El póker de la paz

21 de septiembre del 2012

Los astros están con el presidente Juan Manuel Santos. Así  sus intenciones pacificadoras hayan sido reemplazadas por una vocación pacifista que hasta ahora nadie le conocía. Lo que no se puede negar es que como gran jugador de póker le apostó a la carta de la paz y no tiene nada de raro que la […]

Los astros están con el presidente Juan Manuel Santos. Así  sus intenciones pacificadoras hayan sido reemplazadas por una vocación pacifista que hasta ahora nadie le conocía. Lo que no se puede negar es que como gran jugador de póker le apostó a la carta de la paz y no tiene nada de raro que la salga ganadora. Qué importa a estas alturas si fue uribista, o si compartía sueños con  José Obdulio Gaviria, o si pensaba como Plinio Apuleyo Mendoza, o si sentía como el general Rito Alejo, o si concebía el mundo de la democracia como Fernando Londoño Hoyos. Por lo que quiere hoy Santos y por lo que se la va jugar en paro se le perdona ese pasado poco decoroso.

Menos va a importar la monserga de que la carta de la paz era un as bajo la manga que sacó cuando vio su popularidad en preocupantes índices de disminución, entre otras porque hasta los alternativos, izquierdistas e inconformes de Pido la Palabra fueron sorprendidos con que las conversaciones venían de atrás y no eran ni mucho menos improvisaciones. Hasta el punto que de una u otra manera les robó el protagonismo pacifista y democrático. Además la tan defenestrada por la derecha Ley de Justicia y Paz  indica que ese proyecto se venía gestando y que lo que no tenía era mucha credibilidad. Porque en honor a la verdad nadie veía posible que el mismísimo Ministro de Defensa que se metió a Ecuador a dar de baja a Raúl Reyes estuviera pensando en la paz con las Farc.

Ni siquiera el hecho de que Santos hubiera hecho cada vez más deslinde con el expresidente Álvaro Uribe daba para pensar que esa idea estuviera en la agenda presidencial. En el mejor de los casos se le daba la razón a Daniel Coronell cuando vaticinó que Santos traicionaría a Uribe. Y que hoy se diga desde el gobierno que se reconoce el conflicto que se desconocía en coro en el gabinete de Uribe llega al colmo de escandalizar no solo a los derechistas, los halcones del Ejército sino hasta a su primo Pachito Santos que había montado su  trinchera radial para continuar con la arenga uribista desde los micrófonos de RCN.

Pero si dejamos los santos quietos y miramos la realpolitik, es claro que  hoy el presidente tiene la sartén por el mango y su apuesta por la paz tiene más viabilidad que nunca. La guerrilla, quiérase o no, está derrotada políticamente y disminuida militarmente. Y ese mérito empieza en Andrés Pastrana que a pesar de lo desprestigiado de su proceso de paz logró deslegitimar a las Farc tanto nacional como internacionalmente. Y sigue con Uribe y su Ministro de Defensa que los disminuyeron sustancialmente en lo militar.

No tiene sentido aferrarse ni desde las Farc, ni desde la extrema derecha enemiga de “las condiciones” para intentar anteponer el árbol de la no derrota militar con la idea de tapar el bosque de la derrota política. Además, el Ejército ha propinado certeros golpes a las guerrillas de las Farc que la han debilitado en el terreno estrictamente militar. Y no hay que llamarse a engaños. No porque mantenga su capacidad terrorista significa que las Farc estén fortalecidas militarmente. Justamente el terrorismo es la muestra de desesperación ante la incapacidad de avanzar en una guerra regular militar y políticamente.

Y sin triunfalismos hay que reconocer que por el camino que iban las Farc no llegaban a ningún puerto, por lo menos político o de triunfo militar para la toma del poder.  Por ese sendero llegaban al despeñadero de la lumpenización total por los efectos del narcotráfico y por el de la desmoralización como proyecto político. Ese es tal vez el acierto fundamental de los estrategas de la paz en el marco de la seguridad que asesoran a Santos. El haberse centrado en la condición política más que en la situación militar de su enemigo. Esa madurez política que combinaba la eficiencia militar con la inteligencia desde una perspectiva de seguridad más que de victoria fue la que permitió que no se resbalaran por la agenda propagandística que no era otra cosa que actuar en la agenda de las Farc.

Pero el juego apenas comienza y todavía hay espacio para cañar. Cada uno puede tratar de debilitar a su contrario desde el nivel del efectismo de la presencia mediática. Pero el tema grueso está en las mesas, cuando haya que negociar y ambos saquen sus cartas principales. Cuando la retórica de la paz como simple sometimiento por una parte o una especie de revolución por decreto por la otra, le dejen el espacio a la salida sobre la representación política de las Farc y la renuncia de hecho de la guerrilla tanto al secuestro como a cualquier actividad ligada con el narcotráfico. Cuando las exigencias aparentemente sociales de la guerrilla no sirvan de pretexto para no abordar el tema de los crímenes de lesa humanidad y cuando la arrogancia del poder supere la talanquera de ignorar que una paz cierta necesariamente requiere cierto grado de impunidad, si se quiere tener puntos de acuerdo.

Lo que sigue es un imperativo de seriedad de parte y parte para que se depongan, primero que todo, los partes de victoria mediática que inevitablemente resultarán pírricos para quien los use. Y sólo así pueda fluir la nuez de la solución del conflicto que implica cuánto de impunidad se puede ceder a cambio de un compromiso real de entregar las armas, a partir de reconocer que ninguno quiere pasar a la historia como vencido y ambos quieren pasar la factura como vencedores. Pero Santos sí tiene además una magnífica oportunidad para trascender. Si a la par de los diálogos de Oslo, al calor de la democracia que reverdece y comienza a respirarse, se propone un diálogo social con las organizaciones sociales, las Ong, los gremios de trabajadores, en fin, con las víctimas finales del conflicto. Así los que piden la palabra se convertirán en los principales soportes sostenibles de lo que se firme en Oslo y La Habana.

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