Los 50 años del ELN

13 de julio del 2014

“Cumplir 50 años en una guerra no es para celebrar.”

Cumplir 50 años en una guerra no es para celebrar. Sobre todo en un conflicto que como el colombiano ha producido 230 mil muertes, un 70% de ellos civiles, 5 millones de personas en condición de desplazamiento y 20 mil desaparecidos. Para no hablar del reclutamiento de menores, los lisiados, las viudas y los huérfanos. Y menos aún “celebrarlo” con acciones que generan nuevas víctimas, en un momento en el que se requiere cuidar y aumentar el respaldo ciudadano a los procesos de paz.

El pasado 4 de julio el ELN conmemoró sus bodas de oro. Y lo hizo con pólvora. “Bombas panfletarias” y un petardo a la estación de policía en el parque Lourdes de Bogotá, ataques a la infraestructura petrolera, algunos secuestros y el anuncio de un fracasado paro armado en el oriente del país. Por fortuna esta fiesta Elena ocurrió en un momento de debilidad militar de este grupo, aunque debería ser materia de preocupación que no se sientan invitados a ella el pueblo que dicen representar. O las voces de rechazo a estos actos que reclaman a los elenos coherencia en su compromiso con la terminación del conflicto.

El 4 de julio de 1964 inició el ELN su marcha guerrillera que aún no termina. Una veintena de muchachos llenos de ilusiones de transformación y cambio liderados por Fabio Vásquez lanzaron su grito de guerra en enero de 1965 con el “manifiesto de Simacota” bautizado con el nombre del primer pueblo tomado por esta organización insurgente ubicado al pie de la Serranía de los Cobardes en el departamento de Santander.

Un año más tarde, se vinculó a él y murió en combate el mítico sacerdote Camilo Torres Restrepo. El ELN Fue una voz de rebeldía urbana contra el excluyente Frente Nacional, y se nutría del movimiento estudiantil, de las luchas de los obreros petroleros, del Frente Unido del Pueblo liderado por el propio Camilo, de sacerdotes y religiosos agrupados en el movimiento “Golconda” precursor de la “Teología de la Liberación”, de remanentes de las guerrillas liberales que operaban en el Magdalena medio santandereano.

Venían animados por el triunfo de la Revolución Cubana y por la experiencia de “guerra de guerrillas” del Che Guevara. Creían que la guerrilla sería el detonante de una insurrección popular que establecería un nuevo Estado y le abriría paso a transformaciones sociales de fondo. Una insurrección que como en Cuba debería ocurrir en un periodo de tiempo razonable. Pero que terminó comprometiendo a varias generaciones en una guerra larga, costosa y degradada. Con razón hay quienes dicen que la “Guerra Popular y Prolongada” adoptada oficialmente como estrategia por el ELN en su conferencia de 1986, ha perdido progresivamente su carácter de “popular” para terminar reducida en una guerra inútilmente prolongada.

En esta larga marcha Elena ha ocurrido de todo. Momentos dolorosos como los fusilamientos por contradicciones internas y la operación Anorí en los setenta, la ofensiva militar más grande contra sus núcleos guerrilleros de la que resucitó. Luego, en los 80s logró vincularse a las luchas y movilizaciones populares más importantes, extender su presencia a todo el país, articular a amplios sectores cristianos y fraguar la unidad guerrillera en la Coordinadora Simón Bolívar.

Contagiado por el triunfo de la revolución sandinista en 1979 y por el avance de la guerrilla salvadoreña y guatemalteca de nuevo los elenos sintieron cerca el desenlace de una insurrección tantos años esperada. Quizás por abusar de su capacidad política y militar no se sintieron convocados a la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 para construir allí un acuerdo de paz y exhibieron su inflexibilidad en los fracasados diálogos de Caracas y Tlaxcala.

El ELN tiene una nueva oportunidad para terminar su alzamiento armado y contribuir en la construcción de un postconflicto duradero. Representan aún sectores anclados en conflictos territoriales importantes. Abanderan causas que el país reclama con urgencia como la política de hidrocarburos y la minería. Reúne una historia de luchadores de varias generaciones que se fueron a la guerra soñando con un mejor país. Y podrían contribuir a construir una democracia más sólida si dan el salto a la lucha política civil. Pero amplios sectores de la sociedad le reclaman sinceros gestos de paz. Pudieron recordarnos sus 50 años de existencia con actos audaces de reconciliación. Pudieron haberse evitado revelar sus limitaciones como fuerza militar. Pueden aún demostrarnos que su fortaleza está en su compromiso con una solución negociada del conflicto, en su imaginación y creatividad para sintonizarse con el anhelo de paz de la mayoría de los colombianos.

@AntonioSanguino

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO