El ocaso

16 de julio del 2018

Por Miguel Gómez Martínez
migomahu@gmail.com.

El ocaso

Se acaba el gobierno Santos y, como sucede siempre, el ocaso del poder le llega a quienes se han beneficiado de él. Altos funcionarios empiezan a recoger sus efectos personales de los despachos públicos y buscan afanosamente la forma de maquillar sus gestiones en pomposos informes. Todos temen el espejo retrovisor donde salgan a flote sus errores, sus fallas y sus violaciones de las normas.

En medio de un mar de rumores, intrigas y traiciones transcurren estas semanas en las que lo peor de los seres humanos sale a flote. Los que han disfrutado el poder viven la angustia de un futuro sin los beneficios a los que están tan acostumbrados.

Saben que el desempleo los acosa y que puede pasar un largo tiempo sin poder regresar a lo que han tenido. Pero lo que sucede debajo es aún más revelador de la naturaleza humana. En cada institución toman importancia aquellos que durante ocho años han sido excluidos por no ser considerados como leales al régimen o amigos de los poderosos de turno. Después de las elecciones se pasean con una sonrisa que no pueden ocultar. Son amigos de alguien que es importante en el gobierno entrante. Se sienten blindados y protegidos. Hablan alto y se precian de tener mucho futuro en la institución. Reciben, con disimulado agrado, a todos los que quieren congraciarse con los que llegan. Tienen información que ellos consideran de alta fidelidad sobre los cambios que se avecinan.

Este ocaso de un gobierno es siempre algo deprimente. Los que ejercen el poder temporal se les olvida que, en los tiempos modernos de las democracias, siempre hay un fin. Muchos han abusado de las prerrogativas y de la función, dependiendo de su nivel de responsabilidad, jerarquía y mando.

Ellos eran los que mandaban y lo hacían sentir a los demás. Viudos del poder, tienen una mezcla extraña de amargura y temor. Ahora recuerdan que hay garantías legales que protegen al ciudadano y quieren acogerse a ellas. Están dispuestos a hacer valer sus derechos, lo que muchas veces les negaron a quienes solicitaban su atención cuando eran poderosos.

Este vals del fin de un régimen sucede en todos los sistemas y todos los países. No es una particularidad de Colombia. También en la muy civilizada Inglaterra hay algo de esto. Pero claro es más marcado mientras menos despolitizada sea la administración pública. En nuestro país el poder es un botín. Quien lo tiene debe usarlo y abusar de él.

El poder es siempre un elixir pasajero que marea y genera peligrosa adicción.

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