La medicina es un oficio difícil por muchas razones. Una causa íntima, casi secreta, de su dificultad es un sentimiento de culpa común entre los médicos. Es complejo, crónico, a veces sorpresivo y muchas veces inexplicable. Por la tarde, al volver a casa, a veces empezamos a pensar que nos hemos equivocado o no hemos hecho todo lo que podíamos hacer por un paciente, ¿con quién hablamos de eso?, ¿con los auditores o administradores de salud, con las autoridades, con los pacientes? He decidido tocar el tema después de comentarlo con algunos colegas y estudiantes de medicina.
Alguien me dijo que no hablara de culpa. La culpa es un concepto ético, me decía, y no un sentimiento. Está bien, hablemos de ansiedad, tristeza. O “sentimiento negativo” como se dice hoy. No usemos la palabra culpa que tanto molesta en nuestra cultura de bienestar. De todas formas es como un peso que nos abruma: nos metimos a ser médicos con el propósito de ayudar al hombre que sufre, propósito casi olvidado a veces, y sentimos que no lo hemos cumplido a plenitud. Puede ser culpa del “sistema”, del Estado, de la situación actual o de cualquier otra cosa pero ese sentimiento de frustración es real y personal para la mayoría de los médicos. Un amigo me contaba: es agotador tener que decir a los pacientes todos los días usted tiene cataratas y debe ser operado pero no puedo hacerlo este mes porque los lentes intraoculares no han llegado (es oftalmólogo en un hospital público). Otro añadía: es como tener que recomendar tutelas a los pacientes de cáncer para ver si se consigue el tratamiento por una EPS (es oncólogo infantil). Quizás aquella colega tenía razón, no es cuestión de culpa pero es agotador. Por supuesto debe ser aún más agotador y doloroso para los pacientes, pero los médicos también sufrimos lo nuestro.
Otro de mis compañeros explicaba que si no se tenía ese sentimiento continuo de insatisfacción se volvía uno deshumanizado. Alguno añadió: sí es cierto pero yo hago lo que la evidencia me indica y ahí me detengo, no le busco complicaciones al asunto. Para los médicos actuales la evidencia es en general lo publicado en revistas autorizadas a partir de estudios clínicos controlados. Pero hay situaciones clínicas difíciles de investigar: enfermedades infrecuentes, enfermedades olvidadas por las publicaciones, pacientes con historias particulares de enfermedades concurrentes y otras situaciones casi impermeables a la investigación clínica controlada. Además ocurre otra cosa que hace la decisión clínica particularmente difícil: la evidencia cambia y se transforma permanentemente, la medicina no es un saber establecido, la medicina no es una ideología. Lo que hoy es correcto de acuerdo con la evidencia actual, a lo mejor no es lo correcto en tres o cuatro años, o meses, si se publican nuevas investigaciones que lo contradicen. Es ineludible pensar en medicina: quizás no estamos haciendo lo correcto. Los médicos nos asemejamos a veces a esas damiselas encerradas en calabozos en las novelas góticas: “Si yo hubiera sabido…” La incertidumbre es una compañera constante del acto médico.
Y eso no es sólo de hoy. Ayer leíamos con estudiantes de medicina que están comenzando sus estudios el primer aforismo hipocrático. El libro Aforismos de la medicina hipocrática fue escrito hace más de dos mil años y es sorprendente lo bien que retrata, en sus primeras palabras, el hacer clínico: “El arte”-o sea la medicina, que no es ciencia sino oficio, arte- “es largo, la vida corta, la decisión difícil, la situación peligrosa, la ocasión efímera”. Muchas personas conocen lo primero (ars longa, vita brevis se cita en latín) pero no le han puesto atención a las otras afirmaciones. Esas tres afirmaciones sobre la decisión, la situación y la ocasión fueron escritas por un colega hace muchos siglos. Fueron y son verdaderas ayer y hoy. Yo digo a los estudiantes de primer año que todo médico debe memorizar ese primer aforismo hipocrático y meditarlo.
Hablando de meditar (esta columna no ha sido sino eso) una de las estudiantes me preguntó sobre el origen de la palabra médico. La gran ventaja de enseñar a jovencitos primíparos es que hacen preguntas difíciles que otros no nos atrevemos a formular. Yo les digo que la ignorancia inocente es sagrada, como un oráculo, y debe ser venerada, respetada, respondida. Desconocía la respuesta y me puso la estudiante a investigar.
Médico y medicina vienen de la raíz indoeuropea med- que significa medir, sopesar, atender. De la misma raíz viene meditar. Entonces es inherente a la medicina el preocuparse. La frustración, tristeza del médico son parte del servicio que brindamos al hombre que sufre, no podemos evitarlas. Ese peso anímico que en ocasiones sentimos como “culpa” es producto de la empatía humana y el misterio radical de la enfermedad, sin él no seríamos médicos.
