El partido republicano y el efecto invernadero

22 de mayo del 2011

Nadie se dio por enterado –ni siquiera los aspirantes­–, pero mayo marcó el punto de partida de la campaña política que determinará el candidato presidencial del Partido Republicano para las elecciones del 2012. Aunque en teoría debían celebrarse los dos primeros debates entre los precandidatos de este partido, apenas se pudo realizar uno, por física sustracción de materia –no había suficientes candidatos–, y el otro terminó siendo un evento edulcorado, que no contó con la asistencia de los favoritos.

Y es que la estrategia prevaleciente entre los aspirantes republicanos ha sido retrasar lo máximo posible el anuncio de sus candidaturas. De hecho, en el debate que sí se celebró, el que organizó la cadena de noticias por cable Fox el 5 de mayo, en Greenville, Carolina del Sur, lo más llamativo no fueron las propuestas que se escucharon ni los toma y dame entre los precandidatos, sino las grandes ausencias, como la del exgobernador de Massachussets Mitt Romney, o la del exgobernador de Arkansas Mike Huckabee, o la de la exgobernadora de Alaska Sarah Palin. Y eso que los dos últimos son empleados de la Fox, donde Palin funge como comentarista y Huckabee tiene un programa que se emite los sábados en la noche.

En total, cinco precandidatos comparecieron aquel jueves en el hotel Hyatt de Greenville, en lo que resultó uno de los acontecimientos más intrascendentes del calendario político. Sería un verdadero milagro que alguno de ellos –el senador por Texas Ron Paul, o el excongresista de Pensilanya Rick Santorum, o el expresidente de las pizzerías Godfather Herman Cain, o el exgobernador de Minnesota Tim Pawlenty, o el exgobernador de Nuevo México Gary Johnson– ganara las primarias republicanas.

De cualquier forma, las mediciones de Fox dieron como ganador del debate al empresario Herman Cain, el único afroamericano del grupo. Cain es un virtual desconocido en el ámbito nacional (apenas un cuarto de los votantes republicanos identifica su nombre), que nunca ha sido elegido a un cargo de votación popular. Al ser preguntado por su casi absoluta inexperiencia política, Cain la esgrimió como un argumento más para confiar en él: “¿Cómo nos ha ido enviando a Washington a gente que ya ha sido elegida anteriormente? ¿Por qué no poner en la Casa Blanca a alguien que sepa resolver problemas?” El auditorio le propinó una tanda de aplausos.

Por su parte, el libertario Ron Paul, una de las figuras más queridas por el Tea Party, hizo gala de su consecuencia ideológica al manifestar su oposición a la guerra contra las drogas. “Es asombrosos cómo hablamos de libertad para elegir a nuestros gobernantes, pero no para determinar nuestros hábitos personales”, señaló Paul, en una reflexión tan coherente como descabellada, teniendo en cuenta el estado de las cosas al interior del partido republicano.

¿Cuál es ese estado de las cosas en el llamado Grand Old Party? Más allá de anécdotas y estrategias, la oposición vive bajo una especie de efecto invernadero, propiciado por la insurrección de sus facciones más conservadoras. Se ha sedimentado una densa capa ideológica alrededor de las toldas republicanas, que las aísla del mundo exterior, y obliga a sus líderes a adoptar posturas cada vez más extremas, que no se compadecen con la realidad.

Hoy en día, por ejemplo, para un candidato del partido Republicano creer en la evolución, y expresarlo públicamente, equivale a un suicidio político. Los más moderados rehuyen el tema mientras que los que profesan la verdadera fe afirman categóricamente que es una patraña. En ambos casos, los políticos tendrán que estar a favor de que en los colegios se enseñe tanto la evolución como el ‘intelligent design’ (diseño inteligente), el término acuñado por los evangélicos cristianos para impregnar de sofisticación la interpretación literal la biblia. “Al fin y al cabo, una teoría tiene tanta validez como la otra”, hay que decir.

Otro asunto que es criptonita pura para los republicanos es el calentamiento global. “La evidencia no es concluyente”, “existen dudas”,  “siempre ha habido ciclos climáticos”, y, en todo caso, “no está claro que sea el hombre quien lo produzca”. ¿El consenso de la comunidad científica? No hay tal, dicen. Al parecer, se trata de una conspiración orquestada por la izquierda internacional.

De hecho, todo lo que tenga que ver con la ciencia o la academia es considerado con suspicacia, como una manifestación del elitismo de las clases liberales, de las cuales los medios de comunicación son fieles representantes. Mejor que la información o la educación son el sentido común o el instinto. El que piensa pierde y, además, las repuestas a todo están en la biblia.

Por cuenta del efecto invernadero los republicanos creen firmemente que los déficits fiscales se resuelven bajando los impuestos, especialmente los de los más ricos, y que el gasto público se debe reducir drásticamente, pero sin tocar el presupuesto militar.

Al interior del ecosistema republicano es posible creer en el liberalismo económico y al mismo tiempo profesar el intervencionismo social. El matrimonio sólo es posible entre un hombre y una mujer. Los aparatos reproductivos de la mujer son sujetos de jurisprudencia constitucional. Hay que reintroducir las oraciones religiosas en los colegios públicos y los crucifijos al aula de clases.

El problema para el GOP es que todo el país no vive en esta realidad paralela. Si ganar la aprobación de su electorado significa sostener en público muchas de estas cosas, entonces su suerte está echada en una elecciones generales. Además, en el invernadero florecen personajes como Donald Trump o Sarah Palin, en detrimento de otras especies, que enfrentan la encrucijada de adaptarse o desaparecer.

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