El príncipe de las cucarachas en N.Y.

11 de marzo del 2011

En los ocho años que llevo viviendo en Nueva York, en Manhattan, he vivido en el Upper East Side. En Queens, he vivido en Astoria. Y en Brooklyn he vivido en Flatbush, Williamsburg, Bushwick, Prospect Park South, Carroll Gardens y Bed-Stuy. Me he mudado quince veces, a quince apartamentos diferentes, donde he vivido en cuartos, salas, estudios y cabinas de sonido, con compañeros, amantes, amigos y enemigos.

Hay muchas formas de firmar lo que acá llaman un lease, que es el contrato de arrendamiento. En la mayoría de los casos le hacen a uno un estudio de crédito, que con pagar todas las cuentas a tiempo debería alcanzar para tener resultados satisfactorios. En otros casos, se logra con un depósito de tres o más meses de renta, o con extractos de una cuenta bancaria generosa. Siendo así de fácil probar que uno pagará a tiempo la renta, lo difícil es encontrar un lugar decente.

En primer lugar, como en cualquier parte del planeta, uno busca entre sus amigos, quién está desocupando un cuarto, quién esta buscando apartamento, etc. Y así como acá somos todos nómadas, cuando alguien encuentra algo bueno se agarra de eso con las uñas y no hay quien lo mueva. Así es que uno termina en el sitio web de clasificados Craigslist, y aunque yo no creo en Dios, cada vez que llego a ese website, repito mentalmente las bendiciones de mi mamá, esperando no caer en las garras del Craigslist Killer.

Hay cosas que uno considera sospechosas, como que un hombre de 45 ofrezca un cuarto amoblado a cambio de limpieza y ayudas varias. ¿Ayudas varias? Eso para mi es señal de peligro y deja ser ser, inmediatamente, una opción. Pero para una mujer de 27 años de Wisconsin esto no fue tan claro, y se vino desde allá a East Williamsburg a vivir en un apartamento donde le habían ofrecido una habitación amoblada gratis, a cambio de cocinar y limpiar. Cuando llegó a Nueva York el hombre la recogió en el aeropuerto y cuando llegaron a la casa él le dijo que ella debía ser su esclava sexual. La encadenó y la violó durante ocho días. Hay que usar el sentido común, eso es todo.

Pero hay casos en los que a simple vista todo parece perfecto, y es ahí cuando este asunto se vuelve riesgoso y hasta peligroso.

Durante un tiempo mis experiencias fueron frustrantes pero manejables. Se me han comido el mercado, han tomado mi leche del pico de la botella, han dejado de pagarme su porcentaje de la cuenta de la luz durante meses, me han despertado con reggaeton a las 3 de la mañana,  se me ha metido el gato al cuarto a dormir conmigo en la cama, he tenido goteras cayendo sobre mi colchón, he tenido un ratón, me he quedado sin agua caliente durante el invierno, me han tocado personas que no saben cerrar las puertas sin golpearlas, personas que no lavan el baño cuando es su turno, personas que no lavan sus platos sucios y personas que pierden sus llaves y me despiertan a las 5 de la mañana de un martes para que les abra la puerta porque han llegado borrachos. Hasta el momento, insisto, es manejable.

En Septiembre del 2009 mi novia y yo decidimos separarnos y yo salí a buscar apartamento mientras sufría de un disco herniado que me había causado ciática. No lograba moverme sin un bastón, me dolía terriblemente cuando me quedaba quieta, cuando caminaba, cuando me acostaba y cuando me sentaba. El dolor no se iba con nada, ni con 40 miligramos de oxicodona. Mientras contaba los días para una cirugía en la espalda, hice dos citas para ver dos cuartos. El primero era en el Bronx, y el segundo en Prospect Park South, en Brooklyn, con más de una hora de distancia entre ambos lugares.

El cuarto del Bronx era en un apartamento en el quinto piso de un edificio muy viejo sobre una calle llena de tiendas dominicanas y boricuas con sus respectivas músicas isleñas. La dueña era una flaca rusa, de pelo rubio decolorado, mucho más bajita que yo. Abrió la puerta y me ladró que me quitara los zapatos. Me explicó que la explosión de ropa sobre toda la sala se debía a que acababa de llegar de viaje y todavía se estaba organizando. Estaba de pésimo humor y no quiso que me sentara sobre la cama para probar el colchón, o que abriera la ventana para ver qué había del otro lado de unos vidrios hediondos de mugre que no dejaba pasar la luz. Salí de ahí casi corriendo hacia mi segunda y última cita del día en Brooklyn.

El segundo anuncio de Craigslist decía que buscaban a alguien de origen Japonés o a quien le interesara la cultura Japonesa. A mí me encanta el sushi, el Ukiyo-e, el origami, Haruki Murakami y Takashi Murakami. Todavía colecciono lápices de Hello Kitty, me encanta Pizzicato Five, me muero con Yoshimoto Nara y entregaría mis modestos ahorros a cambio de una noche con los hermanos Steve y Devon Aoki. Todo lo que indica que tengo una fuerte veta Japonesa, así que supuse que nos llevaríamos bien.

Koji era un actor frustrado de treinta y pocos años que se ganaba la vida como mesero. Había llegado de Osaka hacía dos años y había conocido a la dueña del apartamento en una peluquería hacía poco más de un año. La mujer, también japonesa, le alquilaba este apartamento gigante de tres cuartos, él los rentaba todos y había organizado su cuarto en la sala. Lo tenía ordenado, con pocas cosas y limpio, sin puerta o cortina. Los otros dos cuartos eran ocupados por Hideki, un restaurador de muebles de veinti-pocos años y Michio un experto origamista de casi treinta, ambos de Tokyo. El cuarto que rentaban era enorme, tenía dos ventanas gigantes que lo llenaban de luz y quedaba pegado al baño y frente a la puerta del apartamento. El edificio quedaba frente a unas canchas de tenis que hacen parte de Prospect Park, que es, después de Central Park, el segundo parque más grande de Nueva York. El barrio era espectacular por la cantidad de árboles y plantas, y el subway, super-mercado y lavandería quedaban a menos de dos cuadras.

Era perfecto, y yo no me soportaba el dolor en la pierna, me dolía desde la espalda baja hasta el dedo chiquito del pie. Ya era de noche, y el dolor empezó a empeorar en cuestión de segundos así que pasé por la cocina y el baño sin prestar mucha atención. La cocina estaba bien, no brillaba, pero se veía decente. El baño estaba asqueroso, pero Koji dijo que él lo limpiaría para cuando yo me mudara, y yo no tuve más remedio que creerle. No hubo ningún tipo de contrato, lo haríamos mes a mes. Le entregué un cheque con dos meses de renta y acordamos que me mudaría en dos semanas, el día anterior a mi cirugía.

El día que me mude encontré el baño en peor estado a como lo había encontrado hacía dos semanas. La ducha estaba casi cubierta por un hongo negro. Cuando presté atención en la cocina, pude ver que estaba invadida de cucarachas. Mi cirugía era al día siguiente, y durante dos semanas estaría por fuera de mi casa en recuperación, así es que Koji me prometió encargarse de ambos problemas y solucionarlos antes de mi llegada. Yo dejé mis cosas en cajas, cerré con llave y salí para el hospital.

Dos semanas más tarde cuando volví, el estado del baño solo había empeorado y las cucarachas de la cocina se habían triplicado. Koji me ignoraba y sólo emitía ruidos guturales cuando yo me quejaba y le exigía que se hiciera cargo del problema. Me di cuenta que así se portaba también con Hideki y Michio, a ellos también los ignoraba. Le pagué cuarenta dólares a un ecuatoriano quien limpio el baño y lo dejó como nuevo, y después pensé en llamar a mi hermano, que desde hace unos años parece mayor que yo. Se puso el saco de su universidad Ivy League y llegó a gritarle a Koji que él estaba terminando una maestría en derecho y que conocía la ley muy bien. Le advirtió que lo demandaríamos con el Departamento de Salud, si él no accedía a traer a un exterminador para deshacerse de las cucarachas.

Koji se paró como un resorte y empezó a gritar como un samurai enloquecido, mi hermano y yo nos metimos a mi cuarto y Koji nos siguió, todavía gritando detrás nuestro. Daba alaridos histéricos exigiendo que mi hermano debía irse, decía que no tenía derecho a estar ahí. Yo me paré frente a él y se vino hacia mí con el dedo en mi cara. Pensé que iba a pegarme y le grité que si daba otro paso llamaría a la policía. Entonces se calló y retrocedió. Yo salí a buscar al administrador del edificio y le conté lo que había pasado. El hombre me dijo que la joven que había vivido ahí antes que yo, se había ido corriendo sin sacar sus muebles porque Koji la había amenazado. Una tarde había tenido que llamar a la policía dos veces porque Koji intentó atacarla.

Yo estaba viviendo con un demonio Japonés, uno peligroso, loco y super dramático como cualquier actor de pacotilla. Habiendo solucionado los hongos negros del baño y las cucarachas de la cocina, el problema se convirtió exclusivamente en Koji. Él estaba humillado por el enfrentamiento con mi hermano y porque había tenido que dejar entrar al administrador del edificio en contra de su voluntad. La energía que me mandaba era insoportable, y en ese momento yo estaba demasiado débil, aún recuperándome de mi cirugía.

Dejé de usar la cocina, para no tener que encontrarme a Koji, y sólo salía de mi cuarto para ir al baño. Compraba comida preparada en la calle, o cosas que no necesitaran refrigeración o ser cocinadas y tenía todo guardado en cajas de plástico en mi cuarto. Vivía con miedo, dormía mal y tenía pesadillas japonesas en que Koji entraba a mi cuarto a la media noche a llenarme la boca de cucarachas. Trancaba mi cuarto cuando me bañaba, y también durante la noche, cuando iba al baño. Cuatro meses después de la fecha de mi llegada, volví a mudarme.

En general la gente tiende a idealizar lo que es vivir en Nueva York. Vienen un par de semanas y descrestados por las pantallas y las luces de neón de Times Square, se quieren quedar. Pero, claramente, para vivir en Nueva York hay que tener piel de cuero.

Twitter @Virginia_Mayer

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