El Señor de los Aretes

20 de junio del 2012

Cuando Pablo Escobar encerró la ciudad de Medellín, es decir, aisló a la ciudadanía aterrorizada en sus casas y apartamentos, a uno de sus lugartenientes más agresivos lo apodaban El Arete. Todos ellos formaron un escuadrón tenebroso, un círculo de fuego que apoyaba a su “patrón”, más por el afecto y admiración que les despertaba, […]

Cuando Pablo Escobar encerró la ciudad de Medellín, es decir, aisló a la ciudadanía aterrorizada en sus casas y apartamentos, a uno de sus lugartenientes más agresivos lo apodaban El Arete. Todos ellos formaron un escuadrón tenebroso, un círculo de fuego que apoyaba a su “patrón”, más por el afecto y admiración que les despertaba, que por el dinero. Es que la lógica de los bandidos orgánicos es distinta a la lógica de la gente del común. Otra cosa eran los apoyos logísticos diferentes brindados por autoridades, amigos políticos, comerciantes de la moral, rezadores del minuto de Dios, prosélitos de la fracción partidista u oferentes de informativos cuyo interés eran los dólares, la divisa universal con chequera. Así estaba la ciudad durante los años dolorosos del imperio del Señor de los Aretes, mientras algunos de sus compinches recibían instrucción en el manejo de explosivos.

La mañana del día 28 de junio de 1990 estaba limpia en el cielo y temblorosa en la tierra. Escobar pagaba dos millones de pesos por la cabeza de cada policía que fuera asesinado. En un automóvil Mazda 323, la egresada de la Universidad Autónoma, Patricia Román Navas se dirigía desde el sector de La Aguacatala hacia el centro de Medellín por la Avenida del Río. Iba acompañada de sus hijos Lucas, de diez años y estudiante del Instituto Jorge Robledo, y de Alejandra, de diez años, también estudiante. El carro avanzaba normalmente hasta acercarse a la estación de la policía de Servicios Especiales, sita al lado del cuartel del Cuerpo de Bomberos. Por razones de seguridad la policía puso obstáculos para disminuir la velocidad de los automotores que circularan por el frente, pues se posesionaba en esa misma mañana el nuevo comandante. La alerta estaba pintada de rojo y los vehículos hacían una fila mortal. En el momento en que Patricia y sus hijos pasaban exactamente por ese lugar, una bomba explotó. Varios carros volaron por los aires destrozados, pero más destrozadas quedaron las personas.

Desde muy lejos hacia el sur, Jorge Iván Carvajal Sepúlveda, escuchó la explosión y suspendió la afeitada. Algo le dijo la intuición. Prendió la radio y al no encontrar respuesta de su esposa Patricia en el teléfono, en un taxi llegó al lugar del atentado. Rompió la barrera policial, vio el carro hecho añicos y en el interior los cuerpos de su esposa y de Lucas, su hijo, inertes, carbonizados. Todo era muerte y convulsión. Otros vehículos estaban en condiciones similares y se contaban diecisiete cadáveres entre las carrocerías retorcidas. Pero Jorge Iván Carvajal Sepúlveda no encontró el cuerpo de su hija Alejandra. Ayudó a sacar los de su esposa y de Lucas y quedó con las manos heridas y quemadas. Los entregó a una comisión especial del CTI e inició la búsqueda de Alejandra. No la encontró en los alrededores ni tampoco en el río. Su doble dolor no tenía por donde resolver tan aguda pena. Un miembro del cuerpo de bomberos le dijo, al rato, que su hija estaba viva y la habían trasladado a la policlínica.

En efecto, Alejandra estaba ente los heridos de ese hospital de guerra, con uno de sus ojos lacerado y perdido, su cuerpo con quemaduras graves y al borde de la muerte. De ahí en adelante, padre e hija, no dejaron de estar juntos en centenares de cirugías para reconstruirla. Los médicos de la Policlínica de Medellín tenían manos científicas y solidaridad profesional que les dio la resistencia por años al narcoterrorismo.

Esa tarde, Patricia Román Navas no pudo llegar al acto en su universidad en el cual le entregarían su diploma de socióloga. En cambio entró, con su hijo Lucas, en sendas cajitas de madera a la iglesia de la Consolota, debajo de los brazos de Jorge Iván Carvajal. Con la camisa y el pantalón tiznados aún y las manos ampolladas, colocó en una mesa, cerca del altar, los restos de su mujer y su hijo, mientras todos los que allí asistíamos, sentíamos un rugir de fuego y rabia contra el capo conocido por sus aretes criminales.

Alejandra sobrevivió y es hoy abogada. Pero todavía su piel y sus tendones recurren a la medicina para restaurar o preservar los injertos, después de veintidós años. Sin embargo hay un canal de TV que hurga las heridas de las víctimas y el antihéroe vuelve a aparecer como el personaje regional, a la par que exalta el martirio de los jefes políticos, de las impolutas castas capitalinas. Los antioqueños, este pueblo de la dura cerviz, fue quien nunca se rindió, que permaneció al lado de las instituciones y que jamás levantará una estatua material ni virtual al Señor de los Aretes.

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