016

Tuve el privilegio de compilar la obra de Humberto Martínez Salcedo y publicar un libro para hacerle un homenaje al más grande humorista político del país, Humberto Martínez Salcedo, padre del nuevo fiscal, cada uno con su biografía y la del hijo está por escribirse.

Yo lo conocí bien. Compartí y departí en largas tertulias, tratando de aprenderle algo, cuando ya tenía éxitos abrumadores en su historia, en programas de radio como La Cantaleta, El Pereque, El Duende, La Tapa, El Corcho.

Su labor en la televisión colombiana la realizó como presentador, libretista y actor. En Especial se recuerdan sus programas de “Humor imposible”, “Notihumor”, y “Sábados Felices”, donde logró popularizar su mejor caricatura, “el maestro Salustiano Tapias”, personaje que le permitió encarnar en sus obras al colombiano común.

Martínez Salcedo fue el primer jefe de programación de la televisora nacional. Así mismo, en 1956 fundó la televisión educativa.

El humor como el sexo se despiertan a la hora de los pajaritos.

Cierta vez le pregunté a Humberto sobre “la fórmula” para escribir sus libretos…la hora, el estado de ánimo, el proceso de gestación de sus comentarios y obras de radio y televisión.

Comienzo a escribir de madrugada –me dijo- a la hora insólita de las dos o tres de la mañana, porque el humor como el amor solo pueden hacerse en piyama.

Uso máquinas eléctricas desde hace poco, cuando relegué mi vieja underwood de teclas volátiles, y para serle fiel a ésta no he podido dominar completamente la nueva.

Para el “maestro Salustiano”, la inspiración estaba en el lomo de sus libros, el café doméstico, la mirada de su perro goterero y el teléfono descolgado. Prefería la máquina vieja, la de museo “porque de los museos es de donde se sacan las ideas más frescas de Colombia”.

El placer de dictar

En los últimos días de su vida, estando pleno física y mentalmente, aunque con una mano enyesada tras un accidente automovilístico, debió recurrir a una secretaria, a quien dictaba sus libretos. Es más excitante, me comentó esa vez. No por motivaciones pecaminosas, menoscabadas por la mano enyesada, sino porque ella es como un auditorio que acompaña y responde.

Cuando se dicta humor es bueno hacerlo ante una secretaria que sonríe y explote en carcajadas cuando uno acaba de decir algo gracioso. “En cambio dictarle a una grabadora es tan insensible como una secretaria mineral. Es como contar chistes ingleses ante un auditorio de esquimales. Disfrutaré más dictándole a ese aparato cuando los japoneses de inventen una grabadora con sonrisa incorporada”.

Su obra inmensa

La obra literaria, humorística, política, musical, poética, de Martínez Salcedo, no solo es inmensa por su calidad sino por su cantidad. En su finca de Choachí, Cundinamarca, su familia me abrió las puertas de una habitación repleta de libretos (porque a todo le sacó copias), de notas, de renuncias y sanciones, de solicitudes para que le aumentaran el sueldo, de aplausos y reclamos.

La familia

Humberto tuvo una esposa paciente y aguantadora: primero con su profesión mal renumerada. Y segundo con su vida bohemia y sus perdidas habituales. La prolongación de sus tertulias, por noches y semanas, provocaron cierta vez que Doña Aleyda recibiera a su marido (porque siempre volvía y siempre lo recibía) con un aviso en la puerta de entrada: -“Se arrienda esta casa”.

Tuvo dos hijos, Néstor Humberto y Aleida, odontóloga. Martínez Salcedo no entendió nunca cómo su muchacho se metió en asuntos tan hartos y complicados, habiendo cómo ganarse la vida de manera menos tediosa.

Exagerador de exageraciones

Muchas figuras de nuestros altos mundos –el de la política, el de los negocios, el de la farándula, el del deporte- fueron víctimas de las sátiras y burlas de Martínez Salcedo, escribió Daniel Samper Pizano en el prólogo.

-“Trabajó caricaturas a partir de caricaturas: exageró exageraciones. Las unas fueron conjuradas por el propósito del autor. Las otras andan por ahí, comen, echan discursos, conceden entrevistas para la televisión, ofrecen cocteles, se postulan para academias y curules y no llegan a estar conscientes nunca de su caricaturesca condición”.

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