¿Por qué todos quieren salir en Facebook?

28 de mayo del 2011

El vicio de lo visible

En estos tiempos de megalomanía visual y apuros por derribar las fronteras entre lo privado, lo íntimo, lo secreto y lo “underground” con lo público, cobra fuerza un vicio aparente por ser visible, una visibilidad global que amenaza desde la seguridad nacional (como dicen los gringos) –wikileaks es un ejemplo de ello- hasta la privacidad o la intimidad del más anónimo de los asesinos en serie o de la furtiva mujer que engaña a su esposo con el limpiabotas del parque.

Hay una obsesión con la visibilidad y las circunstancias de modo, tiempo y lugar te presionan para volverte visible: comencemos por lo más simple, cuelgue un video casero en “youtube” con alguna situación plagada de simulada ingenuidad y espere que lluevan tontos a contemplar su hazaña. Los héroes y antihéroes del mundo global no necesitan afecto, sólo se alimentan de datos, de cifras sobre cuántas entradas hubo, quiénes lo visitaron y para quiénes son visible. Una megalomanía que se nutre de la visibilidad global de estos tiempos y que se torna patológica cuando se reviste de maldad como condición humana. Una especie de “banalidad del mal” como diría Hannah Arendt en este caso; individuos que actúan en nombre de un supuesto afán de hacerse visibles y entran a formar parte de una iconografía global, sin reflexionar sobre sus actos.

El asesino de niños que se jacta de su visibilidad aún después de su condena e insiste en seguir siendo visible y distraer a toda una sociedad con su patología irreversible, mientras, aflora la impotencia de las víctimas porque son menos visibles que el victimario.

El esclavo de las redes sociales y de los aparatos portátiles (BB) que se obsesiona con su visibilidad y clama a sus fieles seguidores como en una Red – ligión: adoración y alabanza con cada trino o “reflexión” de poco sabor, pero que se sugiere a manera de dogma incuestionable.

De este vicio de ser público, no se escapan ni los hijos desesperados por la falta de atención y afecto de sus padres, ellos, amparados en su anonimato tribal deciden hacerse visibles con cualquier pilatuna escolar o desvarío sexual, con la única condición: que sean contemplados en el acto por una muchedumbre en vivo y en directo. El diagnóstico es certero: la globalización y su imposición de visibilidad, ha generado un desastre emocional en los jóvenes de hoy día. La cura: claridad emocional.

La visibilidad también cobra sus réditos cuando se escoge lo Tabú como mecanismo de expresión: lo contestatario, lo increíble, lo inaceptable por la gleba, se vuelve una imagen de rebelión individual contra una sociedad que privilegia lo uniforme dentro de un ambiente parecido al “mundo feliz” de Huxley.

Este es mi “cuarto de hora”, muchos me ven, soy visible para el mundo, luego existo. El anonimato se convirtió en un castigo de los tiempos, el privilegio del silencio ha sido trocado por el martirio de la visibilidad. Hay que alimentar el voyerismo global con mi fantasía individual, íntima y personal: el mundo exige circo aunque no haya pan.

Si las luces y sus reflectores están puestas, la música ajustada a mis gustos, el tablado firme y cómplice me espera, el público siempre estará ahí expectante por lo que yo haga e intente: ¿qué más puedo hacer sino volverme visible? Después llegará otro en la rotación del espectáculo y a los hambrientos, la caridad indica que hay que dar de comer.

Antes era la cuadra o el barrio o la pequeña comarca, la que determinaba quienes eran nuestros amigos y para quienes éramos visibles. Antes era la religión, la familia, la escuela o el Estado los que definían las reglas morales de comportamiento y convivencia; hoy, son las redes sociales las que te las imponen y con ello, una visibilidad a toda costa que derriba fronteras atávicas. Los escenarios de reproducción social pasan de lo real a lo virtual y no somos más que hologramas copulando en el infinito.

Coda: yo mismo estoy atrapado en esa visibilidad global, tengo más de un millar de amigos en las redes sociales a las que pertenezco y con esta columna reclamo en parte mi cuota.

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