La gente que vota no es mejor que la que no vota

28 de mayo del 2014

“Ese tipo de barra brava político da pena ajena.”

Un hincha puede verse ridículo celebrando el gol de su equipo, pero no tanto como el fanático que ondea la bandera del político y se pinta en la cara los colores de un partido que para él, casi siempre, va a terminar en derrota.

Es difícil concebir tal emoción partidista en una persona que vive en Colombia, un país que, aún con democracia, no se ha cansado de aprovecharse de todos.

Ese tipo de barra brava político da pena ajena, se ve incauto, como un sumiso del poder víctima de la propaganda.

Lo peor de esta Nación en campaña es que gran parte de la gente que votó se cree mejor que los que decidieron dedicarse a otras necedades el día de las elecciones.

Solo cuatro de diez personas que podían votar salieron a “cumplir con el deber”; apenas 13,2 millones de 33 millones habilitadas lo hicieron. Y por algo será.

Hay quienes creen que después de participar en los comicios pueden criticar, exigir y hablar con propiedad del presente y futuro de estas tierras y que los que no votaron no pueden hacerlo porque perdieron su oportunidad. Qué tristeza pensar así.

Esa afirmación que se le ha metido a la gente como el peor de los lugares comunes es una mentira tan grande e injusta como las falacias que pronuncian los candidatos en sus promesas electorales.

Todos los que no votaron también pueden (y deben) esperar y reclamar por un mejor país.

El voto es poder y obligación, nadie lo puede negar. Sería mejor que 33 millones de personas salieran a votar en Colombia, así unos miles lo hicieran no más para ganarse un día libre en el trabajo.

Pero en nuestra coyuntura lo que toca hacer es reconocer al abstencionismo como un modo de expresión. No votar puede ser una elección consciente que demuestra que nada de lo que se propone interesa y que el voto en blanco, a pesar de sus buenas intenciones, sirve de poco tal como está planteado.

La mayoría de colombianos no vota porque no existe ninguna motivación en ello. Esa es la verdad. Y no hay que menospreciar a esta población exhausta porque esa es su verdadera elección. Esta gente no vota porque no le interesa participar de la pantomima, del circo.

Además, porque la política es “dinámica” y porque finalmente uno no sabe ni por quién vota. La prueba está en lo que les pasó a los que votaron por Santos pensando en Uribe hace cuatro años. O en lo que les pasará a los que votaron por Martha Lucía Ramírez o Clara López y ahora van a ver cómo sus votos se “endosarán” a Santos o Zuluaga, el dúo que pelea por el poder.

Aquellos que creen que un país se hace mejor votando también deberían pensar que este cuadro se pinta todos los días, no solo en elecciones. Que un voto se deposita por convicción y no por descarte, como nos suele pasar.

Ahora nos dicen que la elección es entre la paz y la guerra, como siempre. Estamos entre las palabras de un señor que habla de paz y otro de una paz condicionada. Sin embargo, serán mejores estas que escribió Eduardo Escobar: “Hay idiotas que no votan. E idiotas que votan. A todos les va igual. Uno solo debe decidir la clase de idiota que quiere ser. Pero es ingenuo esperar que los políticos como son resuelvan los problemas fundamentales de la vida como es”.

En Twitter: @javieraborda

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