Se me sube a la cabeza

26 de enero del 2015

“Un poderímetro para medir la intoxicación que tiene una persona manejando el poder”.

Manejar el poder es más difícil que manejar un carro con unas cuantas copas encima y de pronto más peligroso. Así como está de moda aplicar el alcoholímetro para detectar el nivel de alcohol en la sangre, debería establecerse un poderímetro para medir el grado de intoxicación que tiene una persona manejando el poder. Y cuando sobrepase el nivel adecuado para dirigir o ejercer un oficio, habría que obligarla a renunciar o al menos apartarla de su posición hasta que la embriaguez se le pase.

Hemos visto numerosos casos tanto en Colombia como en el exterior, de gobernantes borrachos de gloria, poseídos por ese espíritu indómito que aparece sólo en las alturas. Los resultados de esas gestiones han sido bochornosos, por decir lo menos, cuando no francamente dañinos y peligrosos. A nivel internacional habría que recordar a Berlusconi o al actual dictadorcito de Corea del Norte, o al torpe Nicolás o a todos los tiranos del Medio Oriente.

Pero no es necesario salir de nuestras fronteras para encontrar casos igual de complicados, así no manejen ni siquiera una milésima parte del poder de esos obnubilados

Muestras de borracheras de poder tenemos en la capital por montones. Tuvimos a los hermanos Moreno, tan perdidos en su “juma” que se dedicaron a saquear las arcas de la ciudad sin pensar siquiera en mantener las apariencias. Robaban y robaban convencidos, como buenos borrachos, que nadie iba a notar su mal comportamiento.

Se emborrachó de poder, por supuesto, la cúpula del Uribismo que en ocho años de gobierno intentó actuar sin control alguno y ahora cuando los llaman  a responder se enojan y se largan dando un portazo, dizque porque no les brindan garantías.

Para colmo de males esta racha de embriaguez ha alcanzado a los todopoderosos órganos de control que, como buenos borrachos, se creen infalibles, no hay forma de callarlos en sus irresponsables juicios de valor. Fiscal, Procurador y hasta hace poco también la Contralora viven obnubilados, endiosados gracias al poder de sus presupuestos y nóminas gigantescas. Levitan en medio de un séquito de micrófonos aduladores y guardaespaldas acuciosos, sin responder por los desaciertos de sus actos hasta poner en riesgo la credibilidad e institucionalidad de sus entidades.

Ya se ha criticado muchísimo la soberbia del Procurador; tanto que parece haber finalmente entendido que la borrachera le estaba costando caro y bajó un poco la cerviz, en especial después de perder el pulso con otro borrachito de poder como es Gustavo Petro.

También se ha criticado suficiente a la Contralora y ahora que es una mujer cualquiera viviendo en un país ajeno, parece que se le ha pasado la intoxicación de poder.

En cambio el señor Fiscal Montealegre está totalmente embriagado de poder. Cada día de por medio sale a hacer espectáculos bochornosos y exhibe su poderío sin ningún tapujo ético o estético. Como en el versito de los borrachos “que sabrosa, la cerveza, se me sube a la cabeza…” él diría “Que sabrosa Fiscalía, se me sube la valía”.

En su posición, el Fiscal confunde atribuciones con arbitrariedades y nos embolata con el cuento de que el sistema penal acusatorio lo autoriza a tomar partido. Pues no me lo creo. Lo que tiene que hacer no es juzgar sino investigar con rigor, basado en pruebas sólidas, legítimamente conseguidas, no en subjetividades o negociaciones para hundir o absolver de acuerdo a gustos o antipatías. Por el bien de la justicia, ojalá el doctor Montealegre se tome pronto un alka Seltzer y se le pase la embriaguez.

www.margaritalondono.com

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