El precio de una mala decisión

17 de agosto del 2011

Magolita la azafata ha vivido muchas cosas durante sus vuelos, algunas graciosas, otras bonitas,  unas agradables, otras triviales y rutinarias, y desafortunadamente algunas negativas. Pero según me contó en un galley, uno de los vuelos que le dejó una de las mayores lecciones de su vida, fue un viaje de Bogotá a Miami.   El […]

Magolita la azafata ha vivido muchas cosas durante sus vuelos, algunas graciosas, otras bonitas,  unas agradables, otras triviales y rutinarias, y desafortunadamente algunas negativas. Pero según me contó en un galley, uno de los vuelos que le dejó una de las mayores lecciones de su vida, fue un viaje de Bogotá a Miami.

El pasajero de la silla 14c en la cabina principal era un tipo de unos 30 años, vestido con una chaqueta de cuero, camiseta y “blue jeans” de marca, zapatos tenis de moda, nada fuera de lo normal, un pasajero más de los miles que vemos en un mes cualquiera. Después del almuerzo y una cerveza, el hombre hizo la fila al baño pacientemente sin mostrar ningún tipo de inquietud o angustia. Esto es lo único que Magolita recuerda del tipo durante el viaje.

Nada en la apariencia del muchacho indicaba que una vez aterrizados y al dar un par de pasos fuera del avión en el puente de desembarque, se iba a colapsar frente al personal de la aerolínea.

Siguiendo el procedimiento indicado en estos casos, se llamó al departamento de seguridad, quienes mandaron un médico. Mientras esperaban, alrededor del hombre se aglomeraron tripulantes, personal de seguridad y agentes de inmigración del aeropuerto además de todos los pasajeros curiosos que bajaban del avión.

Siguiendo su instinto de azafata al ver que nadie reaccionaba, Magolita colocó al hombre boca arriba y le puso una cobija debajo de la cabeza. Totalmente aletargado, el tipo botaba baba espesa por la boca y daba gemidos al tiempo que se agarraba el estómago y se doblaba por el dolor. Magolita notó que al enfermo le costaba trabajo respirar y le pidió a uno de los azafatos presentes que fuera por una botella de oxígeno del avión. En unos segundos ya tenía el oxígeno listo para usarlo pero uno de los agentes presentes, de manera fría y sin mayor expresión en la cara o en el tono de la voz, le indicó que no tocara al enfermo.

–Este hombre necesita oxígeno.— Le dijo Magolita.

–Mírele los ojos—Le dijo el agente señalándole al hombre en el piso.

Al mirarle los ojos, Magolita notó que tenía las pupilas totalmente dilatadas y que estaban inexpresivos y vidriosos.

–Ese tipo se va a morir, no hay nada que nosotros podamos hacer. — Dijo el agente-

–¿Cómo sabe?— preguntó Magolita, incapaz de aceptar que no había nada que hacer por ese hombre, que aunque se veía que ya no tenía fuerzas ni para gemir, estaba vivo.

–Esto lo he visto muchas veces. Se le reventó una bolsa de droga en el estómago—dijo el agente haciendo un  gesto de impotencia con los hombros.

–¿Qué?– No puede ser. Si el comió y se tomó una cerveza abordo.

–La droga le está carcomiendo las entrañas, se va a morir y es mejor dejar que llegue el médico, nosotros no podemos hacer nada. —

Magolita le puso el oxígeno.

En esas llegaron los paramédicos, quienes acompañados por agentes de inmigración pusieron al moribundo en una camilla. Lo metieron en una ambulancia y se lo llevaron.

La aerolínea tiene como política dar asesoría psicológica al personal que interviene en una de estas situaciones y por lo general no informan el desenlace de la situación, pero Magolita por medio de sus contactos personales supo que el hombre había llegado muerto al hospital.  El agente tenía razón, el pasajero llevaba en el estómago heroína que pretendía entrar a los Estados Unidos.  Un iluso más, de tantos que creen que pueden ganar dinero fácilmente.

Como dijo Rigoberto cuando ella nos contó la historia “El precio de meterse con drogas ilegales es demasiado alto, y tenga la seguridad que alguien, ya sea el narco, el ciudadano, el consumidor o la mula, alguien siempre va a pagar…de una forma u otra”.

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