El poder del mal ejemplo

19 de agosto del 2011

El  Bolillo Gómez fija nuestro parámetro ético como sociedad. Los hechos no son cuestionados: en un lugar público, fuera de control por el abuso de alcohol un hombre golpea a una mujer delante de varios testigos. La ley es clara el respecto y la sanción también. Adicionalmente se trata de una figura pública cuyos actos […]

El  Bolillo Gómez fija nuestro parámetro ético como sociedad. Los hechos no son cuestionados: en un lugar público, fuera de control por el abuso de alcohol un hombre golpea a una mujer delante de varios testigos. La ley es clara el respecto y la sanción también. Adicionalmente se trata de una figura pública cuyos actos tienen valor de ejemplo social.

En cualquier otro país, el tema se habría resuelto rápidamente. El hombre público habría asumido su responsabilidad y renunciado, debería enfrentar las consecuencias legales y de esa forma marcaría el tono moral de aquello que es reprobable.

Pero no en Colombia donde la confusión ética es permanente. Este es un país con sanciones simbólicas o inexistentes. Sólo así se explica que el 92 por ciento de los delitos permanezcan impunes. Cuando por fin metemos a alguien significativo a la cárcel lo hacemos en un pabellón especial, con comodidades que no tienen los demás presos y siempre velando porque el castigo sea lo menor posible. Esto no es sinónimo de nuestro humanismo pues los presos comunes purgan sus penas en condiciones que violan todos sus derechos. Es señal de nuestra tolerancia contra el delito que tiene postrada a la sociedad. El mensaje que enviamos es el de exaltar el mal ejemplo y dejar que el culpable se salga con la suya. Por eso tenemos los índices de criminalidad disparados y a todos los niveles prolifera la corrupción, desde el policía de tránsito hasta los más encopetados funcionarios estatales.

Volviendo al Bolillo, en lugar de hacer de su caso un ejemplo de lo que no debe ocurrir, se ha iniciado una campaña nacional para perdonarlo y justificarlo. Lo más triste es que muchas mujeres- inclusive senadoras- consideran que es “normal” que les peguen y no ven por qué el Bolillo debe ser castigado ejemplarmente si sus maridos no lo son. Argumentan las defensoras del Bolillo que la maltratada no lo demandó pues sabe que es culpable y que merecía la paliza.

Más triste aún es que los directivos del fútbol consideren que se le haría un gran daño al fútbol nacional si el Bolillo es retirado de la Selección. Más daño le hace al país tener como símbolo de su Selección a un cobarde maltratador de mujeres que es además un mediocre técnico con mediocres resultados. La Federación debería pensar que, en cualquier lugar donde se presente el equipo nacional, habrá piquetes de mujeres que con justa razón protestarán por la presencia del técnico maltratador. Con gran descaro, los rosqueros directores del fútbol ofrecen que el Bolillo encabezaría una campaña por el respeto a las mujeres a cambio de quedarse como técnico. ¡Nada de eso! Tiene que irse, responder ante la ley y además encabezar la cruzada por el respeto de las mujeres.

Es tan grave la crisis moral de esta sociedad que ni los anunciantes se preocupan por lo ocurrido. En otras partes del mundo, las empresas no quieren ver su nombre asociado con conductas éticamente cuestionadas. Fue el caso de los anunciantes de Tiger Woods o de la casa de modas Christian Dior salpicada por las inaceptables expresiones de su diseñador John Galliano. A prueba están con este caso sus códigos éticos. Veremos si son sólo palabras escritas o si las empresas realmente están comprometidas con una sociedad mejor donde por lo menos respetemos a las mujeres.

Una frase muy sabia dice: “el ejemplo no es una forma de educar; es la única forma de educar”. En el mismo sentido, dejar que cunda el mal ejemplo es la mejor forma de romper los cimientos de una sociedad postrada por la violencia y la impunidad.

Profesor del CESA.

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