El Síndrome de Boabdil

11 de agosto del 2011

¿Quién podría negar que sobre Álvaro Uribe se ciernen grandes amenazas? Jamás en nuestra historia un presidente -menos un ex- había sido atacado de manera tan inclemente. Una alianza espontánea entre un sector de la prensa y gran parte del poder judicial, alineados como grupo de presión, lo persigue con finalidades penales. Tal vez Samper […]

¿Quién podría negar que sobre Álvaro Uribe se ciernen grandes amenazas? Jamás en nuestra historia un presidente -menos un ex- había sido atacado de manera tan inclemente. Una alianza espontánea entre un sector de la prensa y gran parte del poder judicial, alineados como grupo de presión, lo persigue con finalidades penales.

Tal vez Samper afrontó una alineación de fuerzas similar. Pero él sí entendió la importancia de plantear batalla desde el Congreso como bastión. El ataque contra Samper, político “purasangre”, fue sagazmente asimilado por él, e instintivamente supo que se trataba de una embestida política bajo otra piel. Por eso, se defendió institucionalmente desde la política, hombro a hombro con sus congresistas. Cuando la justicia procedió contra ellos, acató. Pero los parlamentarios detenidos para ser investigados en el 8.000, fueron tratados dignamente por el Inpec, subalterno del presidente Samper.

El caso Uribe es distinto. Por una desavenencia sobre la prevalencia de los fallos de tutela, cierta “desatención” al apetito burocrático de las cortes, y un agrio incidente entre el Presidente de la República y el de la Suprema, el clima previo de respeto y cooperación se volvió un pulso sin fin Gobierno-Corte, que desencadenó el exterminio judicial del uribismo político, paulatina y selectivamente encarcelado bajo el ruido de un escándalo que se tejió, sin base probatoria, pero sí fue muy bien bautizado: “la parapolítica”.

De paso, financiados desde el exterior, personajes -hasta entonces ignotos- se parapetaron en “la academia” bajo el rótulo de “investigadores” y lograron reconocimiento mediático y político embutidos en ese ropaje. Ellos, con especulaciones disfrazadas de investigaciones, alimentaron desde la manigua ideológica de sus ambiciones el ataque a gran escala desplegado desde el poder judicial y parte de la prensa, donde también se colaron.

Cuando empezaron las investigaciones, el exsenador Álvaro Araújo (mi hermano) dijo en Casa de Nariño, ante el Min-Interior y los líderes de la coalición, lo que ya sabía con certeza: “No se equivoquen, esto no es contra unos congresistas; si vinieran contra mí lo harían solo por mi afinidad con el procurador, la canciller y el gobierno. Esto no es contra mí. Vienen por el Presidente” Cuando Araújo dijo esa frase, los presentes se declararon escépticos y el primero en salir a ventilar en público, lo dicho en privado, para mofarse y ridiculizarlo, fue el torpe ministro de la política Carlos Holguín Sardi, quien paradójicamente debía evitar la debacle. Las palabras del senador tergiversadas y satirizadas por Holguín ante la prensa, se tomaron como “exabrupto” incluso por parte del procurador; hoy penden sobre la historia como una advertencia que, el tiempo probó, fue absurdo desoír. El propio Maya ha pagado un fuerte costo por incrédulo.

Transcurrieron los días, y en casa de Nariño, nadie entendió. La alianza planteó una ofensiva tipo ajedrez. Primero peones, y fueron cayendo congresistas en la cárcel como hojas en otoño; después un caballo, y se encarceló al jefe del DAS; renunció la canciller; más congresistas presos, flecharon de muerte el proceso con las autodefensas al descalificarles como actores políticos armados; empezaron los falsos testigos, los chantajes, las prebendas. Súbitamente, los jefes del paramilitarismo no eran buenos testigos, pero un chofer de ellos sí. ¡El mundo al revés! Un hampón de quinta como Rafael García, preso por pícaro, se volvió “testigo estrella” avalado por la Corte. Y aún así, en Palacio nadie reaccionaba.

A los congresistas investigados se les birló el principio de presunción de inocencia y fueron detenidos en una cloaca pulguienta y maloliente sin facilidades sanitarias. El espectáculo de las familias atravesando más de un kilómetro de malos olores y charcos para visitar miembros -no juzgados- de uno de los tres poderes, diluyó la moral de los aliados de un presidente que se sustrajo del drama humano de sus prosélitos, y más bien multiplicó el presupuesto de la Corte que, librando su gesta, dejó tirada en el camino su majestad centenaria como tribunal de casación por excelencia.

La mayoría parlamentaria fue castigada, la prensa hizo un festín, la justicia probó su fuerza, y un togado se atrevió a dar sin sonrojo su versión de L’Etat c’est moi al afirmar que “este es el siglo de los jueces”. De la noche a la mañana, los discretos y mayestáticos magistrados se volvieron Pop Stars, las providencias se comunicaban en ruedas de prensa, sus rostros pasaron de la justicia a la política y de la política a la farándula noticiosa. Entretanto Uribe creía animar a sus huestes, pero les ofendía: “mientras no estén en la cárcel, a votar en el Congreso”. Para entonces, ya la justicia ignoraba al jefe del Estado, pero consumó la burla al no elegir fiscal de su terna, generando una interinidad que puso la Fiscalía bajo su dominio.

Algunos propusieron al presidente concentrarse en una reforma judicial que devolviera a su cauce el ímpetu de la magistratura. Pero no se dio por aludido. Digno y recio se afincó en una frase repetida desde Nariño sin pausa: “las responsabilidades penales son individuales” y persistió en no advertir lo que otros ya sufríamos. Como si fuera el protagonista final del poema de Bertolt Brecht -sobre los que se fueron llevando- un cándido Uribe permitió que sus tropas fueran yendo al cadalso porque él, pensándose correcto, honesto y transparente, no tenía nada que temer; cómo si todo el proceso alguna vez hubiera sido sobre culpas.

Ya sin Fabio Echeverri, Rudolf Hommes, ni José Roberto Arango; sin los expresidentes liberales, sistemáticamente distanciados por Uribe, y rodeado de asesores inexpertos en grandes lides, con la sola y desatendida sensatez de Alicia Arango; la única genialidad que idearon los nuevos consejeros para defenderse, fue “quedarse”, y en su ineptitud política se empeñaron en sacar con gran torpeza y chabacanería otra reforma para una nueva e impopular reelección, que obviamente fracasó vergonzosamente.

El resto es casi actualidad: Santos fue elegido sobre el inmenso prestigio popular de Uribe, pero -ni bobo que fuera- con gran habilidad, prevalido de la ventaja de “ser otro”, reparó ágilmente los baches en política externa e interna, causados por la combativa personalidad de Uribe, dramáticamente desprovista de condiciones para la diplomacia.

Ya sin poder real, tras “ganar las elecciones y perder el gobierno” como dijo uno de sus partidarios, el hombre que restauró la tranquilidad,  redujo los ataques terroristas en 85%, el secuestro en 88%,  la tasa de homicidios en 46%, que disminuyó el narcotráfico de 6 a 1 e hizo de Colombia un bocatto di cardenale para los inversionistas, y en ocho años redujo la pobreza en 20% y el desempleo en 25%… Tras devolverle Colombia a los colombianos, encara la realidad de que la alianza que lo asedia solo se conforma con borrarlo de la historia y verlo desprestigiado y preso.

Para lograrlo, han cerrado el cerco en el mismo esquema de los ajedrecistas: revisionismo, escándalos, amigos encarcelados, acoso a su familia, y Uribe, aparentemente arrinconado, desperdicia su gran capital, que es la opinión, y se limita a enviar trinos -no siempre pensados- desde twitter.

El panorama parece desolador, sin embargo la respuesta sigue estando en la política; si bien Uribe ya no puede ser reelegido, su ductilidad está a prueba y sus altos niveles de aceptación permiten un protagonismo más articulado que logre una reivindicación ante el desproporcionado esfuerzo por golpearlo. No obstante, solo en sus manos está reinventarse y buscar un escenario institucional de acción para defenderse del agravio político enmascarado como causa judicial.

Aún puede volverse estratégico. Tiene todo. Para entenderlo y lograrlo nada más útil que las grandes lecciones de la historia.

El 2 de enero de 1492, en las afueras de Granada, los moros abandonaban derrotados el esplendoroso reino musulmán caído ante los Reyes Católicos. Mientras salían, Boabdil, el último sultán, gemía amargamente ante su incalculable pérdida. Al verlo sollozar, Aixa su madre, impasible, descargó sobre el nazarí una sentencia que perdura a través de los siglos: “Llora hijo, llora como mujer, el reino que no supiste defender como hombre”.

Ya era tarde, todo estaba perdido.

@sergioaraujoc

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO