El revolcón en el sistema electoral

El revolcón en el sistema electoral

22 de abril del 2017

Hace un par de días, un prestigioso diario tituló una noticia como “Las claves de revolcón electoral”, lo cual nos hace evocar los tiempos del revolcón general en el Gobierno de César Gaviria, que llevó a eliminar de tajo la Constitución de 1886 y adelantar un frente amplio de apertura económica. Aquí nuestros Gobiernos lo revuelcan todo en una manía de reformismo compulsivo, en el que permanentemente deben cambiarse las normas, las instituciones, los procesos y los funcionarios para aparentar que todo cambia, y al final nada cambia sustancialmente. Revolcón es la acción de revolcarse, en una especie de caída, de golpearse contra la tierra, y en verdad, parece que con tantos revolcones la que termina revolcada es la comunidad nacional, que no entiende para dónde vamos. Nuestros mandatarios tienen la manía de reformar lo que sea para mantener la atención sobre su desempeño, como si el cambio permanente fuera necesariamente  bueno.

A veces, lo bueno es no revolcar las cosas, sino sedimentar y pausar los cambios, para que el cuerpo social los entienda, los asimile y se apropie de ellos, legitimándolos. Es cierto que para nosotros los buenos Gobiernos, o los buenos congresos, son aquellos que producen muchas normas, así no se apliquen, y ello hace parte de una mentalidad fantasiosa de nuestro pueblo, que sigue creyendo en los anuncios de cambios, en la profusión de normas y en discursos populistas de todos los lados.

Ahora se viene otro alud de reformas y cambios —aprovechando el “fast track”— en materias de política, justicia especial, normas anticorrupción, sistema de elecciones, distribución de tierras y quién sabe en cuántas cosas más. Es entendible que los acuerdos de La Habana implican desarrollos jurídicos e institucionales, buscando que los recién desarmados entren a jugar en la actividad política y que se les resuelva su situación ante la justicia; pero aprovechar el momento para revolver todo no parece conveniente en un momento de tanta incertidumbre.

En estos días se habla de tres grandes revolcones: uno para resolver el doloroso problema de la corrupción, mediante leyes que castigarán con mayor contundencia a los corruptos; otro, el revolcón político, que pasa por redefinir el sistema electoral; y el tercero es el Estatuto de la Oposición.  Estas propuestas dan la impresión de que se hacen para salir del paso con cortinas de humo, pues estamos casi seguros de que nada va a cambiar de fondo, la política seguirá la misma hasta que ocurra algún revés serio, como sería una victoria electoral de la izquierda; lo mismo ocurre con la corrupción, que además está muy ligada con muchos políticos de todas las raigambres. Los problemas deben ser buscados en las personas y en la cultura política y cívica, más que en las instituciones o en las reglas que las rigen.

La revolución electoral propuesta por la Misión Electoral, después de tres meses de deliberaciones, busca dar mayor transparencia al sistema y ampliar la democracia en el país, a través de  tres ejes de cambio: arquitectura del sistema electoral, democracia territorial e intrapartidaria y financiamiento de las campañas. Lo primero que plantea la misión son los cambios institucionales: el Consejo Nacional Electoral se reemplazaría por el Consejo Electoral Colombiano, integrado por siete miembros con mandato de ocho años: es decir, se cambia de vestido pero el nuevo organismo podría terminar cooptado por los grupos políticos, como sucede con el actual Consejo; el segundo cambio es la creación de una Corte Electoral que reemplazaría las funciones hoy a cargo de la Sala Quinta del Consejo de Estado, separando este de los intereses partidistas; y el tercero mantendría la actual Registraduría Nacional del Estado Civil, creando una autoridad electoral independiente y “despolitizada”. Estas iniciativas suenan interesantes en principio, pero significan más burocracia y no garantizan que los intereses partidistas desaparezcan, solo que buscarán otros caminos de influencia.

Se pretende el fortalecimiento de los partidos, lo cual no parece claro, pues se sugieren cambios en la elección del Senado —al pasar del voto preferente a la lista cerrada y bloqueada—, lo que podría servir a partidos y movimientos muy organizados y con jefaturas fuertes, como el caso del Centro Democrático y posiblemente de algunos partidos de izquierda, mientras castigaría a los que hoy componen la mesa de unidad (liberales y conservadores). No se dice nada de la circunscripción nacional para el Senado, que en mi opinión ha causado grandes problemas, al crear caudillismos regionales montados en el clientelismo. La fórmula para la Cámara —que elegiría a 173 miembros— es interesante, pero más compleja y tiende a parecerse a las circunscripciones uninominales o binominales de Estados Unidos, Reino Unido y otros países; es una idea que vale la pena debatir. Las propuestas sobre financiación no cambiarían la situación actual, excepto que tienden a favorecer a nuevos partidos que carecen de financiamiento interno o propio. La situación seguirá igual, puesto que cada candidato recibirá unos recursos públicos que sumará a los propios o de origen privado (estos últimos, casi inevitables).

El Estatuto de la Oposición no cambia el estado de cosas, pues en buena medida se refiere a unas garantías mínimas que hoy existen en el parlamento y demás cuerpos colegiados. Lo del derecho a la réplica ya se ha ensayado y no ha dado resultados favorables a la oposición, ya que quien detenta el poder ejecutivo lo tiene todo. La vieja propuesta de Misael Pastrana de entregar la Contraloría y la Procuraduría a la oposición no va a pasar, pues estos organismos de control forman parte del poder central, y lo importante es que sean relativamente independientes, técnicos e imparciales.  Permitir a la oposición la posibilidad de elaborar el orden del día para tres sesiones al año parece un chiste; crear una procuraduría delegada para vigilar los derechos de la oposición no es sino aumentar la posibilidad de repartijas. Aquí lo importante es cuidar la vida física de los opositores para que puedan hacer proselitismo sin temores; lo demás son pequeñas enmiendas cosméticas.

Ojalá mi escepticismo constituya una posición equivocada, y con estos cambios, anunciados con trompetas y tambores, podamos lograr las transformaciones de fondo que el país reclama. Simplemente lo veo poco viable en las condiciones actuales.  

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