El obispo y yo

El obispo y yo

27 de octubre del 2016

Si Carlos Julio González es el segundo gobernador más popular del país y Rodrigo Lara Sánchez el sexto mejor alcalde, pongo en duda que yo sea el columnista más leído en el Huila, según Cifras y Conceptos, que nos puso a los tres en esos lugares.

No puede tener tanta admiración un gobernador que no ha hecho nada concreto y se ha limitado a hablar bonito, con un discurso dulzón y meloso, promesero, siempre pintando pajaritos, como en campaña. Acierta el que haya dicho que el arte de gobernar a los hombres consiste en nunca decir la verdad.

Desde aquí lo desafío a que resuma las dos o tres cosas que haya hecho en estos diez meses por el bien de la región. He intentado concretarlo con dirigentes empresariales y congresistas y todos coinciden en sus buenas maneras, pero nadie condensa un solo logro.

Lo del alcalde de Neiva provoca risa e irritación, en cualquier orden. La ciudad ha sido indulgente una y otra vez ante los continuos tropiezos y torpezas, cuando no deslices que no ha respondido satisfactoriamente como su responsabilidad en la tragedia del estadio y la desatinada gerencia de Empresas públicas, en manos más voluptuosas que inteligentes.

La gestión de los gobernantes se puede medir en resultados y también en percepciones. Algunos hechizan al público pero engañan. Otros resbalan por incompetentes y soberbios. Ambos le hacen daño enorme a la sociedad, sin que los metan a la cárcel ni detengan sus carreras políticas, porque –también se ha visto- los saqueadores perfeccionan su accionar para no dejar huella.

En el caso de los escritores y columnistas la cuestión es más relativa. “El artículo se hace con urgencia. En el artículo se lo juega uno todo, y ese torerismo del articulista es lo que más me sigue fascinando del oficio. El artículo es la gloria inmediata, también como la del torero”.

También opera el gusto por el lenguaje o la identidad política. Yo disfruto mucho leyendo al obispo de Neiva, Monseñor Froilán Casas, sin sermones soporíferos ni amonestaciones godas. Admiro su pluma y también su desparpajo cuando lo encuentro en todas las fiestas.

No me pierdo a Arguello ni a Yucumá. Tampoco a Vélez Jaramillo. Prefiero a los periodistas que a los políticos. No leo a Ana María Rincón porque sospecho que le hacen las columnas.

Aníbal Charry, muy ilustrado, pontifica en términos que no todos entienden. Hugo Cabrera se balancea entre el editorial y la cátedra empresarial. Julio Bahamón es pesado como su cuerpo. Julio César Triana pequeño.

Otros escriben según el sueldo o el jefe y defienden o atacan a dentelladas para justificar sus $3 millones que les paga la alcaldía.

Hay quienes sistemáticamente mencionan su pasado y el que lo hace –dice mi amigo Umbral- tiene una llaga abierta, la llaga enferma de los recuerdos, y por ahí se le va la vida y la memoria.

Los columnistas opinamos, denunciamos, alertamos sobre asuntos graves. Y hasta divertimos. Nos pueden leer o desechar. Lo que pasa con los gobernantes y políticos es que les pagamos entre todos para que sean honestos y eficientes. Y hay que vigilarlos, criticarlos, pedirles cuentas.

@artunduaga_

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