Empatía con Chávez y muchos otros

9 de enero del 2013

Tres semanas atrás publiqué una columna: El cangrejo de Chávez, que suscitó algunos comentarios como: “QUE FALTA DE SENSIBILIDAD DE ALGUNOS PARA ESCRIBIR” (en mayúsculas). Hacía yo referencia con ese título a la palabra cáncer, cangrejo en latín, y la importancia de desnudar las enfermedades de ciertas cargas simbólicas que hacen más difícil tomar decisiones […]

Tres semanas atrás publiqué una columna: El cangrejo de Chávez, que suscitó algunos comentarios como: “QUE FALTA DE SENSIBILIDAD DE ALGUNOS PARA ESCRIBIR” (en mayúsculas). Hacía yo referencia con ese título a la palabra cáncer, cangrejo en latín, y la importancia de desnudar las enfermedades de ciertas cargas simbólicas que hacen más difícil tomar decisiones acertadas en su manejo personal, médico y social. Tesis central de Susan Sontag, ensayista norteamericana quien murió de cáncer, en su bien conocido ensayo La enfermedad y sus metáforas. En el último párrafo de la columna expliqué que escribía sobre el Presidente venezolano con respeto y empatía. Hoy quiero referirme con más detalle a la gran empatía que debemos sentir por miles de pacientes, oncológicos o no, hospitalizados en salas de cuidado intensivo.

La empatía es la experiencia fundamental que suscita el acto terapéutico. Más aún, la empatía es característica esencial humana. Sólo el hombre, con un gran desarrollo evolutivo de las regiones temporales y frontales de su cerebro, busca, da hospedaje, trata médicamente e intenta aliviar el dolor del prójimo que sufre al borde de la muerte. Sin negarla. Esto explica el gran desarrollo actual de la medicina crítica e intensiva. Pero para tener empatía con un paciente hospitalizado en estas condiciones límites es necesario imaginar lo que ese paciente está viviendo. Y digamos lo que digamos la mente humana sólo imagina a partir de anécdotas e historias, no de números y tablas por eso narraremos algunas experiencias de estar hospitalizado en una UCI.

Primero usted de seguro se despierta, si está consciente, a las dos o tres de la mañana creyendo que la terrible noche ha pasado. Pero no, en la sala no hay reloj, pues sería una tortura seguir minuto a minuto todo lo que se vive ahí. Con los ojos abiertos espera que el personal de turno se dé cuenta que está despierto. Un amable auxiliar de enfermería le preguntará cómo se siente y siendo lo más probable que tenga restricción de alimentación oral le pasará una deliciosa, lo digo sin sarcasmo, gasa mojada por los labios. Alguna vez si es posible le ofrecerá un agua aromática. Cualquiera es buena, pero le recomiendo la de frutos rojos y si es posible fría. La auxiliar le arreglará la sábana y tocará sus brazos o manos. Usted aprenderá a distinguir las diferentes pieles, ásperas o suaves, de las distintas auxiliares. Yo en particular no gustaba de una que era magnífica para cambiar sábanas pero tenía una piel dura y rugosa en las manos. Hoy pienso con remordimiento que debía ser una hábil y gran mujer que trabajaba mucho en su casa.

Luego puede venir la primera complicación del día: la vena se le dañó. En este caso lo mejor es cerrar los ojos, apretar los dientes y ofrecer manos, brazos y hasta pies con resignación. Aún hoy no sé si uno debe advertir “mis venas no son muy buenas” para tranquilizar a quien realiza la flebotomía o eso trae mala suerte al procedimiento. Recuerdo una noche cuando no se me pudo coger vena y hubo necesidad de llamar a un auxiliar que era el más ducho de la clínica. Llegó como un ídolo de multitudes y aún lo recuerdo en alguna pesadilla porque no se rindió por media hora. Dos cosas confieso: en alguna ocasión callé sabiendo que tenía la vena infiltrada e inutilizada para retrasar un poco todo lo anterior. En otra ocasión sugerí que me canalizaran una arteria lo cual es mucho, mucho más doloroso pero seguro.

Luego queda uno con la solución goteando y tranquilo. Puede dedicarse a mirar la pantalla verde del electrocardiograma sobretodo si es médico y entiende más o menos lo que ve. Mi particular arritmia era irracional. No lo recomiendo además porque verá chispazos verdes en su retina por varias semanas (cosas del cerebro), o puede intentar dormir hasta las cinco y media cuando lo despierte el personal del laboratorio clínico entrando a tomar muestras. No intente discutir, entregue brazos y manos.

Poco tiempo después llegará la terapista respiratoria, bendita y agraciada jovencita que lo hará toser con esputo verde y saladito. En mi caso particular estaba en un postoperatorio con herida en el tórax y el dolor era “excruciante” como arrancándome de la cruz de las secreciones bronquiales y la neumonía. Todavía lo recuerdo como la puñalada de la aurora. Luego seguirían diversas y discretas humillaciones como hacer deposición en el pato. Nunca lo aprendí.

Me ahorro otros detalles. Pero esta semana, sobre todo en las madrugadas, he sentido verdadera empatía con el presidente Chávez y todos los hospitalizados en unidades de cuidado crítico e intensivo. Ojalá sea doloroso camino a un resultado feliz como en mi caso. O a la muerte, el único monstruo que es más bello de cerca escribía Borges en algún lugar.

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