Embuchados históricos

18 de agosto del 2018

Por Ignacio Arizmendi Posada.

Embuchados históricos

El jueves 2 de agosto de 2018, el presidente Juan Manuel Santos lucía una sonrisa especial. Lo acompañaban varios representantes de la Colombia afrodescendiente. Sonreía, no porque cinco días después entregara el cargo a su sucesor, Iván Duque, sino porque tenía entre manos una oportunidad más de pasar a la historia como “el único” (le encantaba que le asignaran tal condición) gobernante que había decidido instaurar, en el Salón de los Gobelinos de la Casa de Nariño, el retrato del general Juan José Nieto Gil, el “único presidente negro de Colombia” –nacido en 1805 en una población del hoy departamento del Atlántico–, cuyo nombre había sido “borrado de la historia por negro y por costeño”, en opinión del historiador costeño Orlando Fals Borda, ya fallecido. Por eso Santos dijo: “Nos demoramos mucho, pero aquí quedará en el Palacio de Nariño. Estará donde recibimos a las grandes personalidades que vienen a visitar el Palacio”.

¿Juan José Nieto Gil, presidente de Colombia en 1861? Vamos por partes, según dicen en Medicina Legal, pero permítaseme antes afirmar que detrás de la sonrisa de Santos había un embuchado, quiero decir, una historia. Mejor dicho, varias. Una, la protagonizada por el citado Fals Borda, quien en 1981 publicó su conocida obra “El presidente Nieto”, entusiasta y fluida biografía del militar, en la que narra distintos hechos relacionados con su paisano, en algunos de los cuales se basa para hablar, acríticamente, de la supuesta presidencia.

Concibe la obra para “rescatar” el nombre y la verdad acerca de Nieto, “desterrado” de las páginas de la historia presidencial; expresar su indignación por la injusticia contra ese caudillo popular, cometida “por las oligarquías” de la Costa y el país, y dejar un eco orientado a que en el futuro se le reconociera el derecho a figurar en la galería de los mandatarios nacionales. En sus pesquisas también rescata el retrato que sería entronizado por Santos, abandonado y deteriorado en el suelo de la Academia de Historia de Cartagena, pese a lo cual “allí estaba el general con sus ojos zarcos, con mirada cordial e inteligente, con sus tres medallas, el reloj de leontina y la banda tricolor presidencial sobre el pecho”, anota Fals.

Bien: esa es una de las historias. Pero otra de las que precedieron la sonrisa de cierre del presidente Santos viene actuada por el periodista bogotano Gonzalo Guillén, que en diversas ocasiones hizo cajón al trabajo de Fals Borda, con el fin de lograr que se borrara “un sentimiento racista que ha sobrevivido a lo largo de los siglos, y que no ha permitido –sostenía Guillén en El Nuevo Herald, de Miami, el 11 de noviembre de 2008– que el prócer de esta historia pueda ocupar el papel que le corresponde en la historia de Colombia”. Incluso cuenta que “en la casa donde él [Nieto] vivió en Cartagena pusieron una placa, hace muchos años, que decía: ‘Aquí vivió el presidente Nieto’ y eso lo borraron con una pulidora”. Lo que simbólicamente explicaría por qué “el nombre de Nieto nunca ha estado en los textos oficiales de historia de Colombia”, según el periodista, circunstancia que, de ser cierta, hace entender por qué el exsenador y escritor costeño Amilkar Acosta dijo en Blu Radio (agosto 2, 2018) que “nadie sabía de Nieto”. Sí se sabía.

Pero falta la otra historia, la de la real o supuesta presidencia del general Nieto. Vamos, entonces, como dije antes, por partes.

En 1860, nuestro país se denominaba Confederación Granadina, en la que en lugar de provincias o departamentos había estados, gobernados por presidentes. El mandatario de la república era el conservador Mariano Ospina Rodríguez, cundinamarqués, elegido constitucionalmente para el cuatrienio 1857-1861. Por su parte, Juan José Nieto presidía el estado de Bolívar y el general caucano Tomás Cipriano de Mosquera, el estado del Cauca. Ambos –antiguos enemigos–, personajes principales de lo que sigue.

Por estar en desacuerdo “con las políticas centralistas” de Ospina Rodríguez, el 8 de mayo de 1860 Mosquera se rebela contra aquel, separa al estado del Cauca de la Confederación Granadina y comienza “el sangriento, prolongado y costoso conflicto de 1860-1862” (Fals Borda). A su vez, el 3 de julio, Nieto hace lo propio y el 10 de septiembre firma con el general caucano el “Tratado de Unión y Confederación de los Estados del Cauca y Bolívar” mediante el cual organizan el gobierno provisional de una “nueva república” llamada “Estados Unidos de la Nueva Granada”, formada, en principio, por ambos estados. Mosquera queda con la primera opción de declararse presidente, Nieto con la segunda y José María Obando con la tercera. Sin embargo, como el militar caucano no asumía el mando, Nieto, fundamentado en el pacto, se autodesigna “presidente” el 25 de enero de 1861 en Barranquilla y “ejerce” hasta el 31 de marzo, al ejercer Mosquera su derecho.

Queda claro, clarísimo, que en enero de 1861, cuando Nieto “asume” como “presidente”, él y Mosquera, su mentor, se hallaban en guerra implacable contra Ospina Rodríguez, que en ese momento era el mandatario constitucional de la república. ¿Cuál era, entonces, la validez legal y la legitimidad del general Nieto para autoproclamarse “presidente” de una parte del país a sabiendas de que el general Mosquera, en circunstancias abiertamente contrarias a la Carta vigente, avanzaba en insurrección hacia Bogotá? ¿Por qué Fals Borda ignoró el trasfondo legal de lo obrado por su admirado general Nieto, hizo el “yo-no-lo-vi” y estableció el eslabón inicial de una cadena de presiones que vendría a retomar, entre otros, el periodista Guillén, de la que el presidente Santos sería víctima gozosa? Gozosa porque era otro “gol” que hacía para aumentar las realizaciones “únicas” de su gobierno y localizarlas en la historia.

Así las cosas, es obvio que Santos se había tragado el embuchado de Guillén; éste, el de Fals; éste, el de Nieto, y éste, el de Mosquera, a quien sólo lo movía el poder para sí. Una cadena de exabruptos que permite sostener que incluir al general Nieto en la lista de presidentes de la nación es tan folclórico como absurdo. Y no es racismo: es historicismo.

INFLEXIÓN. Folclórico, también, el senador Jorge Robledo, que el 15 de agosto, ocho días después de la posesión del presidente Duque, dice que su gobierno es “muy malo”.

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