El oftalmólogo y las bandas bogotanas

5 de agosto del 2011

La semana pasada volví a denunciar en los Barrio Santa Cecilia y Cerro Norte, de la localidad de Usaquén, lo atemorizados que tienen ‘Los Pascuales’ y ‘Los Tarazona’ a la localidad. En Santa Cecilia, estaba con mi equipo al lado de un CAI, y simultáneamente un ‘campanero’  miraba con odio la cámara de una de […]

La semana pasada volví a denunciar en los Barrio Santa Cecilia y Cerro Norte, de la localidad de Usaquén, lo atemorizados que tienen ‘Los Pascuales’ y ‘Los Tarazona’ a la localidad. En Santa Cecilia, estaba con mi equipo al lado de un CAI, y simultáneamente un ‘campanero’  miraba con odio la cámara de una de las reporteras presentes en el lugar. Varios niños nos dijeron que la función de ese ‘campanero’ era avisarle a su jefe en una de las bandas, cuando veían algo que podían robar.

No solo los habitantes de Usaquén están atemorizados. La situación de los habitantes de Bosa, en el otro extremo de la ciudad, es aún más aterradora. Allí, bajo el alias de ‘don Camilo’, un hombre menor de cuarenta años controla las cuadras y las esquinas de una localidad en que diariamente hay enfrentamientos por cuenta de las redes del microtráfico y el narcomenudeo. La droga es el pan de cada día. Las guerras son al mejor estilo de los noventas sino que, en este caso, no mueren líderes políticos sino ciudadanos comunes y corrientes, anónimos ante los medios, sin apellidos reconocidos, casi invisibles. Personas de todas las edades, ante todo hombres, han sido víctimas de quienes ejercen la violencia contra Bosa y se dan plomo por cuenta del control territorial.

No entiendo a la secretaria de gobierno Mariela Barragán, cuando dice que en Bogotá no hay bandas criminales. ¿Acaso no se puede considerar que, otras que operan en Bosa también, como el Ejercito Revolucionario Anticomunista y la que –según los ciudadanos—es la sede Bogotá de la Oficina de Envigado, también lo son?

La misma pregunta puede hacerse para Kennedy, donde operan las bandas de los ‘Pocholos’, los ‘Guahibos’ y los ‘Chocolates’. Estas organizaciones criminales tienen atemorizados a los sectores Patio Bonito I y II, y sus vendettas han llegado incluso a cobrar víctimas infantiles, tal y como sucedió hace poco, cuando fue asesinado un bebé de ocho meses. En Suba, ‘Los Fresas’ llenan de pánico a la población. Y lo mismo hacen con los comerciantes de Corabastos quienes trafican con armas detrás de la central.

Lo primero que hay que hacer para solucionar un problema es reconocerlo. Pocos han sido tan comprometidos con Bogotá, como el general Oscar Naranjo. De él no es la ceguera. Es de las autoridades distritales del Polo Democrático que tienen los ojos vendados ante una realidad aterradora que se vive en las calles, en los barrios.

Después de reconocer que en la ciudad hay bandas criminales, es fundamental tomar cinco decisiones para desactivarlas: primero, aplicar la figura de la extinción de dominio a los inmuebles donde éstas operan; segundo, aumentar las penas para los delitos menores y contra el patrimonio y, tercero, proveer más recursos nacionales y distritales para fortalecer la inteligencia policial en Bogotá; cuarto, promover la jornada única escolar para tener niños y adolescentes aislados del pandillismo y las redes del microtràfico y quinto, promover políticas efectivas y no asistencialistas de uso del tiempo libre.

No puede ser que los ciudadanos sean tan superdotados como para ver lo que las autoridades del Polo no ven. O que la alcaldesa Clara López y su Secretaria de Gobierno tengan tantos problemas de visión como para no ver lo que ante los ojos de todos pasa.

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