El Sagrado Corazón es todavía nuestro gobernante supremo

26 de mayo del 2013

El Sagrado Corazón es todavía nuestro gobernante supremo / Columna de Fernando Fernandez.

“No dejes que sus creencias aniquilen tus derechos”

 Ya parece chiste decir que Colombia es un país laico, no confesional y que respeta las minorías y les brinda garantías para su desarrollo. La práctica demuestra que aquí y ahora siguen metiendo la mano en las instituciones públicas, en las normas y la ley: La iglesia católica, las sectas cristianas y por supuesto el papa. La extremada influencia de estas religiosidades son las que determinan y condicionan el comportamiento de nuestra laicidad; una burla al espíritu de lo dictaminado en la Carta Magna.

De qué sirvió la Constitución del 91 en la que solemnemente se declaró que este país era secular, liberando al país de la dictadura del utópico sagrado corazón, si en el ejercicio del ordenamiento legal se continúa arremetiendo y vapuleando este principio, y justamente por parte de aquellas instituciones que fueron creadas por esta misma Constitución (ie. Procuraduría).

A este paso avanzamos directamente hacia el despeñadero confesional, el nefasto de otrora, para constituirnos en una republiqueta teocrática con una incipiente y aparente “democracia” manejada por entidades religiosas. Tenemos al ente público, a nuestras instituciones gubernamentales y como consecuencia nuestros principios laicos, rendidos y doblegados ante dioses (en plural, el trinitario cristiano es politeísta así se esfuercen en torcer la semántica), nuevos santos, vírgenes y por supuesto la biblia. El concordato sigue vigente, no hay que olvidarlo.

¿Acaso no hemos visto a nuestro presidente laico asistir en gran delegación y aspaviento a la consagración romana de una nueva santa, la colombiana madre Laura? Y ¿no es de común frecuente verlo declarar sin ningún empacho en sus homilías (digo, arengas) sus creencias religiosas y con ello arrogándose las del país? Esas que son de su fuero interior más no de postración estatal ante entelequias que no hacen parte de nuestra Constitución. ¿Tendremos que conformarnos con entender que en tiempos de reelección todos los artificios proselitistas son válidos y que el presidente-candidato espera un milagro de la nueva santa a cuyos pies anda arrodillado y con ello empeñando/empañando la “constitucionalidad” del país?

Pan de cada día es ver que nuestras instituciones estatales, esas que imparten justicia, leyes y gobierno, están presididas por cristos, imágenes, vírgenes, altares, santos, reliquias y toda clase de parafernalias religiosas; suena natural exhibir ese fantástico más allá, ajeno a nuestra Constitución, para que dirija y supervise la actividad pública. La desmesura y carencia de autocontrol nos conducirá a las mismas conclusiones y medidas a las que han llegado otros países (ie. Francia), en donde han tenido que reglamentar (prohibir) en las instituciones públicas el uso de signos ostensibles religiosos con el fin de garantizar la preservación del estado laico.

Ya es corriente, y hasta goza del aplauso y fervor de algunos, ver al Procurador General de nuestra república laica, fungir de obispo y arremeter con biblia en mano contra las minorías homosexuales; condenar el matrimonio igualitario; hostigar notarios para impedirles practicar este matrimonio; argüir e incitar a la objeción de conciencia en casos legales de aborto, incluso buscar una enmienda constitucional que lo prohíba; influenciar debates sobre la legislación de la eutanasia; asediar al congreso con represores lobbings para amedrentar a los congresistas. Todo por supuesto sustentado en el estricto cumplimiento de un “cuadro jurídico”: el suyo, el de su moral personal, ese que interpreta a su manera y que no es otro que el consignado en la biblia y no en la Constitución.

La intromisión del Procurador imponiendo sus verdades privadas en asuntos públicos es total y nociva, el sesgo religioso es insoportable, el abuso de su poder intimidador es insufrible, su adhesión a la peor laya fundamentalista y de extrema derecha que preconiza: un claro regreso a las misas en latín; el rechazo al Concilio Vaticano II que es en suma el poco progresismo de la iglesia romana –tan extrema es esta posición lefebvrista que hasta fue rechazada por el mismísimo Vaticano que de todo tiene menos de liberal–; la ambigüedad frente al negacionismo del monstruoso holocausto judío de la II Guerra Mundial; la organización de quemas de libros (del que no escapó ni Cien años de soledad) por herejía manifiesta y contrario a las normas marianas que son de toda su devoción. Direccionamiento claro hacia el oscurantismo, que sueña con hacer instalar con el altisonante calificativo de ley natural por encima de la laica constitucional. Así las cosas a expensas de este país que necesita urgentemente un avance hacia la Ilustración y no un retroceso a la estrechez medieval. Cómo no entrever en estos actos a Torquemada, remozado siglo XXI, con matices democráticos para mejor ocultar la sotana inquisitorial y conseguir la adhesión de incautos, de copartidarios religiosos y la preservación hegemónica de la godarria que impenitentemente arrastramos como lastre por siglos.

Sí, que no se llame a engaño, esto es un regreso al estado confesional, al oscurantismo medieval, a ese de los tantos afectos del “venerable” monseñor Builes (Antioquia-Colombia, 1888-1971), cruzado ex tempore, actualmente en curso de canonización, y quien asedió estas tierras imponiendo su voluntad religiosa (la del más allá, aclaraba) y para ello no escatimó en embestir contra: el partido liberal, el comunismo, el baile, el carnaval, los reinados de belleza, los pantalones para mujeres, las mujeres a caballo, los libros, la radio, el cine, la educación pública, el vestido femenino, la soltería, etc y más etc. En todo vio pecado y motivo de desintegración de la sacrosanta familia.

No mucho distan estos dos monseñores (Builes y Ordóñez), ambos han influenciado las leyes del Estado, ambos han tenido injerencias impropias en el aparato laico del Estado, ambos tienen hordas beligerantes y fanáticas capaces de destronar lo laico para imponer al Corpus Christi a la cabeza y de paso dejarnos el inri del oscurantismo.

Muy aclaratorios los titulares de prensa que leemos últimamente y que nos muestran cómo se ejerce el poder en consideración a ideas no laicas sino guiadas por razones religiosas; algunos ejemplos:

–       “Pueden acudir a la objeción de conciencia: Ordóñez a notarios y jueces”.

–       “El papa pide que prosigan las negociaciones sobre el proceso de paz”.

–       “Procurador reitera desde El Vaticano rechazo al aborto”.

–       “Lo hizo [el Procurador] al término de una misa oficiada en honor de la madre Laura. Dijo tener respaldo del papa”.

–        “El Procurador cautivó al público al manifestar que él y su trabajo lo encomienda a Dios, a la Virgen y a Santa Laura”.

Que se me permita, a título de colofón, enfatizar: da coraje, por decir lo menos, ver a nuestra cúpula gubernamental desplazada con pompas y dinero público al Vaticano, y al lado nuestras matronas colombianas enrebozadas y de rodillas, al mejor estilo del medioevo para santificar a una monja, aclamar dogmas religiosos y recibir instrucciones y comuniones que rijan nuestras leyes y comportamiento laico.

Y entre porro y porro: “…reine Jesús por siempre, reine su corazón…”

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