El pobre Joe

12 de abril del 2011

Joseph tenía su perfil en Jdate, mi ex sitio favorito para conseguir marrano cuando vivía en New York, más sola que una ostra. Su perfil decía que era judío, hijo de padres españoles y tenía 51 años. Sin embargo no había puesto foto, cosa que siempre es motivo de desconfianza. Cuando por fin me la mandó, lo mostraba jugando golf, lo que me convenció de conocerlo: todos los golfistas tienen dinero.

En el primer momento sentí una gran atracción. Pero Joseph, como le gustaba que lo llamara, se apellidaba López y su madre era española, católica. En alguna rama perdida de su árbol genealógico podría haber un marrano, un judío converso de la época de la Inquisición, pero Joseph definitivamente no lo era. Sus intereses en la vida eran el sexo, el cigarrillo, la marihuana, que lo llamaran Joseph en lugar de Joe y ver repeticiones de LA Law y CSI en mi televisión, en ese orden.

Según el, era banquero de inversión, vivía en un pueblo de New Jersey y dizque tenía una oficina en New York. Pronto descubrí que dicha oficina era mi apartamento. Había sido socio de Ernst & Young, la firma consultora, pero en un arranque de ira había renunciado hacía más de quince años, y nunca más volvió a levantar cabeza. Joseph se dedicaba a tratar de hacer negocios que siempre salían chimbos. Un día salió con el cuento de que Hugo Chávez estaba vendiendo Citgo, la cadena de gasolineras en Estados Unidos, y que yo tenía que hablar con Álvaro Uribe, para que el a su vez hablara con Chávez, para que nos dieran el negocio a nosotros. Pendejadas así.

Decía que estaba separado pero en un raro momento de sinceridad me confesó que había vuelto con su esposa que trabajaba como contadora, porque el estaba al punto de la segunda quiebra. No me molestó realmente porque aparentemente no tenía relaciones con su esposa y yo ya no esperaba nada de él. Ella, como todos los demás, lo llamaba Joe.

Pronto Joseph empezó a venir a mi apartamento en el Upper East Side de Manhattan todos los días. Metía marihuana y cigarrillo a toda hora. Llegaba a mi apartamento por la tarde y se zampaba en mi cama a ver televisión. Yo trataba de trabajar en la sala, pero el se impacientaba y hacia las cinco de la tarde tenía que acabar mi jornada frente al computador y hacerle compañía a un adicto al sexo y a la marihuana.

En un momento de debilidad decidimos hacer negocios juntos en una firma llamada Kertzman López, compañía que afortunadamente nunca arrancó. Pero esa fue la disculpa para que Joseph trajera un viejo computador a mi apartamento y dizque se sentara a trabajar, mientras yo trataba de escribir mi libro “Soltaron los perros” en 2008.

Empecé a descubrir más mentiras. Pagando en Intelius.com para conocer su pasado vi que había tenido una quiebra y le había quedado debiendo dinero a todo el mundo, incluido el jardinero. Por eso tenía solo una tarjeta débito con cupo de quinientos dólares que estaba al tope todo el tiempo. Las raras veces que salíamos y el trataba de pagar, se la rechazaban. En el computador había fotos de su casa con los techos caídos por la humedad, paredes despintadas, muebles raídos y colchones sin sábanas.

Me dediqué a desenredar el resto del misterio. Ya Joseph había confesado que tenía 62 años en lugar de 51. Su hija mayor, de la que el decía había tenido sin casarse, resultó ser hija de un primer matrimonio. Había sido alcohólico, había tenido un lío de faldas en Ernest & Young y por eso había salido. Había estado en la cárcel por conducir borracho.

Instalé en su computador un programa que reproduce todos los pantallazos. Cuando el se iba a su casa, normalmente a las once de la noche, yo saltaba al computador a ver que había de nuevo. Tenía cinco direcciones de email diferentes y suscripciones a cuatro sitios de citas para aquellos que sólo buscan sexo. Tenía otra novia -la pobre tenía lupus- a la que no visitaba desde que andaba conmigo pero no le había dicho la verdad. En su correo todos los días, sin falta, había respuestas de mujeres mandándole fotos a las que el había tratado de levantar el día anterior. A todas les escribía una cita tomada de “Lo que el viento se llevó”: “Deseo cubrirte de besos y que seas mía”. En general las respuestas de estas mujeres eran destempladas y las fotos que mandaban eran asquerosas, gordas en pelota, un seno al aire, una vista en primer plano del trasero. Incluso había mensajes de los administradores de los websites por quejas de  estas mujeres.

En mi soledad yo aguantaba todo, pero tuve que decirle que viniera a las 8 de la noche para poder acabar mi libro. No podía escribir con él rondándome a ver cuando me iba a meter a la cama. Traté de botarlo varias veces, sobre todo sabiendo que era adicto al sexo, no podía dejar de buscar mujeres en internet y no había dejado completamente a la novia con lupus. Pero el seguía pegado de su novia judía con apartamento en Manhattan.

Por fin, las circunstancias se dieron para que yo volviera a Atlanta. Pensé que le iba a dar muy duro mi partida, me sentía mal por él, pero yo estaba feliz de liberarme. No lo había dejado antes por miedo a la soledad. Joseph me llevó al aeropuerto. Apenas tuve tiempo de despedirme. No veía la hora de salir corriendo. Nunca más hablamos ni nos comunicamos por e-mail. No me arrepiento de lo que hice, pero cada día me convenzo más que el tipo sólo era un pobre guevón.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO