El señor V.P.

5 de marzo del 2011

Digamos que existió un señor a quien llamaremos V.P. y que su mayor virtud a lo largo de toda su vida, fue haber sido un mentiroso poéticamente admirable. ¿Es posible eso? Cuando la mentira se convierte en una actitud que sobrepasa a las circunstancias  que la justifican, se convierte en una variada, amena y sutil manera de enfrentar los tiempos. Imponer “su verdad, su mímesis” con tanta naturalidad, es para el mentiroso todo un arte de la composición.

El señor V.P., sin proponérselo, seguía los caminos cruzados de la mímesis, la ficción y la verosimilitud (Kurt Spang, 1984) para armar y componer sus mentiras admirables y de qué forma. Eran mentiras con un goce estético infinito; de una verdadera creación literaria (además él era poeta de una métrica clásica exquisita) y de una deformación de la realidad que invitaba a creerse esa nueva realidad inventada (en este caso su ficción) a partir de su desbordada imaginación.

Con el señor V.P. se confirma lo que Platón expresa en La República: “los poetas son mentirosos”. Bueno, para decir una mentira hay que ejercer el oficio de la creación literaria vista como una remodelación de la realidad, a la manera de Spang: “hasta la imaginación más desbordante arranca de realidades reales.”

El señor V.P. recurrió durante toda su larga vida (en esta fábula él murió a los 94 años, dejó 17 hijos y 4 veces ese número de nietos y bisnietos) a la mímesis y a la ficción; con lo cual imitaba al mundo con la primera y lo inventaba con la segunda. Pero a él, le daba igual: ambos recursos los extraía de la misma realidad, no sin antes, utilizarlos de manera distinta. Sus mentiras iban cargadas de una hilaridad postrera cuando se descubría que terminaban en simples descomposiciones y en complejas ficciones de su mundo reinventado o remodelado, porque le parecía que tal cual como la realidad se empecinaba en mostrarse, a él no le parecía correcta como tampoco estéticamente gozable.

El señor V.P. a diferencia de nuestros mentirosos de oficio (y no voy a nombrar a nadie en particular para no disgustar a los que queden por fuera), tenía en la mentira (mímesis y ficción) su mayor verosimilitud. Creer en sus mentiras era una manera expedita de confirmar su naturaleza, sentir el placer de comunicar una realidad que iba mucho más allá de lo que tercamente ella mostraba. Su propia realidad. Una que construyó para imponer su propio sello de goce estético y de tomar los hilos que sobran a esa prenda tejida a empellones que se llama vida.

Descubro que el señor V.P. también profesó a Aristóteles. Sus mentiras elaboradas con grado exquisito eran unas “entelequias”. La nueva realidad inventada era completa y perfecta. El hecho de pasarse toda una vida diciendo mentiras no lo condenó a ningún círculo infernal, todo lo contrario, él afinó con la destreza el don de remodelar el mundo y acompañar a la creación literaria con sus recursos; fue un grito permanente por cambiar el estado superfluo de las cosas, la necesidad de vivir en un paralelo cuántico hecho a la medida de las pretensiones del mentiroso.

Para el señor V.P. las fronteras entre la realidad y la mentira (en este caso la ficción) estaban cubiertas por la licencia aristotélica de “preferir lo imposible pero creíble a lo posible increíble”, su obsesión consistía en mantener al espectador con la ilusión de un mundo mejor al que iba a enfrentarse en la realidad, el valor de una mentira ejercida desde la composición estética pura. Así como a los poetas se les está permitido inventar y remodelar el mundo desde su creación literaria, a los mentirosos les hemos otorgado el permiso para que nos reinventen mundos fugaces. Mientras aparece la verdad (que fea palabra).

El señor V.P. tuvo el coraje y el valor de convertir a la mentira en su propia propuesta estética en favor de la recursividad que traspasa realidades mañosas, mezquinas y huérfanas de ilusiones. Combinar la mímesis (la imitación) con la ficción (el inventarse) y ofrecerla en un bocado irrechazable para cualquiera  que le saliera al paso.

Nada de lo que vivió el señor V.P estaba alejado de lo que Donald Brown (1991) considera “Humanos Universales”,  ¿en que cultura no existe el valor de la mentira como universo antropológico? Como lo advierte Víctor Gómez Pin en su Blog, respecto a la mentira como atributo lingüístico: “la falacia (la mentira) es un ingrediente esencial de toda organización humana.”

Al morir el señor V.P., muchos de los que asistimos a su funeral, pensamos en voz alta: ¿será esta una de sus falacias o mentiras de las que pronto le descubriremos el sutil engaño?

Coda: Fernando Pessoa nos advierte: “El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente/ que hasta finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente.”

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