El secuestro terrorista de Occidente

24 de julio del 2016

En respuesta hay en Occidente quienes siguen creyendo que la democracia debe resistir todo.

Francia interior

Henos aquí de nuevo desarmados y desalmados mientras observamos impotentemente las matanzas que se abaten sobre Occidente; apenas si damos abasto inventariando la sarta de despropósitos terroristas que con inusitada frecuencia nos dan parte los medios. Desespero. Insensatez. Delirio.

A colación la metáfora de la mosca de Noah Harari, historiador y escritor israelí, autor del magnífico libro “Sapiens, una breve historia de la humanidad”: una mosca desea destruir una porcelanería, por lo que se lanza vehementemente sobre su frágil mercancía, sin resultado alguno; así es que maliciándolo mejor cambia de estrategia: busca un elefante y se introduce en su enorme oreja, le arma en el oído tal molestia de zumbidos y revuelos, hasta conseguir que la algarabía tramada exaspere en grado sumo al paquidermo quien primero desesperado y luego descontrolado arremeta contra la porcelanería hasta destruirla. Logra así el insignificante insecto su propósito utilizando la fuerza del gran mastodonte.

Con esta misma táctica están alcanzando los fanáticos islamistas exacerbar a Occidente y ponerlo en jaque –no mate– e instigando este elefante a emprender ofensivas destructoras, como las que ya hemos presenciado contra Afganistán, Irak, Siria y medio Oriente. De esta manera, una amalgama infernal fue creada, en donde venganza, justicia, preservación del orden y excesos de seguridad se confunden, instalándose el caos deseado por los incitadores del terrorismo, quienes logran así desestabilizar los Estados modernos, crear divisiones políticas y desmoronar sus instituciones. La primera parte de esta partida está siendo ganada por estos nuevos bárbaros mediante este pérfido artificio.

La confusión ha sido sagazmente instaurada, sin que se sepa ya a qué hecho poner atención: que si el linchamiento de los periodistas de Charlie Hebdo en París, que si la masacre con un camión arrollador de multitudes en Niza, que si el asesinato en Florida en una discoteca gay, que si el salvaje ataque a hachazos en Alemania de alguno de estos barbudos de Allah, que si la mortandad en una sala de espectáculos de París, que si  la carnicería de viajeros en el aeropuerto de Estambul. Mejor parar el conteo porque la lista es triste, larga e insoportable. Tanto ha venido incordiando la mosca terrorista en la oreja del elefante occidental que más temprano que tarde la irritación lo ganará y arrasará la porcelanería; la maquinación será entonces coronada exitosamente por el mañoso díptero. Ya hay quienes consultan oráculos belicistas y con lógicas guerreras pregonan: esta será la III Guerra Mundial. Sombrío panorama.

¿Qué diablos (qué Allahs, mejor dicho) deberá hacer Occidente? Respuesta más que incierta, no obstante presagios obvios pueden adelantarse: estos incluyen sensatamente el fomento de la educación que disminuya la ignorancia, madre de todas las guerras y fanatismos; pero que infortunadamente fabrica soluciones a largo plazo, a varias generaciones, incompatibles con las necesidades del mundo occidental, ávido de remedios más inmediatos que forzosamente pasan por el uso de la fuerza. El aniquilamiento del absurdo califato que proclama el dizque Estado Islámico se convertirá, entonces, en realidad, con el consecuente baño de sangre de sus militantes, pero sobre todo de la inocente e indefensa población civil víctima del exabrupto que la rodea y que le tocó en (mala) suerte.

Occidente ya pasó con gran dolor por una época medieval, once dolorosos siglos que prácticamente estancaron su progreso material, artístico y filosófico; un funesto secuestro del mundo civilizado greco-romano por parte de una banda de fanáticos neocristianos. Basta de eso. Mucho esfuerzo costó salir de tal pesadilla, como para permitir que ahora el medioevo musulmán invada y embargue el progreso occidental: indeseable e insoportable. Difícil no darse cuenta de tal evidencia, e imposible no pensar en los métodos que emplearía Occidente para no sucumbir a esa regresión que se le intenta imponer.

En la masa informe de terroristas, sus adeptos son de calañas diferentes, así sus actos sean de la misma crueldad y horror. Algunos son fanáticos perdidos que luchan por la instauración del reino de Allah en la totalidad del orbe, incluido el del lado occidental, y guiados, indubitablemente, por el guerrerista y rancio Corán; otros siguen los ideales del novato y monstruoso califato, ora porque tienen contacto directo con él, ora porque han escuchado hablar de sus preceptos y simpatizan con ellos. Todos buscando la mínima oportunidad para expandir mortífero horror. Los primeros son relativamente fáciles de detectar y controlar, los segundos son casi imposibles de detener a tiempo, esa “ideología” que en volandas escuchan radialmente o por terceros, la desatan con sangre y fuego por cualquier intersticio no segurizado, esos que forzosamente existen en cualquier Estado democrático, en donde la libertad de actuar y pensar priman sobre la vigilancia y el conductismo a ultranza. Esta gran adquisición de progreso es justamente la fragilidad de Occidente; los abanderados de Allah lo saben perfectamente y en ello radica su “fortaleza”.

En respuesta hay en Occidente quienes siguen creyendo que la democracia debe resistir todo, incluso su propia aniquilación (brillantes teóricos que despertarán en llamas de su candoroso sueño), y otros belicistas prestos a lanzarse en guerras incontroladas de resultados inciertos y con cálculos de peor previsión aún. Ni los unos ni los otros, lucidez ante todo, desdeño de candores, firmeza y movilización de la población democrática en procura de aniquilación (o de reducción a niveles de escasa nocividad) de tal flagelo. Lo malévolo de la acción terrorista es que se expande como una onda de choque altamente agrandada en la percepción de la población, dejando que el miedo se apodere de la razón, a pesar de los pocos –aunque lamentables– estragos que produce. Occidente está siendo secuestrado por esta nueva banda medieval; por fortuna la partida no está terminada y el empeño occidental –pensamos, anhelamos– logrará salir avante, tal vez con menoscabo de algunas de sus comodidades libertarias.

Parte de la solución pasa por una disminución del aspaviento mediático, esa magnificación del hecho beneficia claramente el propósito terrorista; hay que introducir allí mesura, así como también en nuestras propias consciencias, a fin de evitar que el acto terrorista magnificado logre desestabilizar, dividir los Estados democráticos, y crear una parálisis política e institucional.

Cualquiera que sea el método de atajar este terrorismo deberá producir prontamente resultados tangibles, de lo que sí dudo es que los Estados occidentales decidan negociar con los terroristas y rendirse ante ellos para lograr su apaciguamiento. Al contrario del despistado camino escogido en Colombia, en donde se está pactando una entrega del Estado a los terroristas, con impunidad, entrega de poder, derecho a gobierno e indignidad, a cambio de acabar con las molestias que la mosca guerrillera causa en las orejas de nuestro elefante.

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